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sábado, 6 de diciembre de 2008

Pronunciamiento político

Distrito Federal, 6 de diciembre de 2008

El Partido de la Revolución Democrática se encuentra en uno de los momentos más complicados de su existencia. Apenas cumpliendo la mayoría de edad como organización política, muchos militantes y simpatizantes han decidido cuestionar severamente, nuestra lógica de vida como partido, nuestras definiciones sociales, así como nuestros métodos de elección, nuestras decisiones parlamentarias y de gobierno y aun nuestros discursos.

Y estos cuestionamientos, están en lo correcto, pues una de las características esenciales de la izquierda es la de generar crítica, pero también autocrítica. Estos militantes y simpatizantes, no están más, dispuestos a los arreglos tras bambalinas y a suponer, que es la simulación democrática de algunos compañeros, la que les permite acceder a cargos de elección, enarbolando discursos de izquierda, pero haciendo alianzas en los territorios y votando en los parlamentos con la derecha.

Nosotros, tenemos que ser garantes de la limpieza en todos los procesos, tenemos que ser los responsables de la democracia en nuestras tomas de decisiones y en nuestras formas de vivir y gobernar; nosotros no podemos hacer alianzas, ni con el PRI ni con el PAN; hacerlo, sería perder la objetividad y consentir el engaño, así como el regreso de quienes, a lo largo de sus diferentes etapas históricas, han ofendido, robado, engañado y matado o dejado morir a la sociedad, que para el caso, es lo mismo. Tampoco tenemos espíritu de kamikaze, pero en todos los casos, habremos de mantener una línea de conducta correcta y de principios.

Por todo ello, hoy por hoy; consideramos correcto, prudente, pero también necesario, que los compañeros y las compañeras que habrán de ser propuestos, para ocupar espacios de representación popular o de gobierno, guarden las características propias del caso, es decir:

1.-Que hayan tenido una vida partidista en las localidades o distritos que pretenden gobernar o representar,



2.-Que tengan arraigo en las demarcaciones territoriales o distritos, es decir, no estamos hablando de consultas amañadas o de plano acordadas, o de que si hoy los conocen más que ayer, no; estamos hablando del reconocimiento de la sociedad a su vida en esos lugares, así como a su participación social y política en los mismos y esto, debe preponderar, pero también reconocer, a quienes tienen esa vida hecha.

3.-Que respeten, la pluralidad y las representaciones de todos los involucrados en las luchas sociales y democráticas que se han desarrollado en sus comunidades, en la sociedad y en el país.

Por otro lado, también vamos a tener aliados, pero dadas las circunstancias, no podríamos dejar de pensar en ellos, sin estos criterios. No podríamos suponer que tan solo para acomodarnos en la geometría de los espacios, en la composición de las alianzas, estuviésemos apoyando a quienes son de espíritu volátil o a quienes no tienen arraigo en la sociedad o menos aún a quienes no han construido el partido y nunca se han involucrado en él.

El PRD es el fruto de las diferentes maneras que se han dado la izquierda y la sociedad para organizarse en su propio beneficio y en todo caso, este debe ser el espíritu que norme nuestras conductas. Por lo anteriormente expuesto, queremos pedir que esta reunión se pronuncie en este sentido y que dadas las circunstancias se socialicen estos planteamientos para que podamos iniciar las deliberaciones necesarias.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El imperio en los tiempos de Obama


José María Pérez Gay

Barack Obama, presidente electo de Estados Unidos, durante el encuentro bipartidista con integrantes de la Asociación Nacional de Gobernadores, en el Parque Independencia, en Filadelfia, Pensilvania Foto: Reuters
“Nadie discute en serio que el capitalismo mundial –por muy policéntrico que esté estructurado–, prefiere ciertos lugares, países y poblaciones”, escribe Peter Sloterdijk. “Es indudable que Estados Unidos de América se cuenta no sólo entre sus zonas favoritas, sino que constituye el corazón de su dominio universal. El país del mundo moderno que ha constituido –más que ningún otro– un gran espacio de riqueza y prosperidad –el mayor representante de los progresos de la ciencia y la técnica en nuestros días. Se trata también de la nación que recibió –y sigue recibiendo– las grandes migraciones en su territorio”.
El mundo del capitalismo occidental abarca, demográficamente, apenas un tercio de la humanidad actual –muy pronto llegaremos a ser 7 mil millones– y, en lo geográfico, únicamente un décimo de las superficies continentales. Estas son las verdaderas dimensiones espaciales del imperio estadunidense de nuestros días.
La mayoría de los habitantes de Estados Unidos de ascendencia europea tenía no hace mucho tiempo la convicción de sentirse no sólo los misioneros de un sistema económico, sino también los portadores de un entusiasmo cuyo nombre irresistible se conoce como el american dream, el sueño americano. La mejor interpretación de ese sueño –que también se llama American Creed– la hizo en su tiempo el escritor Israel Zangwill (1864-1926), autor de la metáfora del melting pot, como ha señalado Arthur Schlesinger Jr. en The disuniting of America. Reflections on multicultural society, New York 1998.
A diferencia de las numerosas “letargocracias” en el resto del mundo, en Estados Unidos cualquier persona que quiera hacer algo nuevo puede hacer algo nuevo, nos dice Sloterdijk. Aunque debemos decir también que la zona de novedades tiene ya sus dueños corporativos. De acuerdo con los derechos constitucionales de sus ciudadanos, desde un principio está presente la expectativa de hallar nuevos espacios que permitiesen su ocupación y transformación. “Quizá esta expectativa se llame el ‘derecho a Occidente’ en un sentido no sólo geográfico, ya que Occidente es el símbolo del derecho de pernada sobre la Tierra, de las conquistas en territorios desconocidos”. Hace unos 150 años los territorios desconocidos se llamaban Texas, Oklahoma o California y, en los tiempos de Barack Obama, se llaman Irak o la investigación genética, la nanotecnología, la colonización de Marte o la vida artificial.
La historia inicial del imperio tiene en los nativos americanos sus primeras víctimas, los primeros iraquíes de su historia. La propuesta de John Cadwell Calhoun se convirtió en un dogma de la política nacional: el traslado de todos los nativos al oeste de Mississippi a los territorios convertidos en reservaciones, una suerte de campos de concentración permanentes. Los iroqueses, cheroques, wampaaoags, delawares, tuscaroras, narragansetts, yamasíes, senecas, sioux, hurones, apaches, susquehannas, todas estas etnias desaparecieron exterminadas por la furia de los pioneros o vivieron acosadas por las enfermedades en los ghettos llamados reservaciones federales.
A partir de 1840, las tierras al oeste de Mississippi fueron confiscadas por traficantes, aventureros, mineros, señores de la guerra, militares, granjeros y magnates ferroviarios, que lograron persuadir a las autoridades, o lograron asociarse con ellas, y legalizaron su empresa de despojo. Theodore Roosevelt (1858-1919) escribió: “La justicia se encontraba en el grupo de los pioneros, porque éste gran continente no habría existido sólo como un gran coto de caza de escuálidos salvajes”.
Personajes de la historia estadunidense tan eminentes como John Wintroph, John Adams, Lewis Cass y John Caldwell Calhoun afirmaron que una raza primitiva y nómada debía permitir el paso a una civilización cristiana y agricultora. Sus justificaciones las encontraron en innumerables citas bíblicas que, según ellos, demostraban que el pueblo blanco tenía el derecho de pernada sobre la tierra, porque procedía “de acuerdo con las intenciones de Diostodopoderoso”. El Destino Manifiesto: “Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?”
De acuerdo con las investigaciones del antropólogo Henry F. Dobyns (Estimating Aboriginal Indian Population. An Appraisal of Techniques with a New Hemisphere Estimate, Current Anthropology, 7. New York, 1966, antes de que los europeos llegaran a Norteamérica los nativos americanos sumaban más de 90 millones de habitantes. La conclusión final de Dobyns: antes de los colonos europeos, el Nuevo Mundo estaba poblado por unos 90 millones de seres humanos. Una cantidad igual o parecida a la del Viejo Mundo. Si los cálculos de Dobyns son razonables –y han sido cuidadosamente revisados por demógrafos muy calificados– hablamos de uno de los exterminios más impresionantes de la historia moderna.
Cuando los nativo-americanos tuvieron contacto con granjeros, cazadores, militares, pescadores, exploradores y colonos europeos, comenzó la oleada de virulentas epidemias en los siglos XVI, XVII y XVIII. La viruela, el tifus, la peste bubónica, la gripe, el sarampión, el paludismo, la fiebre amarilla, diezmaron a millones de seres humanos a lo largo de tres siglos como sucedió, al parecer, aunque en menores proporciones, durante la conquista de México. Por ejemplo, la viruela fue sin duda lo peor, porque en ocasiones volvía con más fuerza la segunda y aun la tercera vez. Al brotar de nuevo la epidemia de viruela desaparecieron poblaciones enteras. No fue fácil determinar las densidades de población de los nativos norteamericanos. Las controversias en tomo a las poblaciones prehistóricas significaron un dolor de cabeza para los demógrafos; pero, como dije, Dobyns demostró que la población de nativos en Estados Unidos –en los tiempos de la conquista– alcanzaba 90 millones de habitantes. Desde entonces data ese expansionismo maníaco cuyo origen no es sino la convicción de ser un pueblo elegido, que ejerce sus derechos despóticos a lo largo y ancho del mundo.

martes, 2 de diciembre de 2008

PARA CARLITOS

DISCURSO PRONUNCIADO EL POR EL C. ERASTO ENSASTIGA SANTIAGO, DURANTE EL SEGUNDO FORO ASÍ GOBIERNA LA IZQUIERDA, EL DÍA 2 DE DICIEMBRE DE 2008, EN EL CLUB DE PERIODISTAS.

Por no decir que de manera inmediata, poco después de la Revolución Francesa, la izquierda dejó de ser el espacio jacobino en la geometría de una Asamblea y se conformó rápida e históricamente en una ideología que conservó los rasgos distintivos de libertad, igualdad, desarrollo e integración de la sociedad a esos procesos. Esta transformación, incluye desde luego, su evolución al socialismo y al comunismo, pasa por su vertiente anarquista y su evidente establecimiento en las múltiples socialdemocracias.

En el México contemporáneo, después de Lázaro Cárdenas y los movimientos de Vallejo y Campa; después de 1968 y después de la organización popular derivada de la inacción gubernamental, posterior a los sismos de 1985; quizá el PRD, haya sido la mejor expresión de lo que la izquierda ha podido ser.

Aún con todas sus naturales contradicciones, la izquierda logró establecerse como gobierno en la capital del país y ha sido el PRD aquí y ahora, el hacedor de esta definición popular. Pero en la ciudad, el PRD es gobierno, y al mismo tiempo, es muchos gobiernos; cada uno con sus definiciones, sus programas, sus anhelos y por supuesto, sus sociedades.

En este sentido, a nosotros nos ha tocado como decía Salvador Allende, ser “luchadores sociales que cumplen una hermosa tarea”; la nuestra, por voluntad de la ciudadanía es la de ser, el gobierno de Iztacalco.

Del análisis previo a nuestro arribo a la administración, desprendimos los datos necesarios, para ampliar la experiencia que nos es propia, acerca de nuestra Delegación. Nos encontramos con una población de 395 mil 25 habitantes; de los cuales, 187 mil 859 son hombres y 207 mil 169 son mujeres; que habitan en 102 mil 658 viviendas, es decir, 3.8 personas por vivienda.

En lo que se refiere a la población económicamente activa de 12 años en adelante, nos encontramos que el 61% de hombres y el 39 % de mujeres se encuentran actualmente ocupados, estas cantidades nos muestran un importante avance en las capacidades y el desarrollo personal y profesional de las mujeres, sector que históricamente había estado confinado a las tareas del hogar.

A partir de los años 80, en México y en nuestra Delegación, la mujer se ha integrado a la vida económica, compitiendo de manera frontal por el derecho al empleo, para mejorar sus condiciones de vida y contribuir al sostén de la familia. Si bien, esto es una tendencia a favor de los derechos de la mujer para lograr la igualdad entre los géneros: la falta de conciencia del hombre para ejercer una paternidad responsable y contribuir en los deberes del hogar, ha traído consigo la agudización de una serie de conflictos sociales, a través de la pérdida de valores; situación, que se refleja claramente en el aumento de las adicciones a temprana edad, los embarazos en adolescentes, la violencia familiar, el resurgimiento del vandalismo y un bajo aprovechamiento académico con un promedio en grado de escolaridad de 9.5 años.

Para el caso de la educación, siempre el esquema más grave lo constituyen los que no asisten a la escuela, es decir, la población en edad escolar que por alguna causa no puede permanecer o ingresar al sistema escolarizado. En este sentido, en Iztacalco el panorama, no es todavía el mejor; por ejemplo: existen mil 64 niños que no asisten a la primaria; mil 614 que no asisten a la secundaria; 5 mil 575 que debieran estudiar el bachillerato y no lo hacen y donde el aumento en la deserción es mayor, es en el nivel licenciatura, donde ya el número de quienes no asisten es mayor que el de los matriculados, es decir, que contamos con una población que asciende a 3 mil 330 estudiantes de licenciatura por 24 mil 291 que han dejado su educación superior.

Ante este panorama, nos avocamos a constituir un plan de acción, denominado “Iztacalco por Todos Lados”; es este, un plan abarcador e integral y comunitario; que consiste en generar actividades por todos lados, mismas que quedaron establecidas en ocho puntos:

Transparencia por todos lados,
Educación por todos lados,
Cultura por todos lados,
Deporte por todos lados
Salud por todos lados,
Limpieza por todos lados,
Seguridad por todos lados,
Bacheo por todos lados

En este sentido vamos a hablar de tres ejemplos:
En cuanto a la alfabetización, asumimos como un contrasentido y un hecho antihistórico, el que en nuestra delegación, inserta en la Ciudad de México, que es la metrópoli más desarrollada del país y en la que se llevan a cabo los procesos más importantes en los ámbitos de la educación y cultura, existan analfabetas; y por ello, nos abocamos en generar un programa para contrarrestar este hecho y eliminarlo de nuestro territorio.

Nuestra población analfabeta, ascendía al iniciar el programa, a 8 mil 453 personas y aunque la voluntad de inscribirse, define la cantidad de la personas a quienes podemos brindar este apoyo, nos estamos esforzando en tratar de alfabetizarlos a todos

Para el caso de la seguridad pública y desprendido del análisis respectivo; nos establecimos actividades que integran verificación a establecimientos mercantiles y giros de alto impacto; presencia policíaca en las escuelas, unidades habitacionales y vecindades insertas en las unidades territoriales de mayor índice delictivo; participación ciudadana en talleres de prevención al delito; reparación e instalación de luminarias; pero sobre todo, el acercamiento de la cultura, el deporte y la recreación a estos espacios.

Es decir, que nuestro esquema de seguridad, no es de ninguna manera policiaco y por el contrario es un planteamiento de comunicación, bienestar y acercamiento de la cultura a la comunidad.

En relación con la educación y la cultura, que ha sido un sello distintivo de nuestro gobierno; es importante comentar que generamos 4 mil becas para estudiantes de nivel básico y 500 para los de nivel licenciatura; pusimos en marcha el programa PREPARATE para el examen único de ingreso al nivel medio superior; establecimos un acuerdo con la UNAM y a partir de él, con una matrícula de mil 12 alumnos, arrancamos el bachillerato a distancia; contamos ya con 5 centros cibernéticos. Al mismo tiempo y para cristalizar nuestros compromisos de este año, vamos a entregar 4000 becas a estudiantes de nivel básico y 500 a los alumnos de Iztacalco que estudian el nivel superior. De hecho, ahora estamos trabajando en un proyecto, que implica el uso de las aulas escolares, que en el turno vespertino no se utilizan en las diferentes escuelas, para establecer ahí, lo que consideramos puede ser la preparatoria delegacional y atender a los estudiantes que por alguna razón, han dejado la escuela en ese nivel.

Pero aun más, en relación con actividades concurrentes al marco de estos programas que se llevan a cabo por todos lados, hemos desarrollado un esquema de atención para los jóvenes. Aquí es importante mencionar que no es que nosotros organicemos las actividades, sino que ellos las definen, las presupuestan, las organizan y nosotros apoyamos su desarrollo,; todo en el marco de la generación de experiencias administrativas que permitan a los jóvenes definir criterios nuevos y frescos para con algunas actividades institucionales. Entre otras, los jóvenes han establecido las siguientes acciones:

El foro del agua
Foro de discusión de los jóvenes en y acerca de la administración
El establecimiento del foro permanente de jóvenes
El festival proyecto ICU “Iztacalco Cultural”
El concurso de “skate”
Participamos en el evento y concurso de la noche de los alebrijes
Desarrollaron un torneo de múltiples disciplinas deportivas en la Magdalena Mixihuca.

La ciudad de México, implica una modalidad de gobierno que al mismo tiempo tiene sus ventajas y es en todos los casos, un estado de excepción. La centralización administrativa y financiera de los gobiernos delegacionales, que por definiciones de nuestra Asamblea Legislativa o desde una perspectiva propia acometen, tanto este órgano como el gobierno Central y que no son siempre las mejores, laceran el espíritu republicano, el principio de la división de los poderes y el respeto a los diferentes niveles de gobierno; todos ellos, principios ideológicos, políticos y éticos que definen un método de gobierno y una profundidad y definición de los actos sociales y administrativos. Sostengo con certeza, que debemos discutir estos elementos, y que en todo caso podemos asumir una perspectiva más integradora y efectiva, eficiente y eficaz para gobernar juntos y con respeto.

Ejemplo de lo anterior son las deliberaciones que en torno del establecimiento de un fideicomiso para la atención de las escuelas, se llevan a cabo en la ALDF. Fideicomiso que pretende ser creado para su operación por el Gobierno Central, con fondos que se desprenden de las partidas destinadas a los gobiernos delegacionales.

En esta perspectiva, se definen también los reclamos de la ciudadanía acerca de la inseguridad. Los gobiernos delegacionales no tenemos mando sobre los cuerpos policiacos y esto provoca que nuestras definiciones de seguridad, siempre pasen por opiniones lejanas al conocimiento de lo que sucede en nuestras demarcaciones territoriales, y que con los aportes presupuestales que llevamos a cabo, no se establezcan las definiciones de acción policiaca, que podemos considerar más necesarias. Cuando se llevan a cabo estas acciones, evitan un contacto directo entre las autoridades locales y sus gobernados, en espacios que lo requieren demasiado. Pero además, dejan de contemplar que ese contacto es una de las premisas con las que debe trabajar un gobierno democrático, ya que donde no hay acercamiento, no hay comunicación y no puede desarrollarse para la política social, el fenómeno de la gobernabilidad; que es cualidad de la relación entre los gobiernos y sus sociedades; relación de la cual, las Jefaturas Delegacionales en la ciudad, al igual que los gobiernos municipales en los estados, deben ser garantes, ya que son el nivel de mayor reclamo y acercamiento con la ciudadanía.

No abundaré más en ejemplos, ya que estos dos, me parecen suficientes para expresar este tipo de preocupaciones que a todos los jefes delegacionales nos afectan para el desempeño de nuestras responsabilidades. Pero tampoco puedo dejar de mencionar, que es en todo caso, el establecimiento del Estado 32 (una histórica discusión) el que debe bordar estos análisis y sus definiciones sociopolíticas y también las administrativas, financieras y presupuestales.

Todo lo que pasa en la ciudad, ha de ser discutido por los ciudadanos, por sus autoridades y por los sectores que de una o de otra manera hacen la vida de nuestra Capital.

Me ha tocado asumir la cuarta generación de Gobierno Democrático en la Delegación Iztacalco; pero tengo plena conciencia de que las responsabilidades de un jefe delegacional del PRD no pasan por los puntos o los esquemas negativos de nuestro partido, tampoco por sus divisiones o por sus desencuentros.

Gobernar desde la izquierda significa incluso una batalla objetiva entre nuestros sueños y nuestras realidades, significa suponer que la utopía de Tomas Moro y la de todos los pensadores y revolucionarios, puede ser instalada en cada espacio al que debemos brindar atención.
Pero este tampoco es un sueño platónico, no, en todo caso es una gama de conceptos envueltos en realidades incluso legales. Es aquí, donde los valores como la democracia, es decir que gobierne el pueblo; donde la transparencia, es decir que ese pueblo sepa lo que se puede hacer, lo que se hace y con que recursos; es aquí, donde la igualdad, se convierte en becas, en apoyos a discapacitados, en tiempos y espacios destinados a nuestro disfrute y cultura y donde la seguridad debe instalarse como condición para todo ello, estos principios rectores del pensamiento moderno, han sido logrados, todos, por la izquierda, y a ellos no debemos renunciar y por ello digo que estas definiciones se instalan por encima de nuestros esquemas negativos o nuestras momentáneas diatribas.
Nosotros no tenemos otro proyecto que no sea el de una sociedad educada, cultivada en los mejores valores que la humanidad ha generado para sí y para sus entornos; asumimos como evidente la necesidad de que nuestro pueblo se organice para lograr esos anhelos y toleramos las manifestaciones que implican diferencias con nuestro pensar y nuestro actuar, tomando de ellas solo lo mejor. Entonces, el proyecto democrático de los gobiernos de izquierda asume que todo es posible y que lo único que puede limitar nuestro mejor desarrollo puede ser la falta de iniciativa e imaginación.
El trabajo de todos nosotros, ha sido intenso y ha generado muchas benevolencias y muchos bienestares. Cada vez que un ciudadano asume aquí y ahora, la opción de elegir un gobierno de izquierda; elije educación, salud y un firme y decido apoyo a los adultos mayores, a los discapacitados y a las personas que más lo requieren; hoy por hoy ser de izquierda no es como ya dijimos una definición geométrica, porque quienes requieren nuestro compromiso de luchadores sociales que cumplen con su tarea, se encuentran por todos lados.

Erasto Ensástiga Santiago

viernes, 7 de noviembre de 2008

OBAMA por Juan María Alponte

México y el mundo
07 de noviembre de 2008


De Lincoln a Obama: ¿espera cerrada?

Quiero revivir la historia. Recordarles el largo proceso en busca del derecho. El 16 de junio de 1856, Abraham Lincoln, ante la convención republicana, hizo un discurso memorable: The house divided, La casa dividida. “Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer. Yo creo que este gobierno no puede mantenerse, permanentemente, mitad esclavo y mitad libre. No espero que la Unión caiga, pero espero que cese de estar dividida”.
En la elección de 1860, los demócratas eligieron como candidato a Stephen Douglas (de Illinois, ¿qué les parece?) que tuvo ásperos debates con el republicano Lincoln. Douglas aspiraba a mantener the house divided. Lincoln, que había nacido en la pobreza, pero que tenía la cabeza de un hombre de Estado, supo que finalizar la esclavitud era la guerra civil. Sobre la esclavitud se apoyaba una economía, atrasada, sí, pero opulenta que paralizaba el cambio. ¿La guerra civil? ¿Qué hombre de bien puede proponerla? Probó medidas de compensación para los propietarios, pero la esclavitud era una cultura del poder. En las elecciones de 1860 él obtuvo un millón 866 mil 452 votos y Douglas un millón 376 mil 957, pero Breckinridge, candidato de los demócratas del sur, un millón 376 mil 957 y Bell, de la Unión Constitucional, 588 mil 879. Los delegados del Colegio Electoral (33 estados entonces) 303 votos. Lincoln obtuvo 180. Mayoría legal, pero una vez más, en EU, un presidente minoritario. La casa dividida.
Todos sus esfuerzos para llegar a un acuerdo fracasaron. En 1861 estalló la guerra civil. El 17 de julio de 1862 autorizó, por vez primera, que en el Ejército de la Unión, frente a los estados esclavistas, se organizara una brigada de negros. Críticas duras. Le dijeron: “¿Para qué sirven? Son unos cobardes”. Los prejuicios en primera fila. ¿Los esclavos podían defender sus derechos? Terrible. La guerra civil, norte-sur, fue implacable. Lincoln, envuelto en los incendios, firmó el 1 de enero de 1863, la Proclamación de la Emancipación. Fin de la esclavitud. La guerra duró hasta 1865. Tuvo una baja última: la de la Lincoln asesinado el 14 de abril de 1865. La lucha por los derechos civiles de los negros duró, aún, un siglo. Las cosas no se arreglan firmando decretos en una house divided.
Se requiere mucho más. Por eso, Obama nos pertenece como portavoz de la historia. En efecto, en 2008 haría un discurso tan admirable como el de Luther King (“Yo tengo un sueño”) que definía una realidad social y conciencial: “Yo soy el hijo de un hombre negro de Kenia y de una mujer blanca de Kansas. He sido educado, en parte, por un abuelo blanco que sobrevivió a la Gran Depresión y fue soldado bajo Patton en la Segunda Guerra Mundial. Mi abuela blanca trabajó en una fábrica de montaje de bombarderos. Yo estudié en algunas de las mejores escuelas de EU y viví en uno de los países más pobres del mundo. Estoy casado con una estadounidense negra que tiene, en su sangre, la de los esclavos y los propietarios de esclavos, herencia, pues, que hemos transmitido a nuestras dos hijas adoradas. Tengo hermanos, hermanas, primos y sobrinos de todas las razas y de todos los colores de la piel en tres continentes y, hasta mi último día no olvidaré jamás que mi historia no hubiera sido posible en ningún otro país del mundo…”. Quiso decirnos, a los hombres y mujeres de todos los continentes que él aspira a terminar con la casa dividida. Existe, en todos los continentes. Esa es su palabra. Lo demás, terminar con la house dividida del mundo y separada por la desigualdad, es una tarea común. Obama entreabrió la puerta.

jueves, 23 de octubre de 2008

Matilde Petra Montoya Lafragua

Nació en la Ciudad de México el 14 de mayo de 1859.
Educada como hija única; su madre empezó a transmitirle la educación que había recibido en el convento. A los cuatro años, Matilde ya sabía leer y escribir, convirtiéndose en una ávida lectora. El padre de Matilde no comprendía ese interés por estudiar y con frecuencia se disgustaba con su esposa, ya que no le veía sentido a la educación que pretendía darle a la niña.
Años más tarde Matilde no pudo ser inscrita en la Escuela Primaria Superior, equivalente en ese entonces a la Secundaria actual, debido a su edad, ya que sólo tenía 11 años, asi que con la ayuda de maestros particulares, Matilde terminó sus estudios para presentar el examen oficial para Maestra de Primaria, el cual aprobó sin dificultad, pero su edad, 13 años, nuevamente fue un impedimento para que le dieran un puesto.
Ese año murió su padre y Matilde se inscribió en la carrera de Obstetricia y Partera, que dependía de la Escuela Nacional de Medicina, obligada a abandonar esa carrera debido a dificultades económicas, la joven se inscribió en la Escuela de Parteras y Obstetras de la Casa de Maternidad que se encontraba en las calles de Revillagigedo, un lugar que se conocía como de "atención a partos ocultos", es decir, que atendía a madres solteras. A los 16 años, Montoya recibió el título de Partera.
Empezó a trabajar como auxiliar de cirugía con los Doctores Luis Muñoz y Manuel Soriano, con el objetivo de ampliar sus conocimientos de Anatomía, ya que en sus estudios de Obstetricia sólo le habían enseñado los conocimientos relativos al aparato reproductor femenino.
Con el poco dinero que contaba, se dio tiempo para tomar clases en escuelas particulares para mujeres y completar sus estudios de Bachillerato.
Al cumplir los 18 años, Matilde Montoya buscó acomodo en la ciudad de origen de su madre, Puebla. La joven partera se hizo rápidamente de una numerosa clientela de mujeres que se beneficiaban con su amable trato y sus conocimientos de medicina, más avanzados que los de las otras parteras y aún que los de muchos médicos locales.
Algunos médicos orquestaron una campaña de difamación en su contra en varios periódicos locales, publicando violentos artículos en los que convocaban a la sociedad poblana a no solicitar los servicios de esa mujer poco confiable, acusándola de ser "masona y protestante".
La presión fue muy grande y el trabajo de Matilde Montoya se hizo insostenible, por lo que se fue a pasar unos meses a Veracruz.
De regreso en la capital poblana, pidió su inscripción en la Escuela de Medicina de Puebla, presentando constancias de su recorrido profesional, cumpliendo con el requisito de acreditar las materias de Química, Física, Zoología y Botánica y aprobando el examen de admisión. Fue aceptada en una ceremonia pública a la que asistieron el Gobernador del Estado, todos los Abogados del Poder Judicial, numerosas maestras y muchas damas de la sociedad que le mostraban así su apoyo.
Sin embargo, los sectores más radicales redoblaron sus ataques, publicando un artículo encabezado con la frase: "Impúdica y peligrosa mujer pretende convertirse en médica".
Agobiada por las críticas, Matilde Montoya decidió regresar con su madre a la Ciudad de México, donde por segunda vez solicitó su inscripción en la Escuela Nacional de Medicina, siendo aceptada por el entonces Director, el Dr. Francisco Ortega en 1882, a los 24 años.
Las publicaciones femeninas y un amplio sector de la prensa la apoyaban, pero no faltaban quienes opinaban que "debía ser perversa la mujer que quiere estudiar Medicina, para ver cadáveres de hombres desnudos".
En la Escuela Nacional de Medicina no faltaron las críticas, burlas y protestas debido a su presencia como única alumna, aunque también recibió el apoyo de varios compañeros solidarios, a quienes se les apodó "los montoyos".
Varios docentes y alumnos opositores solicitaron que se revisara su expediente antes de los exámenes finales del primer año, objetando la validez de las materias del Bachillerato que había cursado en escuelas particulares. A Montoya le fue comunicada su baja.
La joven solicitó a las autoridades que si no le eran revalidadas las materias de Latín, Raíces Griegas, Matemáticas, Francés y Geografía, le permitieran cursarlas en la Escuela de San Ildefonso por las tardes. Su solicitud fue rechazada, ya que en el reglamento interno de la escuela el texto señalaba "alumnos", no "alumnas".
Desesperada, Matilde Montoya escribió una carta al Presidente de la República, General Porfirio Díaz, quien dio instrucciones al Secretario de Ilustración Pública y Justicia, Lic. Joaquín Baranda, para que "sugiriera" al Director de San Ildefonso dar facilidades para que la Srita. Montoya cursara las materias en conflicto, ante lo que no le quedó más remedio que acceder.
Tras completar sus estudios con buenas notas y preparar su tesis, Matilde Montoya solicitó su examen profesional. Nuevamente se topó con el obstáculo de que en los estatutos de la Escuela Nacional de Medicina se hablaba de "alumnos" y no de "alumnas", por lo que le fue negado el examen.
Una vez más, dirigió un escrito al Presidente Porfirio Díaz, quien decidió enviar una solicitud a la Cámara de Diputados para que se actualizaran los estatutos de la Escuela Nacional de Medicina y pudieran graduarse mujeres médicas.
Como la Cámara no estaba en sesiones y para no retrasar el examen profesional de Montoya, el Presidente Díaz emitió un decreto para que se realizara de inmediato el 24 de agosto 1887
Hubo quien publicó que Matilde Montoya se había recibido por decreto presidencial, cuando no fue así; dicho decreto tan sólo era para que se le permitiera recibirse si cumplía con los requisitos de presentar sus exámenes teórico y práctico ante un jurado académico. Por supuesto, le fue asignado el jurado más exigente y riguroso.
En lugar de disponer el Salón Solemne de Exámenes Profesionales, con sillones de maderas preciosas colocados en forma de herradura sobre una tarima para el jurado y las autoridades académicas, así como fina sillería para el público asistente, se le negó a Matilde el derecho a disfrutar de esa simbología de jerarquía profesional, disponiendo para su examen un salón menor.
Esto ocurría durante la tarde del 24 de agosto de 1887. Faltando pocos minutos para las cinco, hora fijada para el examen, llegó un mensajero avisando que el Señor Presidente Porfirio Díaz salía a pie de Palacio Nacional, acompañado de su esposa Carmelita y algunas amistades, para estar presente en el examen profesional de la Srita. Montoya.
Rápidamente abrieron el salón de actos solemnes, donde se realizó el examen durante dos horas, cumpliendo con todos los puntos reglamentarios. Matilde Montoya contestó correctamente todas las preguntas que se le hicieron y fue aprobada por unanimidad.
Cuando terminó el examen, se escuchó el aplauso de varias damas, maestras de primaria y periodistas que se habían reunido en el patio, festejando el veredicto de "aprobado".
Al día siguiente, Matilde realizó su examen práctico en el Hospital de San Andrés ante la presencia del jurado y, en representación del Presidente, su Secretario Particular y el Ministro de Gobernación. Después de recorrer las salas de pacientes, contestando las preguntas relacionadas con distintos casos, la examinada pasó al anfiteatro, donde realizó en un cadáver las resecciones que le pidieron, siendo aprobada por unanimidad.
El Ministro de Gobernación leyó un discurso elogiando a la Profesora en Medicina y Cirugía Matilde Montoya y, al día siguiente, la mayoría de los periódicos festejaron la victoria final después de tantas batallas de la Señorita Matilde Montoya, Primera Médica Mexicana.
Su título profesional, otorgado por parte de la Dirección General de Instrucción Pública del Gobierno del Distrito Federal, que entonces dependía del Ministerio de Gobernación, fue recogido semanas más tarde en la Escuela de Medicina por Paz Gómez, una amiga de Matilde Montoya, quien nos imaginamos ya no quiso volver a poner un pie en ese lugar.
El Gral. Díaz y su esposa le obsequiaron después de la ceremonia de graduación una carretela y el tronco de caballos.
Después de titulada, Matilde Montoya trabajó en su consulta privada hasta una edad avanzada. Siempre tuvo dos consultorios, uno en Mixcoac, donde vivía, y otro en Santa María la Ribera. Atendía a todo tipo de pacientes, cobrándole a cada uno según sus posibilidades.
Participó en asociaciones femeninas como el "Ateneo Mexicano de Mujeres" y "Las Hijas de Anáhuac", pero no fue invitada a ninguna asociación o academia médica, aún exclusivas de los hombres.
En 1923 asistió a la controvertida Segunda Conferencia Panamericana de Mujeres, que se realizó en esta ciudad. Dos años después, junto con la Dra. Aurora Uribe, fundó la Asociación de Médicas Mexicanas.
A los 50 años de haberse graduado Matilde Montoya, en agosto de 1937, la Asociación de Médicas Mexicanas, la Asociación de Universitarias Mexicanas y el Ateneo de Mujeres le ofrecieron un homenaje en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.
Matulde Montoya murió cinco meses después, el 26 de enero de 1938, a los 79 años. Aunque nunca se casó, adoptó cuatro hijos, de los cuales le sobrevivieron un hijo en Puebla y una hija en Alemania, Esperanza, a quien envió a ese país para que se preparara como concertista, pero durante la II Guerra Mundial fue retenida en un campo de concentración y nunca se supo más de ella.
La Dra. Montoya fue de gran importancia en el impulso para que otras mujeres estudiaran medicina en una época en la que la sociedad reprobaba la participación de la mujer en actividades fuera del hogar. Llegaron al grado de apedrear a las mujeres que estudiaban medicina; fue necesario unirse para apoyarse; en adelante, iban acompañadas por otras médicas al examen de cada una, para hacer frente a las agresiones de que eran objeto.
La participación de la Dra. Montoya en el impulso a la actividad profesional de las médicas, le valió múltiples reconocimientos de organizaciones de mujeres, la prensa y la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia.

Matilde P. Montoya, Ejemplo de tenacidad en la persecución de un sueño ridículo para unos, imposible para otros y reprobado por los demás abrió a la mujer mexicana el camino de la ciencia en las postrimerías del pasado siglo.

jueves, 16 de octubre de 2008

PEDRO Y EL CAPITÁN

PEDRO Y EL CAPITÁN


Primera parte
Escenario despejado: una silla, una mesa, un sillón de hamaca o de balance. Sobre la mesa hay un teléfono. En una de las paredes, un lavabo, con jabón, vaso, toalla, etcétera. Ventana alta, con rejas. No debe dar, sin embargo, la impresión de una celda, sino de una sala de interrogatorios.
Entra PEDRO, amarrado y con capucha, empujado por presuntos guardianes o soldados, que no llegan a verse. Es evidente que lo han golpeado, que viene de una primera sesión –leve– de apremios físicos. PEDRO queda inmóvil, de pie, allí donde lo dejan, como esperando algo, quizá más castigos. Al cabo de unos minutos, entra el CAPITÁN, uniformado, la cabeza descubierta, bien peinado, impecable, con aire de suficiencia. Se acerca a PEDRO y lo toma de un brazo sin violencia. Ante ese contacto, PEDRO hace un movimiento instintivo de defensa.
CAPITÁN- No tengás miedo. Es sólo para mostrarte dónde está la silla. Lo guía hasta la silla y hace que se siente. PEDRO está rígido, desconfiado. El CAPITÁN va hacia la mesa, revisa unos papeles, luego se sienta en el sillón.
CAPITÁN- Te golpearon un poco, parece. Y no hablaste, claro.
PEDRO- guarda silencio.
CAPITÁN- Siempre pasa eso en la primera sesión. Incluso es bueno que la gente no hable de entrada. Yo tampoco hablaría en la primera. Después de todo no es tan difícil aguantar unas trompadas y ayuda a que uno se sienta bien. ¿Verdad que te sentís bien por no haber hablado?
Silencio de PEDRO.
CAPITÁN- Luego la cosa cambia, porque los castigos van siendo progresivamente más duros. Y al final todos hablan. Para serte franco, el único silencio que yo justifico es el de la primera sesión. Después es masoquismo. La cuenta que tenés que sacar es si vas a hablar cuando te rompan los dientes o cuando te arranquen las uñas o cuando vomites sangre o cuando... ¿A qué seguir? Bien sabés el repertorio, ya que constantemente ustedes lo publican con pelos y señales. Todos hablan, muchacho. Pero unos terminan más enteros que otros. Me refiero al físico, por supuesto. Todo depende de en qué etapa decidan abrir la boca. ¿Vos ya lo decidiste?
Silencio de PEDRO.
CAPITÁN- Mirá, Pedro..., ¿o preferís que te llame Rómulo, como te conocen en la clandestinidad? No, te voy a llamar Pedro, porque aquí estamos en la hora de la verdad, y mi estilo sobre todo es la franqueza. Mirá, Pedro, yo entiendo tu situación. No es fácil para vos. Llevabas una vida relativamente normal. Digo normal, considerando lo que son estos tiempos. Una mujercita linda y joven. Un botija sanito. Tus viejos, que todavía se conservan animosos. Buen empleo en el Banco. La casita que levantaste con tu esfuerzo. (Cambiando el tono.) A propósito, ¿por qué será que la gente de clase media, como vos y yo, tenemos tan arraigado el ideal de la casita propia? ¿Acaso ustedes pensaron en eso cuando se propusieron crear una sociedad sin propiedad privada? Por lo menos en ese punto, el de la casita propia, nadie los va a apoyar. (Retomando el hilo.) O sea, que tenías una vida sencilla, pero plena. Y de pronto, unos tipos golpean en tu puerta a la madrugada y te arrancan de esa plenitud, y encima de eso te dan tremenda paliza. ¿Cómo no voy a ponerme en tu situación? Sería inhumano si no la entendiera. Y no soy inhumano, te lo aseguro. Ahora bien, te aclaro que aquí mismo hay otros que son casi inhumanos. Todavía no los has conocido, pero tal vez los conozcas. No me refiero a los que anoche te dieron un anticipo. No, hay otros que son tremendos. Te confieso que yo no podría hacer ese trabajo sucio. Para ser verdugo hay que nacer verdugo. Y yo nací otra cosa. Pero alguien lo tiene que hacer. Forma parte de la guerra. También ustedes tendrán, me imagino, trabajos limpios y trabajos sucios. ¿Es así o no es así? Yo seré flojo, puede ser, pero prefiero las faenas limpias. Como esta de ahora: sentarme aquí a charlar contigo, y no recurrir al golpe, ni al submarino, ni al plantón, sino al razonamiento. Mi especialidad no es la picana sino el argumento. La picana puede ser manejada por cualquiera, pero para manejar el argumento hay que tener otro nivel. ¿De acuerdo? Por eso también yo gano un poco más que los muchachos eléctricos. (Se da un golpe en la frente, como sorprendido por su hallazgo verbal.) ¡Los muchachos eléctricos! ¿Qué te parece? ¿Cómo a nadie se le ocurrió antes llamarlos así? Esta noche en el casino se lo cuento al coronel: él tiene sentido del humor, le va a gustar.
(Calla un momento. Mira a PEDRO, que sigue inmóvil y callado.) Si estás cansado de la posición, podés cruzar la pierna. (PEDRO no se mueve.) Parece que optaste por la resistencia pasiva. El flaco Gandhi sabía mucho de eso. Pero una cosa eran los hindúes contra los ingleses y otra muy distinta son ustedes contra nosotros. La resistencia pasiva hoy en día no resulta, no resuelve nada. Es, cómo te diré, anacrónica. Desde que los yanquis –¿viste que digo yanquis, igual que ustedes?– impusieron su estilo tan eficaz de represión, la resistencia pasiva se fue al carajo. Ahora la cosa es a muerte. Por eso yo creo que, aun en esta primera etapa, no te conviene empecinarte. Fijate que ni siquiera me contestás cuando te pregunto algo. Eso no está bien. Porque, como habrás observado, yo no estoy aquí para maltratarte, sino sencillamente para hablar contigo. Vamos a ver, ¿por qué ese mutismo? ¿Será un silencio despreciativo? Pongamos que sí. Aquí, en esta guerra, todos nos despreciamos un poco. Ustedes a nosotros, nosotros a ustedes. Por algo somos enemigos. Pero también nos apreciamos otro poco. Nosotros no podemos dejar de apreciar en ustedes la pasión con que se entregan a una causa, cómo lo arriesgan todo por ella: desde el confort hasta la familia, desde el trabajo hasta la vida. No entendemos mucho el sentido de ese sacrificio, pero te aseguro que lo apreciamos. En compensación tengo la impresión de que ustedes también aprecian un poco la violencia que nos hacemos a nosotros mismos cuando tenemos que castigarlos, a veces hasta reventarlos, a ustedes que después de todo son nuestros compatriotas, y por añadidura compatriotas jóvenes. ¿Te parece que es poco sacrificio? También nosotros somos seres humanos y quisiéramos estar en casa, tranquilos, fresquitos y descansados, leyendo una buena novela policial o mirando la televisión. Sin embargo, tenemos que quedarnos aquí, cumpliendo horas extras para hacer sufrir a la gente, o, como en mi caso, para hablar con esa misma gente entre sufrimiento y sufrimiento. Mi tempo es el intermezzo, ¿viste? (Cambiando de tono.) ¿Te gusta la música, la ópera? Ya sé que no me vas a contestar... por ahora. (Retomando el hilo.) Pero lo que quería decirte es que sospecho que ustedes aprecian, no sé si consciente o inconsciente, la pasión que nosotros, por nuestra parte, también ponemos en nuestro trabajo. ¿Es así? (Por primera vez, el tono de la pregunta empieza a ser conminatorio.
PEDRO no responde ni se mueve.) Decime un poco... A vos no tengo que explicarte las reglas del juego. Las sabés bien y hasta tengo entendido que reciben cursillos para enfrentar situaciones como esta que vivís ahora. ¿O no sabés que entre nosotros hay interrogadores "malos", casi bestiales, esos que son capaces de deshacer al detenido, y están también los "buenos", los que reciben al preso cuando viene cansado del castigo brutal, y lo van poco a poco ablandando? Lo sabés, ¿verdad? Entonces te habrás dado cuenta de que yo soy el "bueno". Así que de algún modo me tenés que aprovechar. Soy el único que te puede conseguir alivio en las palizas, brevedad en los plantones, suspensión de picana, mejora en las comidas, uno que otro cigarrillo... Por lo menos sabés que mientras estás aquí, conmigo, no tenés que mantener todos los músculos y nervios en tensión, ni hacer cálculos sobre cuándo y desde dónde va a venir el próximo golpe. Soy algo así como tu descanso, tu respiro. ¿Estamos? Entonces no creo que sea lo más adecuado que te encierres en ese mutismo absurdo. Hablando la gente se entiende, decía siempre mi viejo, que era rematador, o sea, que tenía sus buenas razones para confiar en el uso de la palabra. Te digo esto para que te hagas una composición de lugar y no te excedas en tus derechos, si no querés que yo me exceda en mis deberes. Puedo respetar el derecho que tenés a callarte la boca, aquí, frente a mí, que no pienso tocarte. Pero quiero que sepas que no estoy dispuesto a representar el papel de estúpido, dándote y dándote mi perorata, y vos ahí, callado como un tronco. Tampoco esperes imposibles de parte del "bueno". Sobre todo cuando el "bueno" conoce algunos pormenores de tu trayectoria. Pedro, alias Rómulo. Más aún –y para que no te autotortures además de lo que vayan a torturarte–, te diré que no tenés ninguna necesidad de hablar de Tomás ni de Casandra ni de Alfonso. La historia de esos tres la tenemos completita. No nos falta ni un punto ni una coma, ni siquiera un paréntesis. ¿Para qué te vamos a romper la crisma pidiéndote datos que ya tenemos y que además hemos verificado? Sería sadismo, y nosotros no somos sádicos, sino pragmáticos. En cambio, sabemos relativamente poco de Gabriel, de Rosario, de Magdalena y de Fermín. En alguno de estos casos, ni siquiera sabemos el nombre real o el domicilio. Fijate qué amplio margen tenés para la ayuda que podés prestarnos. Ahora, eso sí, para completar esas cuatro fichas, y como sabemos a ciencia cierta que vos sos en ese sentido el hombre clave, estamos dispuestos –no yo, en lo personal, digo nosotros como institución– a romperte no sólo la crisma, sino los huevos, los pulmones, el hígado, y hasta la aureola de santito que alguna vez quisiste usar, pero te queda grande. Como ves, pongo las cartas sobre la mesa. No podrás acusarme de retorcido ni de ambiguo. Ésta es la situación. Y como de alguna manera me caes simpático, te la digo bien claramente para que sepas a qué atenerte. O sea, que te tengo simpatía, pero no lástima ni piedad. Y por supuesto hay aquí, en esta unidad militar –que nunca sabrás cuál es–, gente que, por principio y sin necesidad de saber nada de vos, no te tiene simpatía, y es capaz de llevarte hasta el último límite. Y no sólo a vos. Ellos, los de la línea durísima, prefieren a veces traer a la esposa del acusado, y, cómo te diré, "perforarla" en su presencia, y hasta hay quienes son partidarios de la técnica brasileña de hacer sufrir a los niños delante de sus padres, sobre todo de su madre. Te imaginarás que yo no comparto esos extremos, me parecen sencillamente inhumanos, pero si vamos a ser objetivos, tenemos que admitir que tales extremos constituyen una realidad, una posibilidad, y no me sentiría bien si no te lo hubiera advertido y un día te encontraras con que algún orangután, como esos que anoche te dieron sus piñazos de introducción, violara frente a vos a esa linda piba que es tu mujercita. Se llama Aurora, ¿no? Seguro que en ese caso te quitarían la capucha. Son orangutanes, pero refinados. ¿Cuánto tiempo llevan de casados? ¿Es cierto que el último veintidós de octubre celebraste tus ocho años de matrimonio? ¿Le gustó a Aurora la espiguita de oro que le compraste en la calle Sarandí? ¿Y qué me contás si llegan a traer a Andresito y empiezan a amasijarlo en tu presencia? Esto último, como te decía, aún no ha sido aprobado como recurso, pero los asesores lo tienen a estudio, y, claro, siempre habrá alguno que tendrá que ser el pionero. Nunca estaré de acuerdo con esos procedimientos, porque confío plenamente en el poder de persuasión que tiene un ser humano frente a otro ser humano. Más aún, estimo que los muchachos eléctricos usan la picana porque no tienen suficiente confianza en su poder de persuasión. Y además consideran que el preso es un objeto, una cosa a la que hay que exprimir por procedimientos mecánicos, a fin de que largue todo su jugo. Yo, en cambio, nunca pierdo de vista que el detenido es un ser humano como yo. ¡Equivocado, pero ser humano! Vos, por ejemplo, así como estás, callado e inmóvil, podrías ser simplemente una cosa. Quizá lo que estás tratando es de cosificarte frente a mí, pero por quieto y mudo que permanezcas, yo sé que no sos un objeto, yo sé que sos un ser humano, y sobre todo un ser humano con puntos sensibles. Puntos sensibles que, claro, no poseen las cosas.
(Pausa.) ¡Ya pensaste en los huevos, claro! Cuando alguien habla de puntos sensibles, es de cajón: las mujeres piensan en las tetas, y los hombres en los huevos. Un matiz que es muy importante no olvidar. Ya lo decía el pobre Mitrione, que se las sabía todas: "Dolor preciso, en el lugar preciso, en la proporción precisa elegida al efecto." Es claro que, desde el punto de vista de tus respetables convicciones, es bravo plantearse a sí mismo la mera posibilidad de hablar, de entregar datos, referencias. No es simpático que a uno lo acusen de traidor. Pero aquí hay un elemento que acaso vos ignores. Un tratamiento de los que dispensamos sólo a gente que nos cae bien, como vos, muchacho. Te damos la posibilidad de que nos ayudes y, sin embargo, no quedes mal con tus compañeros. ¿Qué te parece? A lo mejor creés que es imposible. Te parecerá vanidad de mi parte, pero para nosotros nada es imposible. ¿Querés que te lo explique?
El plan tiene cuatro capítulos. Primero. Vos hablás, cuanto antes mejor, así no tenemos necesidad de amasijarte: nos decís todo, todito, acerca de Gabriel, Rosario, Magdalena y Fermín. Fijate que podíamos ponerte una lista con veinte nombres, y, sin embargo, de buenos que somos, incluimos sólo cuatro. Cuatro, ¿te das cuenta? Una bicoca. Segundo. Llevamos a cabo algunos procedimientos, de acuerdo a los informes que espontáneamente, ¿entendés?, espontáneamente, nos proporciones. Es claro que esos procedimientos nos sirven, entre otras cosas, para comprobar si efectivamente estás colaborando, o, por el contrario, querés tomarnos el pelo. No te aconsejo la segunda opción. Si, en cambio, confirmamos la primera, no te vamos a soltar enseguida, claro. Eso por tu bien, para que tus compañeros no sospechen. Dejamos pasar un tiempo prudencial y después te largamos. Lindo, ¿no? Tercero. Inventamos un documento en clave, o una lista de teléfonos, o cualquier otra cosa en la que nos pondríamos fácilmente de acuerdo, y hacemos público que la razzia se debió al descubrimiento fortuito de esa nómina o lo que sea, y sobre todo a nuestra capacidad deductiva, así de paso quedamos bien. Como ustedes lo tienen todo compartimentado, cada célula creerá que la lista proviene de otro berretín. Cuarto. Te soltamos por fin, y vos, cuando te juntes con los muchachos, les decís que negaste todo con tanta firmeza que nos convenciste de tu inocencia. ¿Qué te parece?
(PEDRO sigue inmóvil.) Te advierto que no podés esperar, verosímilmente, una solución mejor que esta que te estoy proponiendo. Tené en cuenta que no se ha empleado nunca hasta ahora, de modo que las sospechas sobre vos no harán carrera. Más aún, tengo la impresión de que vas a salir favorecido en cuanto a prestigio y autoridad. Y de paso te librás de toda esa porquería. Sos muy joven para destruirte porque sí, para arruinarte. Podrías volver con Aurora y con el pibe. ¿No se te hace agua la boca? Aurora te recibiría como a un héroe, y, claro, al principio tendrías algún remordimiento, pero con una mujercita como la tuya los remordimientos se esfuman en la cama. Eso sí, tenés que responderme. Hasta ahora soporté que no dijeras nada. Pero pocos detenidos tienen el privilegio de recibir una propuesta tan generosa. ¿Por qué me habrás caído tan bien? De manera que tenés que responderme. Para que vos y yo sepamos a qué atenernos. Concretemos, pues; frente a esta propuesta, ¿estás dispuesto a hablar, estás dispuesto a darnos la información que te pedimos?

(Se hace un largo silencio. PEDRO sigue inmóvil. El CAPITÁN sube el tono.) ¿Estás dispuesto a hablar? (La capucha de PEDRO se mueve negativamente.)



Segunda parte
El mismo escenario, desierto.
Pasados unos minutos, PEDRO (siempre amarrado y con capucha) es nuevamente arrojado a escena, como en la escena anterior, pero con más violencia. Ahora está más deteriorado. Es evidente que el castigo sufrido ha sido severo. PEDRO busca a tientas la silla. Por fin la encuentra y a duras penas se sienta. De vez en cuando sale de su boca un ronquido apenas audible.
Entra el CAPITÁN: igual aspecto y vestimenta que en la escena anterior. Observa detenidamente a PEDRO, como haciendo inventario de sus nuevas magulladuras y heridas.
CAPITÁN- (todavía de pie, con las piernas abiertas y los brazos cruzados) ¿Viste? Ya empezó el crescendo. No podrás decir que no te lo advertí. ¡Miro que son bestias estos subordinados! Y hay que dejarlos hacer. De lo contrario, capaz que nos revientan a nosotros.
(Pausa.) ¿Te lo creíste? No, lo digo en broma. Pero la verdad es que hay más de un oficial que les tiene miedo. (Pausa.) ¿Y qué tal? Te dejé tiempo para que lo pensaras. ¿Lo pensaste? (Silencio e inmovilidad de PEDRO.) Te advierto una cosa. No creas que vamos a seguir todo un semestre en esta situación, digamos estancada. Por un lado, no creo que tu físico vaya a aguantar mucho tiempo. No sos lo que se dice un atleta. No me refiero a mis preguntas, claro, sino a los muchachos eléctricos. (Cambiando de tono.) A propósito, mi broma le hizo mucha gracia al coronel. No sólo se rió, sino que me dijo: "CAPITÁN, tenemos que cuidar que no haya un solo apagón." El chiste no es bueno, pero me reí, qué iba a hacer. (Retomando el hilo.) ¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí, que estábamos estancados. Por mi parte, quiero salir de este estancamiento. Me imagino que vos también. Por eso he decidido introducir un elemento nuevo en la situación. (Pausa.) ¿No te pica la curiosidad? ¿Qué será, eh? ¿Un testigo? ¿Alguien que ya te delató? (Nueva pausa, destinada a crear expectativa.) No, nada de eso. El nuevo elemento van a ser tus ojos. Quiero que veas y que yo pueda ver cómo ves. (Se acerca a PEDRO y de un tirón le quita la capucha. PEDRO tiene la cara con heridas y huellas de golpes: abre y cierra varias veces los ojos encandilados.) Bueno, bueno. (Sonríe.) Mucho gusto. Es mejor vernos las caras, ¿no? Nunca me ha gustado dialogar con una arpillera. Hay algunos colegas que no quieren que el detenido los vea. Y alguna razón tienen. El castigo genera rencores, y uno nunca sabe qué puede traernos el futuro. ¿Quién te dice que algún día esta situación se invierta y seas vos quien me interrogue? Si eso llegara a ocurrir, te prometo colaborar un poco más que vos. Pero no va a ocurrir, no te ilusiones. Hemos tomado todas las precauciones para que no ocurra. Por otra parte, a mí no me preocupa que conozcas mi cara. Lo más que podrás achacarme es que estuve preguntando y preguntando, pero eso no genera rencor, creo. ¿O lo genera? (Pausa.) Así, sin capucha, te es un poco más difícil hablar, ¿verdad?

PEDRO- Sí.
CAPITÁN- ¡Caramba! Primer monosílabo. Toda una concesión. ¡Bravo!
PEDRO- (tiene cierta dificultad al hablar, debido a la hinchazón de la boca) Quiero aclararle que el hecho de que usted no participe directamente en mi tortura, no garantiza que no lo odie, ni siquiera que lo odie menos.
CAPITÁN- (se sorprende un poco, pero reacciona) Está bien. Me gusta el juego limpio.
PEDRO- No. No le gusta. Pero no importa. Quiero decirle, además, que con capucha no abrí la boca porque hay un mínimo de dignidad al que no estoy dispuesto a renunciar, y la capucha es algo indigno.
CAPITÁN (después de un silencio) Eso del odio, ¿por qué lo dijiste?
PEDRO- ¿Por qué lo dije?
CAPITÁN- Sí. Puedo comprender que lo sientas. En cambio, no puedo comprender que me lo digas así, descaradamente. Aquí soy yo el que está arriba, y vos sos el que está abajo. ¿O te olvidaste?
PEDRO- No, no me olvidé.
CAPITÁN- Y mostrar odio, genera odio.
PEDRO- Claro.
CAPITÁN- Te advierto que no voy a entrar en ese juego. Soy cristiano, pero no acostumbro a poner la otra mejilla.
PEDRO- Por supuesto. El que las pongo soy yo, y mire cómo las tengo. Las mejillas y la espalda y las piernas y las uñas.
CAPITÁN- Y mañana los huevos.
PEDRO- Si usted lo dice.
CAPITÁN- Lo digo, lo ordeno y otros lo cumplen. ¿Qué te parece? (Gesto de PEDRO. El CAPITÁN suelta una risita nerviosa.) De todas maneras, te aconsejo que no me provoques, soy de pocas pulgas, ¿sabés?
PEDRO- Lo sé. Quizá yo sepa más de usted que usted de mí.
CAPITÁN- (con ironía) ¡No me digas!
PEDRO- Sí le digo. En su afán de extraerme lo que sé y lo que no sé, usted no advierte que se va mostrando tal cual es.
CAPITÁN- ¿Y cómo soy?
PEDRO- Bah...

CAPITÁN- Me parece que te pregunté cómo soy.
PEDRO- Sí, ya sé. Pero es absurdo. Me mete en cana, hace que me revienten, y encima exige que le sirva de analista. ¡Eso no!
CAPITÁN- Después de todo, ya me imagino cómo soy.
PEDRO- Entonces estoy de acuerdo con ese autodiagnóstico.
CAPITÁN- ¿Y si me imagino noble y digno?
PEDRO- ¿Sabe lo que pasa? Usted no puede venderse a sí mismo un tranvía. (Pausa muy breve.) No se puede imaginar noble y digno.
CAPITÁN- (gritando) ¡Callate!
PEDRO- ¿Cómo? ¿No quería que hablara? Y ahora que me decido a hablar...
CAPITÁN- (más bajo, pero concentrado) Callate, estúpido.
PEDRO- Está bien.
CAPITÁN- (al cabo de un rato, más calmo, como si recapacitara) Después de todo, a lo mejor no me considero noble y digno. Pero ¿a quién le importan mi nobleza y mi dignidad? ¿Eh? ¿A quién?
PEDRO- Deberían importarle a usted. Lo que es a mí...
CAPITÁN- ¿Eso también está en las instrucciones? ¿Establecer una distancia sanitaria con el interrogador?
PEDRO- Es usted quien establece la distancia. ¿Cómo puede haber comunicación, aproximación, diálogo, etcétera, entre un torturado y su torturador?
CAPITÁN- (con cierta alarma) Yo ni siquiera te he tocado.
PEDRO- Sí, ya sé; es el "bueno". Pero ¿es que aquí hay "buenos" y "malos"? ¿Usted no será como el mastodonte que me hace el submarino, como la bestia que me aplica la picana? ¿El mismo engranaje, la misma máquina? ¿Acaso usted mismo puede creer que hay diferencia?
CAPITÁN- Te estás pasando de insolente.
PEDRO- Entonces vuelvo a callarme.
CAPITÁN- (después de un silencio) ¿Y no quisieras preguntarme nada?
PEDRO- (sorprendido) ¿Preguntar yo?
CAPITÁN- Sí, preguntar vos.

PEDRO- ¿De qué se trata? ¿Una nueva técnica post Mitrione?-
CAPITÁN- A lo mejor.
PEDRO- (recapacitando) Bueno, voy a preguntarle: ¿tiene familia?
CAPITÁN- (a su vez sorprendido) ¿Y a vos qué te importa?
PEDRO- Como importarme, nada. A quien debe importarle, si la tiene, es a usted.
CAPITÁN- ¿Me estás amenazando?
PEDRO- ¡Eso se llama deformación profesional! Ustedes, cuando se acuerdan de la familia de uno, es siempre para amenazar.
CAPITÁN- Y entonces ¿para qué querés saber?
PEDRO- Porque si tiene padres, mujer e hijos, debe ser jodido para usted cuando vuelve a casa.
CAPITÁN- (gritando) ¿Qué decís?
PEDRO- Me explico: que para usted debe ser jodido, después de interrogar a un recién torturado, darle un besito a su mujer o a su hijo, si lo tiene.
El capitán se levanta de un salto, perdida toda compostura, y le da a PEDRO un puñetazo en la boca.
PEDRO- (trata de mover los labios, y habla con más dificultad que antes) Menos mal que usted es el bueno.
CAPITÁN- Todo tiene su límite.
PEDRO- Se va a arruinar, CAPITÁN. No olvide que el "bueno" no puede ni debe propinar piñazos a un hombre amarrado. (Pausa.) De todas maneras, le comunico que no puede competir con sus colegas de la noche. Ellos lo hacen muchísimo mejor. Y es lógico. Lo que ellos hacen eléctricamente, usted lo hace a tracción a sangre. Así no se puede competir.
CAPITÁN- Dije basta.
PEDRO- ¿No lo reñirán cuando se den cuenta de que perdió la calma? Violó las normas, CAPITÁN.
CAPITÁN- (hablando entre dientes) Mirá, mocoso, callate.
PEDRO- No le gustó lo de la familia, ¿eh? Primero: quiere decir que la tiene. Segundo: que no es tan insensible.
CAPITÁN- (más calmo) ¿Vas a hablar entonces?
PEDRO- Estoy hablando, ¿no?
CAPITÁN- Sabés a qué me refiero.

PEDRO- CAPITÁN No saque conclusiones descabelladas.
CAPITÁN- (desorientado) Pero ¿por qué?, ¿por qué? (Gesto de PEDRO.) ¿No te das cuenta, cretino, de que te están utilizando? ¿No te das cuenta de que otros ponen las ideas y vos ponés la cara?
PEDRO- Está bien esa frase. ¿De dónde la sacó? (Pausa.) Incluso a veces puede ser cierta.
CAPITÁN- ¿Y entonces?
PEDRO- Entonces, nada. Lo esencial no es el defecto individual...
CAPITÁN- (concluyendo la frase)... sino la voluntad colectiva. Párrafo siete, inciso (a), de la declaración interna que analizaron ustedes en agosto.
PEDRO- Y si conocen la declaración de agosto, ¿para qué toda esta farsa?
CAPITÁN- Una cosa es la declaración, y otra sos vos.
PEDRO- O sea, que tenemos un soplón.
CAPITÁN- ¿Por qué no? ¿Qué esperabas?
PEDRO- ¿Y cómo es que no les dijo todo sobre Gabriel, Rosario, Magdalena y Fermín?
CAPITÁN- Porque no lo sabe.
PEDRO- Ah.
CAPITÁN- En cambio, sí sabía de vos y por eso caíste. Y además nos dijo que vos sí sabías sobre los otros cuatro.
PEDRO- Ah.
CAPITÁN- (después de un largo silencio) Decime un poco, ¿vos sabrás lo que te espera?
PEDRO- Me lo imagino.
CAPITÁN- Tal vez sea bastante peor de lo peor que imaginás Diariamente hacemos progresos.
PEDRO- Lo que imagino siempre es peor.
CAPITÁN- Pero ¿qué sos?, ¿un suicida?
PEDRO- Nada de eso. Me gusta bastante vivir.
CAPITÁN- ¿Vivir reventado?

PEDRO- No, vivir simplemente.
CAPITÁN- Yo te ofrezco que vivas, simplemente.
PEDRO- No, simplemente no. Usted me ofrece que viva como un muerto. Y antes que eso, prefiero morir como un vivo.
CAPITÁN- Bah, frases.
PEDRO- Se la dije a propósito. Pensé que le gustaban. Ustedes, cuando dicen un discurso, hablan siempre en bastardilla.
CAPITÁN- (después de un silencio) Antes me preguntaste por la familia. Sí, tengo mujer y un casalito. El varón, de siete años; la niña, de cinco. Es cierto que a veces, cuando llego del trabajo, es difícil enfrentarlos. Aquí no torturo, pero oigo demasiados gemidos, gritos desgarradores, bramidos de desesperación. A veces llego con los nervios destrozados. Las manos me tiemblan. Yo no sirvo demasiado para este trabajo, pero estoy entrampado. Y entonces encuentro una sola justificación para lo que hago: lograr que el detenido hable, conseguir que nos dé la información que precisamos. Es claro que siempre prefiero que hable sin que nadie lo toque. Pero ese ejemplar ya no se da, ya no viene. Las veces que conseguimos algo, es siempre mediante la máquina. Es lógico que uno sufra de ver sufrir. Dijiste que no era insensible, y es cierto. Entonces, fijate, la única forma de redimirme frente a los niños, es ser consciente de que por lo menos estoy consiguiendo el objetivo que nos han asignado: obtener información. Aunque a ustedes tengamos que destruirlos. Es de vida o muerte. O los destruimos o nos destruyen. Vida o muerte. Vos metiste el dedo en la llaga cuando mencionaste mi familia. Pero también me hiciste recordar que de cualquier manera tengo que hacerte hablar. Porque sólo así me sentiré bien ante mi mujer y mis hijos. Sólo me sentiré bien si cumplo mi función, si alcanzo mi objetivo. Porque de lo contrario seré efectivamente un cruel, un sádico, un inhumano, porque habré ordenado que te torturen para nada, y eso sí es una porquería que no soporto.
PEDRO- (lo mira con cierta curiosidad, con un interés casi científico, como quien examina una especie extinguida) ¿Algo más?
CAPITÁN- Sí, una pregunta. Es la misma de antes, pero aspiro a que ahora la entiendas mejor, confío en que te des cuenta de toda la vida que pongo detrás de ella. ¿Vas a hablar?
PEDRO (todavía estupefacto ante la perorata del CAPITÁN, pero sin perder nada de su fuerza) No, CAPITÁN.

Tercera parte
El mismo escenario. El CAPITÁN está en el sillón, meciéndose como ensimismado. Ha perdido la compostura y el atildamiento de las escenas anteriores. Está despeinado, se ha desabrochado la camisa y tiene floja la corbata. Se inclina sobre la mesa y descuelga el tubo del teléfono.
CAPITÁN- ¡Tráiganlo! (Cuelga.)
Otra vez vuelve a mecerse en el sillón. A veces parece respirar con dificultad. Transcurren varios minutos. Se oyen ruidos cercanos. PEDRO es arrojado en la habitación. Tiene capucha. La ropa está desgarrada y con abundantes manchas de sangre. Queda tendido en el suelo, inmóvil. El CAPITÁN se le acerca. Sin quitarle la capucha, lo examina, ve sus múltiples heridas y contusiones. Cuando le toma un brazo, se oye un ronco quejido. Entonces lo suelta. Parece desorientado y se aleja de aquel cuerpo.
CAPITÁN- ¡Pedro!
El cuerpo no responde, pero trata de moverse. El CAPITÁN vuelve a acercarse, y esta vez lo sostiene con fuerza y lo lleva hasta la silla. Pero el cuerpo de PEDRO se inclina hacia un costado. El CAPITÁN lo sostiene y vuelve a acomodarlo. Cuando comprueba que por fin tiene estabilidad, regresa a su sillón y de nuevo se mece. Debajo de la capucha empiezan a oírse ciertos sonidos, pero al principio no se distingue si se trata de risa o de llanto. El cuerpo se sacude. El CAPITÁN suspende su balanceo, y espera, tenso. Pero el ruido sigue, confuso, ambiguo. Entonces se pone de pie, va hacia PEDRO, y de un tirón le quita la capucha. Sólo entonces se hace evidente que PEDRO ríe. Con un rostro totalmente deformado y tumefacto, pero ríe.
CAPITÁN- ¿De qué te ríes, estúpido?
PEDRO- (como si el CAPITÁN no le hubiera hablado) Y en plena sesión de picana, sobrevino el apagón, ese mismo apagón que previó su maldito coronel. Y pobres, los mastodontes no sabían qué hacer, porque sin corriente no son nada. Y estaba aquella muchacha con la picana en la vagina, y cuando vino el apagón no sé cómo les pudo dar una patada. Y el bestia prendió un fósforo, pero la picana (ríe) no marcha a fósforos. (Ríe a carcajadas.) No marcha a fósforos. (A partir de este momento y durante casi toda la escena, PEDRO dará la impresión de alguien que delira, o quizá, de alguien que simula estar delirando. Es importante que se mantenga esta ambigüedad.) Quedaba la pileta, claro, con su agüita de mierda y sus soretes boyando, pero es difícil hacerlo a oscuras. La pileta no es eléctrica, claro, pero a veces le dan su correntina. Y no es confortable hacerlo en mitad de un apagón. A oscuras no puede saberse cuándo el tipo no da más. El doctor precisa buena iluminación para diagnosticar la proximidad del paro cardíaco. Así hubo que suspender la sesión.
CAPITÁN- Pedro.
PEDRO- Me llamo Rómulo.
CAPITÁN- No, te llamás Pedro.
PEDRO- A lo sumo Rómulo, alias Pedro.
CAPITÁN- No me confundas. Pedro, alias Rómulo.
PEDRO- Nada.
CAPITÁN- ¿Qué?
PEDRO- Nada, no tengo nombre ni alias. Nada.
CAPITÁN- Pedro.
PEDRO- Pedro Nada. Nada es mi apellido paterno. ¿No lo sabía, CAPITÁN? Se lo estoy revelando en este preciso instante. ¿No llama al taquígrafo? Es una declaración importante. ¿O tiene puesto el grabador? Pedro Nada. Y mi apellido materno es Más. O sea, completito: Pedro Nada Más. (Ríe dificultosamente.)
CAPITÁN- (espera que concluya la risa de PEDRO) ¿Qué te pasa?
PEDRO- Como pasarme, pasarme, nada importante. Estoy en la muerte, y chau. Pero a esta altura la muerte no me importa.
CAPITÁN- Estás vivo. Y podés estar más vivo aún.
PEDRO- Se equivoca, CAPITÁN. Estoy muerto. Estamos como quien dice en mi velorio.
CAPITÁN- No te hagas el delirante. Conmigo no va ese teatro.
PEDRO- No es teatro, CAPITÁN. Estoy muerto. No sabe qué tranquilidad me vino cuando supe que estaba muerto. Por eso ahora no me importa que me apliquen electricidad, o me sumerjan en la mierda, o me tengan de plantón, o me revienten los huevos. No me importa porque estoy muerto y eso da una gran serenidad, y hasta una gran alegría. ¿No ve que estoy contento?
CAPITÁN- Sos el primer muerto que habla como un loro.
PEDRO- Muy bien, CAPITÁN, excelente: se dio cuenta de la contradicción. Se está entrenando para la dialéctica, ¿eh? Estoy muerto y hablo como un loro. ¡Bravo, CAPITÁN! ¿Quién hubiera dicho que iba a llegar a tan brillante conclusión? ¡Bravísimo! Pido que conste en la grabación mi voluntad de aplaudir; no mis aplausos, claro, porque estoy amarrado. (Pausa.) Le debo una explicación. Quiero decir que estoy técnicamente muerto, pero todavía funciono como cuerpo, es decir, hago pichí, me hago caca. No diría que eructo, porque como me matan a hambre, no tengo prácticamente nada para eructar. Ahora bien, digo que estoy técnicamente muerto porque no me van a extraer ni un solo numerito de teléfono, ni siquiera el número de mi camisa, y, en consecuencia, me van a seguir dando y dando. Y este cuerpito frágil ya aguanta poco más, muy poco más. Como usted bien observó, CAPITÁN, no soy un atleta. Y como me van a seguir dando y dando, bueno, por eso estoy muerto, técnicamente muerto. ¿Entendió, CAPITÁN? No sabe qué tranquilidad me vino cuando me di cuenta. Todo cambió. Por ejemplo a usted le tenía odio, y se lo dije, y, en cambio, dado que estoy muerto, ahora le tengo lástima. Siento que por primera vez les saqué una ventaja considerable. casi diría inconmensurable.
CAPITÁN- No estés tan seguro. ¿Cómo sabés hasta dónde aguantarás? Eso sólo se sabe cuando llega el momento. Aguantaste hasta ahora. Pero ya te dije antes que no hemos llegado al máximo: que todos los días descubrimos algo nuevo.
PEDRO- Reconozco que ésa era la preocupación que tenía cuando estaba vivo: hasta dónde podría aguantar. Porque cuando uno está vivo, quiere seguir viviendo, y eso es siempre una tentación peligrosa. En cambio, la tentación se acaba cuando uno sabe que está muerto.CAPITÁN- ¿Y el dolor?
PEDRO- Es cierto: el dolor. Qué importante es el dolor cuando uno está vivo. Pero qué poquito significa cuando uno está muerto.
CAPITÁN- Vos no estás muerto, carajo. (Pausa.) Pero a lo mejor estás loco.
PEDRO- Le hago una concesión, CAPITÁN: loco, pero muerto.
CAPITÁN- O te pasás de vivo.
PEDRO- ¡Otra observación sagaz, CAPITÁN! Porque nadie se puede pasar de muerto.
CAPITÁN- (impaciente) ¡Pedro!
PEDRO- Pedro Nada Más.
CAPITÁN- ¡Me cago en tu nombre completo!
PEDRO- Le comunico que se ha cagado usted en un cadáver, y eso, en cualquier parte del mundo y bajo cualquier régimen, constituye una falta de respeto.
CAPITÁN- (tratando de llevar el diálogo a un cauce más normal) Tenés que hablar, Pedro. Te soy franco: te he tomado simpatía. No quiero que te revienten.
PEDRO- Ya me reventaron, CAPITÁN. Su rapto de bondad llegó tarde. ¡Cuánto lo lamento! Ya no tengo hígado, y es probable que no tenga huevos. Por las dudas, no me he fijado.
CAPITÁN- No quiero que te destruyan.
PEDRO- ¿Por qué habla en tercera persona plural?
CAPITÁN- No quiero que te destruyamos.
PEDRO- Así está mejor. ¿No le gustan las ruinas? Digamos Pompeya, Herculano, Machu Picchu, Pedro Nada Más, etcétera.
CAPITÁN- Callate, tarado.
PEDRO- Los que se callan son los vivos. ¿Se acuerda, CAPITÁN, cómo me callaba cuando estaba vivo? Pero los muertos podemos hablar. Con la poquita lengua, la apretada garganta, los cuatro dientes, los labios sangrantes, con ese poco que ustedes nos dejan, los muertos podemos hablar. (Pausa.) De su familia, por ejemplo.
CAPITÁN- ¿Otra vez? ¿Por qué no hablamos de la tuya?
PEDRO- O de la mía, ¿por qué no?
CAPITÁN- De tu mujer.
PEDRO- De mi viuda, dirá. En realidad, Aurora...
CAPITÁN- (tajante) Alias Beatriz.
PEDRO- queda en silencio. La cabeza le cae sobre el pecho.
CAPITÁN- (sonríe) ¿Cómo? ¿No estabas muerto? Parece que todavía tenés reflejos.
PEDRO- sigue inmóvil, siempre con la cabeza caída hacia adelante.
CAPITÁN- Aurora, alias Beatriz. ¿No te había dicho que todos los días ponemos cartas sobre la mesa?
PEDRO- va de poco a poco levantando cabeza, pero ahora su mirada está como perdida en algún punto lejano. Empieza a hablar en tono muy bajo, casi un susurro, y luego de a poco va subiendo la voz.
PEDRO- Cuando yo era chico, soñaba con el mar. Ahora que tengo doce años, prefiero verlo. Nicolás dice que no es mar. Nicolás...
CAPITÁN- (acotando) Alias Esteban...
PEDRO- ... dice que es río. Pero en los ríos se ve siempre la otra orilla y aquí no. Y además no son salados. Y éste es salado. Así que yo lo llamo mar. Lo llamo mar. Y cuando lo llamo, hundo los pies en la arena, y la arena se mete entre mis dedos. Me hace cosquillas.
CAPITÁN- (como contagiado por PEDRO, él también se transfigura. Uno y otro van hablando alternativamente, sin dialogar. En realidad, son dos monólogos cruzados) Yo tenía que darle una rosa. No sé por qué, pero tenía. Ella venía con su madre y su prima. Ella venía y yo la miraba, pero yo tenía que darle una rosa. Y una tarde la robé del jardín de la embajada, y el policía me corrió y dijo botija de mierda y me corrió, pero yo corrí más y me vino asma. Pero cuando llegué al parque, cuando llegué a la fuente, ya me había pasado el asma, aunque igual me saltaba el corazón, y entonces me acerqué y le di la rosa y ella primero me miró sorprendida, luego pestañeó y enseguida arrojó la rosa al agua de la fuente.
PEDRO- Yo quería ser vagabundo y a los trece me fui de casa. Y caminé toda la mañana y me sentía eufórico, libre, feliz. Y como tenía en el bolsillo un vuelto que era de mamá, al mediodía me compré dos especiales de jamón y queso, y una malta. Y a la tarde, debido al sol tan fuerte, me quedé dormido en un banco de la plaza, y sólo me desperté con la sirena de los bomberos. Pero ellos pasaron de largo y yo caminé y caminé, con perros siguiéndome y sin perros, y entonces me empezaron a doler las rodillas y se encendieron los faroles de la calle, y cuando estaba a punto de llorar me vio mamá desde la vereda de enfrente y gritó mijito y ahí terminó mi carrera de vago.
CAPITÁN- Andrés me seguía a todas partes porque me odiaba, y yo percibía ese odio tan intensamente que no podía menos que odiarlo yo también. Y un día no pude más y me di vuelta, y lo enfrenté, y entonces él también se dio vuelta y salió disparando. Y entonces yo empecé a seguirlo y nos odiábamos intensamente, pero él nunca se dio vuelta ni me enfrentó.
PEDRO- Venía todas las tardes a la biblioteca, y se sentaba a estudiar matemáticas. Yo estudiaba historia, pero en realidad no estudiaba nada porque me pasaba mirándola de reojo y tratando de investigar si ella también me miraba de reojo, pero nunca coincidíamos en las investigaciones, así que pasamos todo un trimestre mirándonos si mirábamos. Hasta que una tarde Aurora...
CAPITÁN- ... alias Beatriz...Aunque el CAPITÁN lo dijo mecánicamente, es como si así se rompiera un sortilegio.
PEDRO- Está bien, usted lo sabe todo, CAPITÁN, pero eso no va a impedir que yo esté muerto. Y también sé algo más. Por ejemplo, que ustedes saben que ella no sabe, pero imaginan que yo sé.
CAPITÁN- Igual podemos traerla.
PEDRO- Razón de más para estar muerto. Cuanto antes mejor. Los muertos no somos chantajeables.
CAPITÁN- (después de una pausa larga) ¿Por qué será que me caés bien a pesar de las sandeces que decís?
PEDRO- ¿Será que le gustan las sandeces?
CAPITÁN- No, no es eso. Lo que pasa es que usted... (Se interrumpe, sorprendido, da unos pasos en la habitación.) ¿Usted? ¿Y ahora por qué, así de repente, dejé de tutearlo? (Por primera vez PEDRO sonríe.) No, no se ría. Sentí de pronto que debía tratarlo de usted. Nunca me había pasado eso.
PEDRO- (siempre sonriendo) No te preocupes. En compensación, yo voy a tutearte.
CAPITÁN- (asiente con la cabeza) Está bien. Me parece justo.
PEDRO- (casi gozoso) ¿Arrancamos?
CAPITÁN- Claro.
PEDRO- Empezá vos
CAPITÁN- No, empiece usted.
PEDRO- ¿Ya te dije que estoy muerto? Ah, sí, te lo dije cuando aún no te tuteaba. Bien, pero antes de irme de este barrio, quisiera desentrañar algo que para mí es un misterio
CAPITÁN- Ah. Y yo ¿qué tengo que ver?
PEDRO- Tenés que ver, cómo no. Quiero desentrañar el misterio de cómo un hombre puede, si no es un loco, si no es una bestia, convertirse en un torturador. (Pausa.) Fijate que estoy muerto, o sea, que no lo voy a contar a nadie. Es para mí nomás.
CAPITÁN- (hablando lentamente) Yo no soy eso.
PEDRO- ¿Ah no?
CAPITÁN- Ya se lo expliqué.
PEDRO- Pero a mí no me importa tu explicación. Vos sabés que lo sos. (Pausa.) A ver, contame cómo sucedió eso. ¿Trauma infantil? ¿Convicción profunda? ¿Enajenación pasajera? ¿Preparación en Fort Gulick?
CAPITÁN- (encogiéndose de hombros) Bueno, soy anticomunista.
PEDRO- Sí, me lo imagino. Pero no alcanza como explicación. En el mundo hay millones de anticomunistas que no son torturadores. El Papa, por ejemplo.
CAPITÁN- No todos se realizan. (Ríe, como si lo dicho fuera broma.)
PEDRO- De acuerdo, no todos se realizan. Pero vos, ¿por qué te realizaste?
CAPITÁN- Es una historia larga y lenta. Ningún trauma infantil. No todo lo malo sucede en la vida debido a traumas de infancia. Más bien un pequeño cambio tras otro pequeño cambio. Ninguna convicción profunda. Más bien una pequeña tentación tras otra pequeña tentación. Económicas o ideológicas, poco importa. Y todo de a poquito. Es cierto que el último impulso me lo dieron en Fort Gulick. Allí me enseñaron con breves y soportables torturitas que sufrí en carne propia, dónde residen los puntos sensibles del cuerpo humano. Pero antes me enseñaron a torturar perros y gatos. Antes, antes, siempre hay un antes. Es algo paulatino. No crea que de pronto, como por arte de magia, uno se convierte de buen muchacho en monstruo insensible. Yo no soy un monstruo insensible, no lo soy todavía, pero, en cambio, ya no me acuerdo de cuándo era buen muchacho. (Pausa.) ¿Y por qué le cuento todas estas cosas? ¿Por qué hago de usted mi confidente?
PEDRO- Siempre es tarde cuando la dicha es mala.
CAPITÁN- Las primeras torturas son horribles, casi siempre vomitaba. Pero la madrugada en que uno deja de vomitar, ahí está perdido. Porque cuatro o cinco madrugadas después empieza a disfrutar. Usted no va a creerme...
PEDRO- Yo te creo todo, no te preocupes.
CAPITÁN- No, usted no va a creerme, pero una noche en que estábamos picaneando a una muchacha, no demasiado linda, picaneándola, ¿se da cuenta?
PEDRO- Claro que me doy cuenta. Y ella gritaba enloquecida y se agitaba y se agitaba... (Se detiene.)
PEDRO- ¿Y qué?
CAPITÁN- No va a creerme, pero de pronto me di cuenta de que yo tenía una erección. Nada menos que una erección, en esas circunstancias. ¿No le parece horrible?
PEDRO- Sí, me parece.
CAPITÁN- Y lo peor fue que al día siguiente, al acostarme con mi mujer, no podía... y empecé a ponerme nervioso... y no conseguía...
PEDRO- Pero al final lo lograste, ¿verdad?
CAPITÁN- Sí, ¿cómo lo sabe?
PEDRO- Siempre se logra.
CAPITÁN- Pero yo sólo lo conseguí cuando puse toda mi fuerza evocativa en la muchacha de la víspera, que no era demasiado linda. ¿No es espantoso? Sólo logré funcionar con mi mujer cuando me acordé de la muchacha que se retorcía porque la picaneábamos. ¿Cómo se llama eso? Debe tener una denominación científica.
PEDRO- El nombre es lo de menos.
CAPITÁN- Es por eso que no puedo volver atrás, es por eso que no puedo ceder. Es por eso que tengo que hacer que hable. Ya anduve demasiado trecho por este camino. ¿Comprende ahora? ¿Comprende por qué va a tener que hablar?
PEDRO- Comprendo que vos querés que yo comprenda.
CAPITÁN- Por eso tuve que tratarlo de usted. Porque si lo seguía tuteando, no iba a poder.
PEDRO- ¿Querés que te diga una cosa? De ninguna manera vas a poder, CAPITÁN. Ni tratándome de usted, ni de tú, ni de vos, ni de su señoría. ¿Ves? Ésa es la ventaja que tiene el no. Siempre es no, y nada más que no. ¿Oíste bien, CAPITÁN? ¡No! ¿Oyó, CAPITÁN? ¡No! ¿Habéis oído, CAPITÁN? ¡No!

Cuarta parte
El mismo escenario. Sobre el piso está PEDRO, o por lo menos el cuerpo de PEDRO, inmóvil, con capucha. Al cabo de un rato empiezan a oírse quejidos muy débiles. Entra el CAPITÁN, sin chaqueta y sin corbata, sudoroso y despeinado.
CAPITÁN- Ah, lo trajeron antes de tiempo. (Toca el cuerpo con un pie.)Pedro. (El cuerpo no da señales de vida.) Vamos, Pedro, tenemos que trabajar. (Va hacia el lavabo, moja la toalla, la exprime un poco, se acerca al cuerpo tendido, se inclina sobre él, le quita la capucha, y queda evidentemente impresionado ante el calamitoso estado del rostro de PEDRO. Se sobrepone, sin embargo, y empieza a limpiarle las heridas de la cara con la toalla un poco húmeda. Lentamente, PEDRO empieza a moverse.) Pedro.
PEDRO- ¿Ah? (Abre un ojo, pero parece no reconocer al CAPITÁN.)
CAPITÁN- ¿Qué pasa? ¿Se siente mejor?
PEDRO- ¿Ah?
CAPITÁN- Pedro, ¿me reconoce?
PEDRO- (balbuceando) Desgracia... damente... sí.
El CAPITÁN ayuda a PEDRO a instalarse en la silla, pero el preso no puede sostenerse. Esta vez sí lo han destruido. El CAPITÁN se quita su cinturón y con él sujeta a PEDRO al respaldo de la silla, a fin de que no se derrumbe. De a poco PEDRO se va reanimando, pero visiblemente está acabado. De todos modos, siempre habrá una contradicción entre la relativa vitalidad que aún muestra su rostro y el derrengado aspecto de su físico.
PEDRO- ¿Así que el CAPITÁN?
CAPITÁN- Claro. ¡Cómo le dieron esta vez! ¡Lo reventaron, Pedro, qué barbaridad!
PEDRO- Menos mal... que... ya estaba muerto.
CAPITÁN- ¿No le parece que ha llegado el momento de aflojar? Ya se portó como un héroe. ¿Quién va a ser tan inhumano para reprocharle que ahora hable?
PEDRO (no contesta. Luego de un silencio) CAPITÁN, CAPITÁN.
CAPITÁN- ¿Qué?
PEDRO- ¿Vos nunca hablás a solas?
CAPITÁN- Puede ser. Alguna vez.
PEDRO- Yo sí hablo a solas.
CAPITÁN- ¿Y eso qué?
PEDRO- Hablo a solas porque hace tres meses que estoy incomunicado.
CAPITÁN- ¿Cómo? Habla conmigo.
PEDRO- Esto no es hablar.
CAPITÁN- ¿Y qué es?
PEDRO- Mierda, eso es. (Pausa.) Hablo a solas porque tengo miedo de olvidarme de cómo se habla.
CAPITÁN- Pero habla conmigo.
PEDRO- No me refiero a hablar con el enemigo. Me refiero a hablar con un compañero, con un hermano.
CAPITÁN- Ah.
PEDRO- CAPITÁN, CAPITÁN.
CAPITÁN- ¿Qué pasa ahora?
PEDRO- ¿No sentís que a veces flotás en el aire?
CAPITÁN- Francamente, no.
PEDRO- Claro, no estás muerto.
CAPITÁN- Y usted tampoco, aunque esté haciendo notables méritos para estarlo.
PEDRO- Pues yo a veces floto. Y es lindo flotar. Entonces voy hasta la costa.
CAPITÁN- No va nada. Ni a la costa ni a ninguna parte. Está enterrado aquí.
PEDRO- Eso es. Eso es. Enterrado, claro, porque estoy muerto. Pero cuando floto, voy a la costa. Es claro que no voy todos los días. Hay veces que no tengo ganas de ir. Ayer tuve ganas, y fui. Hace años, cuando iba a la costa, no flotando, sino caminando, siempre veía parejitas de enamorados, pero ahora ya no están. Ahora están peleando contra ustedes. Ahora están presos, o escondidos, o en el exilio. (Pausa larga.) ¿Cómo se llama tu esposa, CAPITÁN?
CAPITÁN (entre dientes) ¿Qué le importa?
PEDRO- ¿Ves? Te di la oportunidad de que me lo dijeras buenamente. Pero yo sé que se llama Inés.
CAPITÁN- (sorprendido) ¿Y eso de dónde lo sacó?
PEDRO- Ya te dije que yo sé más de vos que vos de mí. Inés. Pero no te preocupes. También sé que no tiene alias. Salvo que vos la llamás Beba. Pero no es un nombre clandestino. Qué suerte, ¿verdad? Hoy en día no es bueno tener nombre clandestino.
CAPITÁN- ¿A dónde quiere llegar?
PEDRO- A mi muerte, CAPITÁN, a mi muerte.
CAPITÁN- ¿Qué gana con no hablar? ¿Que lo revienten?
PEDRO- O que me dejen de reventar.
CAPITÁN- No se haga ilusiones. No lo van a dejar.
PEDRO- Si me muero, me dejan. Y me muero.
CAPITÁN- Pero es largo morirse así.
PEDRO- No tanto, si uno ayuda, si uno colabora.
CAPITÁN- (de pronto ilusionado) ¿Está dispuesto a colaborar?
PEDRO- (pronunciando lentamente) Estoy dispuesto a ayudar a morirme. (Pausa.) También estoy dispuesto ayudar a que Inés te quiera.
CAPITÁN- No se preocupe de eso. Ella me quiere.
PEDRO- Sí, hasta hoy. Porque no sabe exactamente en qué consiste tu trabajo.
CAPITÁN- Quizá se lo imagine.
PEDRO- No. No se lo imagina. Si lo imaginara, ya te habría dejado. Ella no es mala.
CAPITÁN- (como un autómata) No es mala.
PEDRO- Y también quiero ayudarte a que tus hijos (el casalito) no te odien.
CAPITÁN- Mis hijos no me odian.
PEDRO- Todavía no, claro. Pero ya te odiarán. ¿Acaso no van a la escuela?
CAPITÁN- Sólo el varón.
PEDRO- Pero la niña irá más adelante. Y los compañeritos y compañeritas informarán a uno y a otra sobre quién sos. En la primera gresca que se arme, ya lo sabrán. Es lógico. Y a partir de esa revelación, empezarán a odiarte. Y nunca te perdonarán. Nunca los recuperarás. Nunca sabrás si... (No puede seguir hablando. Se desmaya.)
Al comienzo el CAPITÁN no se le acerca. Lo mira sin mirarlo, ensimismado. Luego se va hacia el lavabo, llena un vaso con agua, se enfrenta a PEDRO y le arroja el agua a la cara. De a poco PEDRO recupera el sentido.
CAPITÁN- No se haga ilusiones. No se murió todavía. Seguimos aquí, frente a frente.
PEDRO- (recuperándose) Ah, sí, hablando de Inés y el casalito.
CAPITÁN- ¡Basta de eso!
PEDRO- CAPITÁN, ¿por qué no me matás?
CAPITÁN- ¡Usted está loco! No, quiere enloquecerme!
PEDRO- ¿Por qué no me matás, CAPITÁN? Será en defensa propia, te lo prometo. Además, quise huir. La ley de la fuga, ¿te acordás? Coraje, CAPITÁN, tenés la oportunidad de hacer la buena acción de cada día.
CAPITÁN- Qué locuaz estás hoy.
PEDRO- Me desquito un poco después de tanta mudez Además, vos sos el interlocutor ideal.
CAPITÁN- ¿YO?
PEDRO- Sí, porque tenés mala conciencia. Es muy estimulante saber que el enemigo tiene mala conciencia. Porque todo eso que dijiste de que vos no naciste verdugo, todo eso es cuento chino. Vos trabajaste de "malo" y bastante tiempo, en un pasado no tan lejano. Te conocemos, CAPITÁN. O sea, que tienen que hacer más espesas las capuchas. Siempre hay alguien que ve a alguien. Y yo, por ejemplo, no me limito a conocer el nombre de tu mujer. También sé el tuyo. Y hasta tu alias.
CAPITÁN- Está loco. ¡Yo no tengo alias!
PEDRO- Sí que tenés. Sólo que tu alias no es un nombre, sino un grado. Tu alias es el grado de CAPITÁN. Y vos sos coronel. Sos coronel, CAPITÁN. Así que una de dos: o nos tratamos de Rómulo a CAPITÁN, o nos tratamos de Coronel a Pedro. ¿Qué te parece, CAPITÁN? ¿Eh, Coronel?
CAPITÁN- (que acusa el golpe) ¿Sabe una cosa? Usted es más cruel que yo.
PEDRO- ¿Por qué? ¿Porque te aplico el mismo tratamiento? No es para tanto. Además, vos tenés todavía el poder, la picana, la pileta con mierda, el plantón. Yo no tengo nada. Salvo mi negativa.
CAPITÁN- ¿Le parece poco?
PEDRO- No, no me parece poco. Pero con mi negativa...
CAPITÁN- ...fanática...
PEDRO- Eso es, con mi negativa fanática, desaparezco, te dejo el campo libre. Mejor dicho, el camposanto libre.
El CAPITÁN está como vencido. También PEDRO está terriblemente fatigado. Por fin el CAPITÁN levanta la mirada. Habla como transfigurado.
CAPITÁN- No, Pedro, usted no es cruel. Le pido excusas. Y ya que no es cruel, va a comprender. Usted dice que quiere que yo salve el amor de mi mujer y de mis hijos...
Sin atender a lo que dice el CAPITÁN, PEDRO Comienza a hablar, y lo hace sin mayor conciencia del contorno.
PEDRO- ¿De veras nunca hablaste a solas, CAPITÁN? Ahora estoy aquí, contigo. Pero igual voy a hablar a solas. De paso aprendés cómo se habla en tales condiciones. Tomá nota, CAPITÁN. Éste es un ensayo de cómo se habla a solas. (Pausa.) Mirá, Aurora...
CAPITÁN- ... alias Beatriz...
PEDRO- (como si no escuchara la acotación del CAPITÁN) Mirá, Aurora, estoy jodido. Y sé que vos, estés donde estés, también estás jodida. Pero yo estoy muerto y vos, en cambio, estás viva. Aguanto todo, todo, todo menos una cosa: no tener tu mano. Es lo que más extraño: tu mano suave, larga, tus dedos finos y sensibles. Creo que es lo único que todavía me vincula a la vida. Si antes de irme del todo, me concedieran una sola merced, pediría eso: tener tu mano durante tres, cinco, ocho minutos. Lo pasamos bien, Aurora...
CAPITÁN- (con la garganta apretada)...alias Beatriz...
PEDRO- ... vos y yo. Vos y yo sabemos lo que significa confiar en el otro. Por eso habría querido tener tu mano: porque sería la única forma de decirte que confío en vos, sería la única forma de saber que confiás en mí. Y también de demorarme un rato en confianzas pasadas. ¿Te acordás de aquella noche de marzo, hace cuatro años, en la playita cercana a lo de tus viejos? ¿Te acordás que nos quedamos como dos horas, tendidos en la arena, sin hablar, mirando la vía láctea, como quien mira un techo interior? Recuerdo que de pronto empecé a mover mi mano sobre la arena hacia vos, sin mirarte, y de pronto me encontré con que tu mano venía hacia mí. Y a mitad de camino se encontraron. Fijate que éste es el recuerdo que rememoro más. También tu cuerpo, tu piel, también tu boca. ¿Cómo no recordar todo eso? Pero aquella noche en la playa es la imagen que rememoro más. Aurora...
CAPITÁN- (sollozando)...alias Beatriz...
PEDRO- ... a Andrés decíselo de a poco. No lo hieras brutalmente con la noticia. Eso marca cualquier infancia. Explicáselo de a poco y desde el principio. Sólo cuando estés segura de que entendió un capítulo, sólo entonces empezale a contar el otro. Tal como hacés cuando le contás cuentos. Paulatinamente, sin herirlo, hacele comprender que esto no fue un estallido emocional, ni una corazonada, ni una bronca repentina, sino una decisión madurada, un proceso. Explicáselo bien, con las palabras tiernas y exactas que constituyen tu mejor estilo. Decile que no tiene por qué aceptarlo todo, pero que tiene la obligación de comprenderlo. Sé que dejarlo ahora sin padre es como una agresión que cometo contra él, o por lo menos así puede llegar a sentirlo, no sé si hoy, pero acaso algún día o en algún insomnio. Confío en tu notable poder de persuasión para que lo convenzas de que con mi muerte no lo agredo, sino que, a mi modo, trato de salvarlo. Pude haber salvado mi vida si delataba, y no delaté, pero si delataba entonces sí que iba a destruirlo. Hoy a lo mejor se habría puesto contento de que papi volviera a casa, pero nueve o diez años después se estaría dando la cabeza contra las paredes. Decile, cuando pueda entenderlo, que lo quiero enormemente, y que mi único mensaje es que no traicione. ¿Se lo vas a decir? Pero, eso sí, ensayalo antes varias veces, así no llorás cuando se lo digas. Si llorás, pierde fuerza lo que decís. ¿Estás de acuerdo, verdad? Alguna vez vos y yo hablamos de estas cosas, cuando la victoria parecía verosímil y cercana. Ahora sigue pareciendo verosímil, pero se ha alejado. Yo no la veré y es una lástima. Pero vos y Andrés sí la verán y es una suerte. Ahora dame la mano. Chau, Aurora...
CAPITÁN (llorando, histérico) ¡Alias Beatriz!
Se hace un largo silencio. ¡PEDRO, después del esfuerzo, ha quedado anonadado. Tal vez ha perdido nuevamente el sentido. Su cuerpo se inclina hacia un costado; no cae, sólo porque el cinturón lo sujeta a la silla. El CAPITÁN, por su parte, también está deshecho, pero su deterioro tiene, por supuesto, otro signo y eso debe notarse. Tiene la cabeza entre las manos y por un rato se le oye gemir. Luego, de a poco se va recomponiendo, y aunque PEDRO está aparentemente inconsciente, comienza a hablarle.
CAPITÁN- Pedro, usted está muerto y yo también. De distintas muertes, claro. La mía es una muerte por trampa, por emboscada. Caí en la emboscada y ya no hay posible retroceso. Estoy entrampado. Si yo le dijera que no puedo abandonar esto, usted me diría que es natural porque sería abandonar el confort, los dos autos, etcétera. Y no es así. Todo eso lo dejaría sin remordimientos. Si no lo dejo es porque tengo miedo. Pueden hacer conmigo lo mismo que hacen, que hacemos con usted. Y usted seguramente me diría: "Bueno, ya ves, puede aguantarse." Usted sí puede aguantarlo, porque tiene en qué creer, tiene a qué asirse. Yo no. Pero dentro de mi imposibilidad de rescatarme, me queda una solución intermedia. Ya sé que Inés y los chicos pueden un día llegar a odiarme, si se enteran con lujo de detalles de lo que hice y de lo que hago. Pero si todo esto lo hago, además, sin conseguir nada, como ha sido en su caso hasta ahora, no tengo justificación posible. Si usted muere sin nombrar un solo dato, para mí es la derrota total, la vergüenza total. Si en cambio dice algo, habrá también algo que me justifique. Ya mi crueldad no será gratuita, puesto que cumple su objetivo. Es sólo eso lo que le pido, lo que le suplico. Ya no cuatro nombres y apellidos, sino tan sólo uno. Y puede elegir: Gabriel o Rosario o Magdalena o Fermín. Uno solito, el que menos represente para usted; aquel al que usted le tenga menos afecto; incluso el que sea menos importante. No sé si me entiende: aquí no le estoy pidiendo una información para salvar al régimen, sino un dato para salvarme yo, o mejor dicho para salvar un poco de mí. Le estoy pidiendo la mediocre justificación de la eficacia, para no quedar ante Inés y los chicos como un sádico inútil, sino por lo menos como un sabueso eficaz, como un profesional redituable. De lo contrario, lo pierdo todo. (El CAPITÁN da unos pasos hacia PEDRO y cae de rodillas ante él.) Pedro, nos queda poco tiempo, muy poco tiempo. A usted y a mí. Pero usted se va y yo me quedo. Pedro, éste es un ruego de un hombre deshecho. Usted no es inhumano. Usted es un hombre sensible. Usted es capaz de querer a la gente, de sufrir por la gente, de morir por la gente. Pedro, se lo ruego: diga un nombre y un apellido, nada más que un nombre y un apellido. A esto se ha reducido toda mi exigencia. Igual el triunfo será suyo.
PEDRO se mueve un poco. Trata de enderezarse, pero no puede. Hace otro esfuerzo y al fin se yergue. El CAPITÁN apela a un recurso desesperado.
CAPITÁN- Se lo pido a Rómulo. Se lo ruego a Rómulo. ¡Me arrodillo ante Rómulo! Rómulo, ¿va a decirme un nombre y un apellido? ¿Va a decirme solamente eso?
PEDRO- (a duras penas) No..., CAPITÁN.
CAPITÁN- Entonces se lo pido a Pedro, se lo ruego a Pedro. ¡Me arrodillo ante Pedro! Apelo no al nombre clandestino, sino al hombre. De rodillas se lo suplico al verdadero Pedro.
PEDRO (abre bien los ojos, casi agonizante) ¡No..., coronel!
Las luces iluminan el rostro de PEDRO. El CAPITÁN, de rodillas, queda en la sombra.

martes, 14 de octubre de 2008

CONFLICTO, CONSENSO Y CAMBIO SOCIAL

CONFLICTO Y CAMBIO SOCIAL. FACTORES Y TIPOS

1. Sociología del consenso versus sociología del conflicto

1.1 Conflicto y consenso

En la historia de la filosofía ha habido un largo debate entre la concepción funcionalista que pone de relieve la importancia del consenso, y la concepción contraria que concede mayor importancia al conflicto y a la coerción.

La opinión de que la sociedad humana posee un orden gracias al consenso es muy antigua y está muy arraigada. Podemos encontrarla ya en Platón; fue expresada también en la idea de la «voluntad general» de Rousseau y del «imperativo moral» de Kant. Entre los primeros sociólogos el principal exponente de esta opinión es Durkheim, quien percibió claramente que los sentimientos comunes eran los que hacían que los hombres viviesen en sociedad. Más recientemente, Parsons elaboró una teoría analítica que sugería que un sistema social, considerado como un sistema de roles, existía únicamente en la medida en que había un acuerdo sobre las formas de comportamiento que se esperaban de cada rol. Según esto, se otorga gran importancia a los elementos normativos de la acción social: es decir, a la conformidad con las reglas, los valores y las expectativas de los demás; y dicha importancia se relaciona a su vez con el criterio funcionalista de que cada sistema de acción contribuye positivamente al mantenimiento del sistema social en su conjunto.

Los sociólogos que asumen esta postura tienden a considerar el conflicto como una fuerza negativa. No niegan su existencia, pero lo consideran una alteración del funcionamiento normal del sistema social. Es decir, es anormal y, por regla general, también transitoria, ya que en un sistema social existen fuerzas inamovibles que tienden a restaurar el equilibrio, a devolver al sistema a un estado de equilibrio y estabilidad.

La otra gran tradición sociológica es la que considera el conflicto, no como algo anormal y transitorio, sino como permanente e incluso necesario. Su origen es también muy antiguo, pudiéndose remontar quizás a Aristóteles y, sin duda, a Hobbes, Hegel y Marx; y entre sus más recientes exponentes está el sociólogo alemán Dahrendorf. Según este criterio, la existencia de la escasez es suficiente por sí misma para garantizar la presencia de conflictos, ya que las personas pertenecientes a cualquier grupo tratan, por todos los medios, de incrementar su parte de los recursos escasos, a expensas de los demás si es necesario. Si entre dichos recursos escasos incluimos el mando, el poder y el prestigio, entonces las ocasiones para que surjan conflictos se incrementan. Por ejemplo, el poder se denomina un concepto de «suma - cero»; si A tiene poder sobre B, C y D, entonces puede pensarse que A tiene una cantidad positiva de poder, mientras que B, C y D poseen cantidades negativas, ya que lejos de detentar el poder, son sus objetos. Por tanto, la suma del poder de todos los miembros es cero. En toda sociedad que para sobrevivir se base en el esfuerzo cooperativo, se precisa una jefatura, alguien que dirija su funcionamiento; y esto lleva a que las personas se dividan entre las que tienen poder y aquellas cuyo poder es negativo, lo cual supone la aparición de conflictos entre ambos.
Los conflictos pueden asumir múltiples formas. El término es muy amplio e incluye la discusión, el regateo, la rivalidad y la lucha institucionalmente controlada al mismo nivel que la violencia directa. No obstante, por debajo de las formas menores de resolver las disputas subyace la posibilidad de la agresión en forma de violencia física; es decir, la coerción. Por consiguiente, los sociólogos que mantienen este punto de vista, ven en la coerción, más que en el consenso, la raíz última del orden social.

Además, el conflicto se encuentra estrechamente ligado al cambio. Si la sociedad representa un equilibrio de fuerzas, este equilibrio puede cambiar. Cuando dos personas o dos grupos están enfrentados, una solución posible consiste en que uno gane y el otro pierda; y entonces el vencedor procede a hacer su voluntad, a ejercitar su albedrío a pesar de las objeciones del otro, y a transformar el estado de cosas en beneficio propio. Sin embargo, otra posible solución al conflicto consiste en que ambas partes puedan salir mejor libradas. En tercer lugar, un conflicto puede solucionarse con perjuicio para ambas partes.

Queda una cuarta posibilidad: que el conflicto desemboque en un punto muerto o paralización; es decir, que no se produzca ningún cambio. En este caso se suele hablar de tensión más que de conflicto.

Dahrendorf expone los dos criterios de la siguiente manera:
Concepción estructural - funcionalista del consenso o de la integración
Concepción de la coerción
1) Toda sociedad es una estructura de elementos, estable y relativamente persistente
1) Toda sociedad está sujeta a procesos de cambio en cualquier nivel; el cambio social es omnipresente
2) Toda sociedad es un sistema de elementos bien integrado
2) Toda sociedad muestra disensión y conflicto en cualquier nivel; el conflicto social es omnipresente
3) Todo elemento tiene una función en la sociedad; por ejemplo, contribuir a su mantenimiento como sistema
3) Todo elemento de una sociedad contribuye a su desintegración y cambio
4) Todo sistema social en funcionamiento se basa en el consenso, por parte de sus miembros, respecto a determinados valores.
4) Toda sociedad se basa en la coerción ejercida por algunos de sus miembros sobre otros

¿Para qué sirve el conflicto? ¿Qué representa para los individuos, para los grupos y para las sociedades? ¿Cuales son sus funciones positivas o integradoras?. Según Coser, el conflicto delimita los grupos y clarifica sus fronteras: es decir, especifica el lugar en que se encuentra cada uno. Unifica los grupos proporcionando a sus miembros un interés común en la supervivencia y victoria del grupo. El conflicto proporciona a los grupos coherencia, organización y dirección. Además, obliga a cada facción antagónica a interesarse por la coherencia, la organización y la dirección del contrario, ya que resulta mucho más fácil negociar con un grupo que cuenta con un líder en el cual se pueda confiar para mantener el grupo en orden y respetar cualquier acuerdo que se logre. Por otro lado, el conflicto «evita la osificación del sistema social al ejercer presiones a favor de la innovación y la creatividad».

Coser puntualiza que en cualquier sistema social los conflictos son menos destructivos cuando son muy numerosos y cuando no coinciden sus líneas de desintegración u oposición; es decir, cuando existen múltiples conflictos transversales. En este tipo de sociedad, A y B pueden entrar en conflicto en una cuestión determinada, pero A tendrá mucho cuidado de no perjudicar a B más de lo necesario, ya que A y B son aliados en un segundo conflicto contra C.

1.2 Comte y el origen de la sociología
Comte es el fundador de la Sociología moderna, aunque haya autores anteriores a él. Fue el primero en acuñar el término Sociología en el “Curso de Filosofía positiva”. Lo que le llevó a crear la Sociología fue un altruismo, una preocupación por las necesidades sociales. La solución para superar los problemas de su época era abordar una política científica positiva.

En los Cuadernos de Filosofía Social intenta hacer un estudio descriptivo y una interpretación de la situación por la que atraviesa la sociedad de su época. Llega a la conclusión de que la actual situación se significa porque está acabando la actual sociedad teológico - militar, que se asienta sobre un pensamiento religioso y que va acompañada predominantemente de la actividad guerrera. Esta sociedad está siendo sustituida por la sociedad científico - industrial, en donde predomina el pensamiento de los sabios y científicos que son los que dirigen la nueva sociedad. La actividad reinante es la actividad industrial. A medida que el espíritu humano alcanza el estado positivo, la lucha del hombre contra el hombre es sustituida por la lucha del hombre contra la naturaleza, en ese intento de extraer los recursos naturales en función de las necesidades humanas.

Toda reforma social ha de ir precedida de una reforma en el orden del pensamiento.

La reforma de la ciencia significa que hay que elaborar un sistema de las ciencias positivas, sistema que empieza con la lógica y las matemáticas y termina con la sociología.

En las otras dos fases desarrolla las intuiciones planteadas en su primera fase.
La sociología se divide en dos grandes apartados: estática y dinámica social.
Dinámica social: presenta las leyes que regulan el devenir y el cambio social. La dinámica social viene planteada por la ley de los tres estados. El estado está constituido por un conjunto de ideas que determinan un régimen intelectual. Este conjunto de ideas son las instancias últimas a las que los individuos acuden cuando se enfrentan con los problemas de la existencia social. Esas ideas vienen a representar la conciencia social. Los tres estados por los que ha pasado el espíritu humano son: estado teológico, metafísico y positivo.

En el estado teológico el hombre intenta conocer la naturaleza de las cosas determinando sus causas últimas. Es el régimen de los dioses; predomina la imaginación.

Tras este primer periodo aparece la etapa de transición, representada por el estado metafísico. El espíritu humano intenta conocer la naturaleza de las cosas, pero no recurriendo a los dioses, sino a entidades abstractas inscritas en el propio ser de las cosas. Esas entidades abstractas quedan englobadas en el concepto metafísico de naturaleza.

El régimen positivo de la conciencia se da cuando la conciencia humana llega a su madurez, conoce sus propias limitaciones, se contenta con un saber más limitado que el saber absoluto, pero más riguroso, este saber se contenta con analizar los hechos, establecer relaciones entre ellos, el método es el régimen científico.

A cada régimen intelectual – a cada estado de la conciencia – le corresponde un tipo de sociedad; al estado teológico le corresponde la sociedad militar, al estado metafísico la sociedad legalista y al estado positivo, la sociedad industrial.
En esta concepción de la historia humana se recoge un marcado optimismo antropológico.

El pensamiento teológico y el militarismo son esencialmente autoritarios, de ahí que ambos sistemas se den juntos. Los medios de subsistencia de esta sociedad son muy rudimentarios, la unidad de producción y consumo es la familia.

Esta sociedad se resquebraja cuando aparece el estado metafísico de la conciencia y, con él, la sociedad legalista, en esta sociedad comienza a darse una separación entre el poder sagrado y el poder civil; se refuerza el segundo a consta del primero. Es una etapa de transición que sirve para superar los prejuicios de la tradición religiosa y preparar el camino al estado positivo. Al hablar del estado metafísico de la conciencia, se refiere a la filosofía racionalista de su época. La sociedad legalista significa el fin de la sociedad teocrática, la creación de los modernos estados europeos y el inicio de la vida parlamentaria.

El estado positivo se desarrolla en la sociedad industrial, su aplicación práctica es la tecnología. El fenómeno del industrialismo significa la superación de las tradiciones artesanales y una organización científica de la producción; como consecuencia de esto aumentan notablemente la producción y los recursos; aparecen las grandes masas trabajadoras; comienzan a configurarse tensiones conceptuales entre contratados y contratantes; como consecuencia de la superproducción y por consiguiente, la saturación de los mercados, aparecen bolsas de pobreza en el seno de la abundancia; el sistema económico se caracteriza por el libre mercado y la búsqueda del máximo beneficio.
Para Comte, las características más importantes del industrialismo son las tres primeras. Los conflictos son consecuencia de una mala organización de la sociedad.
En toda sociedad es necesario un grupo planificador, un grupo dirigente, pero además piensa que los industriales son los que deben controlar el estado.
Defiende la propiedad privada, pero esta propiedad ha de cumplir una función social.
Para la buena marcha de la sociedad no sólo es necesario aplicar el liberalismo económico, sino que es necesaria una total transformación moral. En la sociedad hay dos tipos de jerarquía: espiritual y temporal. La temporal hace referencia a una escala de poder social y económico. La espiritual hace referencia a valores generales: altruismo, etc. Lo importante es que el hombre intente alcanzar la cumbre en la jerarquía espiritual y no en la temporal.
Estática social: La sociedad es parecida a un organismo y al igual que a un órgano no se le puede comprender si no es ubicándolo en su contexto vital habitual, la estática social es el estudio anatómico de los elementos que componen la estructura social y que cooperan al consenso.
El consenso es aquello gracias a lo cual una pluralidad de individuos vienen a constituir una colectividad, aquello que hace que un conjunto de instituciones sociales vengan a componer una unidad social.
Cuando Comte habla de la estructura social se refiere a la organización social. Estructura social es disposición ordenada de las instituciones sociales. Cada órgano social contribuye al consenso social; este consenso se consigue mediante las ideas comunes que son el contenido de una conciencia colectiva. Una sociedad es más estable a medida que sus ideas comunes tengan una mayor fuerza de cohesión.
La primera parte de la Estática social supone una introducción a la sociología de la religión, del lenguaje, de la política, etc.
El intento sociológico de Comte estuvo condicionado por un idealismo moderado y un conservadurismo ideológico. Ello le llevó a resaltar más el tema del consenso, de la armonía general, complementariedad funcional de los órganos sociales y le llevó a minusvalorar el tema del conflicto social. Habló todo lo más de un cambio evolutivo moderado, por ese moralismo abstracto propio del pensamiento burgués. Toda su sociología está abocada a un optimismo antropológico - filosófico fruto del racionalismo ilustrado decimonónico. Previó la importancia de la tecnocracia. Postula un revolucionismo simple.

1.3 El evolucionismo de Spencer
Profundiza en temas sociológicos, aunque aproxima la sociología a la biología. El contexto social de Spencer es la gran revisión de la ciencia biológica a mediados del XIX que llevó a que se desarrollasen las teorías evolucionistas, no como teoría científica, sino como ideología progresista social. Fue instrumento ideológico de la clase burguesa.
Spencer intentará acercar la sociología a la biología.
Las tesis de Hoeblicker de que el huevo o cigoto es una célula a partir de la cual y por un proceso de diferenciación se configuran los elementos de los órganos vivientes y la tesis de la homogeneidad originaria de los elementos que componen la estructura orgánica de los seres vivos llamaron la atención de Spencer y le sirvieron para aproximar más la sociología a la biología. Por esta época – hacia 1843 – leyó la teoría evolucionista de Lamarck.
En 1857 publicó su ensayo El progreso, su ley y su causaen el que dice que la teoría evolucionista es la única que puede aportar una explicación aceptable al principio de la vida.
La base en que asienta su teoría organicista de la sociedad es en la teoría de la evolución. El evolucionismo se da tanto en el mundo orgánico como en el superorgánico o social.
Spencer cree que sin la analogía orgánica no hay sociedad. La evolución se caracteriza en primer lugar porque cada vez aparecen unidades vivientes de mayor volumen. Esto aparece en sociedad desde los pequeños grupos a las grandes ciudades. Este aumento de volumen va acompañado de una complejificación estructural: aparecen órganos más complejos y especializados. Evolución en ambos mundos significa complejificación estructural, tanto en el nivel orgánico como en el inorgánico. Junto a ello Spencer reconoce que hay diferencias entre el nivel social y el nivel orgánico. El primero presenta mayor plasticidad y movilidad, mayor capacidad de adaptación y mayor creatividad. La conciencia social se reparte a través de las conciencias de los individuos. En el mundo orgánico las partes están en función del todo, mientras que en el social el todo está en función de las partes.
Tanto la unidad social como la orgánica son realidades sistemáticas.
Un sistema es una totalidad compuesta de partes que son semidependientes y semiautónomas.
Sistema social
Estructura social: integración por diferenciación
Función social: la actividad de los diversos órganos sociales que procura satisfacer diversas necesidades y ayuda al mantenimiento de la estructura social
1.4 El funcionalismo absoluto de Malinowski
La corriente funcionalista destaca el tema de la cohesión, del orden social, cuando habla de cambio,, habla de cambio evolutivo, consensuado, pautado. Al funcionalismo se le ha denominado sociología del consensus, aunque también hable del cambio social.
Malinowski es uno de los fundadores del funcionalismo, su investigación se basa en fuentes de primera mano, fuentes directas; es el iniciador del método de encuesta antropológico sobre el terreno. Criticó a los sociólogos funcionalistas anteriores el que trabajasen con material de segunda mano.
A partir de este método, Malinowski concluyó que toda sociedad detenta una cultura original, cultura que aparece como un todo y que hay que explicar y comprender en su propia unidad sistemática. Cada rasgo cultura cobra sentido por el lugar que ocupa en el sistema cultural. Un postulado fundamental de su funcionalismo es la unidad de la cultura humana.
Malinowski presenta un tipo de sociedad fuertemente integrada, coherente; esta coherencia se refleja en los postulados de su funcionalismo:
Postulado de la unidad funcional de la sociedad: todo elemento cultural es funcional para la sociedad, coadyuva a su mantenimiento
Funcionalismo universal: todo elemento cultural cumple una función
Necesariedad: cada elemento cultural ocupa un lugar específico y es indispensable para ese sistema socio-cultural.
Se ha criticado a este modelo el que solo es operativo para ciertas sociedades primitivas, pero no resulta operativo de cara al análisis de la sociedad contemporánea. Esta poca operatividad obligó a una revisión del método funcionalista absoluto para hacerlo operativo de cara a la sociedad contemporánea, es decir, para hacerlo operativo de cara a estudiar el conflicto. Merton es uno de los funcionalistas más importantes que se dedicaron a revisar este método.
1.5 Marx y la sociología del conflicto
No hay ningún texto donde Marx haga una exposición sistemática de su concepción materialista de la historia, sino que esta concepción se encuentra desparramada a lo largo de toda su obra. La categoría fundamental de Marx es la praxis. A partir de la praxis Marx interpreta la historia como un proceso social de autoproducción mediante el trabajo. Esta concepción es una concepción dialéctica, ya que hay momentos históricos que entran en contradicción las fuerzas sociales de producción con el estado de desarrollo de las fuerzas productivas.
1.5.1 Evaluación de la categoría de “praxis”
En el griego antiguo, praxis significaba la acción propiamente dicha, era una acción que tenía su sentido en sí misma, no tenía como consecuencia la creación de un producto externo al sujeto agente. Por praxis se entendía aquella acción que no era artesanal, productiva.
Para la acción productiva, el griego utiliza el término “póyesis”.
En el marxismo cuando se habla de la praxis se hace referencia a la praxis productiva o a la praxis política, es decir, se hace referencia a aquella acción cuyo resultado es algo exterior al individuo.
El sujeto ordinario, la conciencia ordinaria, no hace una reflexión que tenga como objeto la praxis en sí misma, la conciencia del hombre de la calle es una conciencia teórica con respecto a la praxis.
Para la época de la Grecia Antigua, la actividad material productiva no era una actividad típicamente humana, era la actividad típica del esclavo. En Platón, la vida contemplativa alcanza su punto álgido. El trabajo esclaviza al hombre encadenándolo en el mundo sensible siendo un obstáculo para que el hombre alcance el máximo bien.
Para Aristóteles, la actividad teórica es la actividad típicamente humana, sin necesidad de aplicarla prácticamente a la realidad.
En el mundo clásico no hay una vertebración armónica entre teoría y praxis debido a una concepción excesivamente racionalista del hombre y debido también, a un cierta minusvaloración del mundo sensible.
En la Edad Media las dos actividades relevantes sociológicamente eran la contemplación (actividad religiosa) y el cultivo de las armas.
Sin embargo, el pensamiento hebreo es un pensamiento estrictamente material donde, incluso, se valora positivamente la praxis como actividad productiva, aunque luego, en el mito del pecado original, se presenta el trabajo como algo doloroso.
Esto, sin embargo, no tuvo una proyección sociológica notable debido a la influencia del Neoplatonismo sobre los padres de la Iglesia.
Tampoco, en este periodo, hay una vertebración entre teoría y praxis.
En el Renacimiento, comienza a considerarse al hombre no solo como un animal teórico, sino que también se le concibe como un sujeto activo y transformador del mundo, de tal forma que el conocimiento especulativo deja de ser una actividad válida en sí misma; el conocimiento puede, y debe, servir para la actividad práctica.
Sin embargo, a nivel macrosocial, sigue habiendo una preeminencia de la teoría sobre la praxis.
En los siglos XVI y XVII se acentúa la idea del valor de la transformación de la Naturaleza pero, lo que especialmente se ensalza es la utilidad del producto, y no se valora el hecho mismo de la actividad transformadora, de tal forma que se olvida al protagonista de la praxis (al ser humano).
Esta misma valoración pragmática de la praxis es la que también aparece en los grandes economistas del XVIII. La economía es una ciencia de la riqueza y para la riqueza.
La dimensión humana de la praxis no se descubre hasta Marx. Marx, en su concepción de la praxis está influenciado por Hegel.
En la obra de Hegel, hay una reflexión acerca de la praxis. En suFragmento de sistema, Hegel describe a la praxis como “la destrucción utilitaria del objeto”; esta misma definición aparece en Sistema de la moralidad; aquí añade que a través de la praxis se da una unión entre el sujeto y la naturaleza del objeto, sobre todo a través de la herramienta utilizada. En los Cursos de Filosofía de la realidad, Hegel concibe la historia del hombre como el proceso de autoproducción del hombre por el trabajo. Concibe Hegel el trabajo como la satisfacción mediata de la necesidad. También afirma que no se trabaja ya para un uso inmediato del producto, sino que satisfacción inmediata se sustituye por una satisfacción ideal o posible, con ello afirma el carácter universal y abstracto del trabajo en la sociedad moderna. Se trabaja no para satisfacer las necesidades individuales, sino las necesidades sociales. En la Fenomenología del Espíritu Hegel resalta la importancia de la praxis en la formación humana del hombre. “El trabajo implica la transformación humana de la naturaleza, de tal manera que lo subjetivo se objetiva en el objeto”. El producto ya no es una realidad en sí y pasa a ser una realidad para sí, es decir, el productor se reconoce en el producto de su actividad creadora, descubriendo en el producto su propia naturaleza. De esta manera el trabajador toma autoconciencia de sí, el trabajador toma conciencia de su libertad.
Sin embargo, según Marx, esta valoración de la praxis está ubicada en una filosofía idealista, de tal forma que la liberación que postula Hegel se mueve en un plano idealista, porque la praxis acaba disolviéndose en una actividad espiritual.
Por otro lado, la filosofía hegeliana está encaminada a justificar lo dado, es una filosofía conservadora que no valora el drama humano del trabajo alienado.
Para superar esta concepción abstracta de la praxis es necesario: 1) descubrir un sujeto humano de la praxis (Feuerbach); 2) darle un contenido material histórico (Marx).
Feuerbach contrapone la teoría y la praxis y la religión. La teoría es asunto de la razón; la teoría es “la contemplación objetiva de la realidad y en la medida en que es objetiva vertebra una relación armónica entre el sujeto y la naturaleza. El comportamiento teórico implica la destrucción de la ilusión religiosa; sin embargo, el hombre no puede dejar de satisfacer las necesidades egoístas del corazón, estas necesidades se satisfacen mediante la religión.
Feuerbach contrapone teoría y religión, teoría y praxis. El comportamiento práctico (religioso) origina una visión deformada de la realidad. Para Feuerbach, la perspectiva práctica es la perspectiva religiosa. Cuando el hombre acuda al conocimiento objetivo, desinteresado, se podrá superar la antinomia razón - corazón, el mundo del sentimiento estará orientado hacia su objeto natural, que es el hombre.
La insuficiencia de este planteamiento consiste en que Feuerbach se centra, al hablar de la praxis, en la praxis religiosa; es un sistema que peca de formalismo, abstraccionismo y ahistoricismo.
Según Marx, hasta él no ha habido una vinculación entre teoría y praxis; sin embargo, a través de la auténtica praxis la filosofía se hace real, práctica a la vez que la propia realidad se hace teorética.
Para que la relación armónica entre teoría y praxis se haga realidad hace falta una actividad transformadora que implica: 1) una crítica radical, 2) un sujeto encargado de realizar esa crítica (este sujeto será mediador entre la teoría y la realidad).
La crítica radical es la que tiene como objeto al hombre real y sus necesidades reales. Esta crítica se inicia con Feuerbach, con el cual el hombre comienza a tener conciencia de sí mismo. Sin embargo, la crítica feuerbachiana es una crítica radical teórica de la que es necesario pasar a la crítica radical práctica que se identifica con la praxis revolucionaria. La realización de esa praxis revolucionaria está condicionada a la existencia de un sujeto real que medie entre filosofía y realidad. Este sujeto es el proletariado. Este proletariado implica la negación de su propia condición de clase y la afirmación del hombre universal.
En esta su etapa de juventud Marx considera al proletariado como la clase aplastada, humillada que está destinada a emanciparse. Es decir, es una concepción todavía un tanto teórica, casi feuerbachiana.
La misión histórica del proletariado se fundamenta en una dialéctica de lo inhumano; el proletariado es una mera abstracción en el proceso productivo. Pero, en la medida en que sus cadenas son absolutas, también su liberación ha de ser absoluta.
Marx concibe la historia, en su primera etapa, como un proceso racional que tiene una meta concreta – la realización del hombre total – a través de los conflictos sociales, y cada paso en la historia es un momento que tiene que alumbrar el reino de la libertad. En esto hay clara influencia hegeliana.
Cuando Marx profundice en el estudio de la economía ya no fundamentará el destino del proletariado en que es la negación de lo humano, sino en el lugar que ocupa el proletariado en un modo de producción determinado en un sistema de producción contradictorio.
Para determinar las necesidades del proletariado en la sociedad de su época, Marx ha de profundizar en la situación económica. Cuando comienza a profundizar en el mundo de la infraestructura económica se encuentra con la praxis entendida como actividad material productiva. El proletariado aparece como el protagonista de unas relaciones laborales y socioeconómicas además de como un sujeto revolucionario.
1.5.2 Proletariado como sujeto de la actividad material
La Naturaleza (el objeto) no existe para el hombre (el sujeto) al margen de su actividad práctico - material porque la Naturaleza se presenta al hombre en el contexto de su actividad transformadora. Considerar la Naturaleza al margen del hombre es considerarla de un modo abstracto.
Fuera de esta relación productiva la Naturaleza es nada para el hombre ya que ésta existe para él como producto de su actividad transformadora o como producto de su actividad productiva.
La concepción de la Naturaleza al margen del hombre es un tema que a Marx no le interesa y es estudiado por Engels en el materialismo dialéctico.
Para Marx, la naturaleza que el hombre conoce es la naturaleza humanizada o en vías de humanización. Marx afirma que el hombre va creando en un proceso histórico - social. Mediante su trabajo el hombre se objetiva en la naturaleza, proyecta su esencia subjetiva en el objeto creando un producto humanizado que sirve para satisfacer esas necesidades de tal manera que el hombre se objetiva en la Naturaleza y la Naturaleza se subjetiviza en la medida en que el hombre la integra en su realidad humana a través de su manipulación y su consumo. El muno transforma al hombre, y el hombre se transforma transformando al mundo. El hombre produce sus propios modos de subsistencia a través del trabajo.
La praxis como producción material presenta dos momentos: la herramienta y las relaciones sociales. A medida que la actividad material se desarrolla se hace necesaria una división del trabajo, lo cual implica el desarrollo de unas relaciones sociales de producción.
La existencia humana aparece como un conjunto enorme de fuerzas productivas que implica la configuración de unas relaciones sociales de producción. La historia es el proceso social de autoproducción del hombre por el trabajo.
En la producción, el hombre no sólo actúa sobre la naturaleza, sino que también actúan unos sobre otros. Fuerzas de producción y relaciones sociales son dos aspectos de una misma realidad, ya que el hombre como ser productivo y como ser social son una misma cosa.
A partir de esta visión antropológica, Marx empieza a prefigurar su concepción dialéctica de la historia. A cada sistema de fuerzas productivas le corresponden objetivamente unas relaciones sociales de producción determinadas. El sistema de fuerzas productivas viene determinado por el conjunto de trabajadores y por el nivel de control sobre la naturaleza.
Las relaciones sociales de producción vienen determinados por las formas de propiedad.
Las relaciones sociales evolucionan y llega un momento en que, debido a esto, deben cambiar las relaciones sociales de producción. Si las relaciones sociales de producción vigentes resisten al cambio, llegará el momento en que se alumbrará una contradicción objetiva entre el estado de desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales. Esta contradicción sólo puede ser resuelta a través de la praxis revolucionaria.
El motor de la historia es el desarrollo de la producción y el trabajo, y la trama de la historia es la lucha de clases. Las propias contradicciones existentes en el seno del modo de producción es lo que implica el avance de la historia. El paso de un modo de producción a otro exige la mediación de una praxis revolucionaria.
Las diferentes clases de organización social existentes a lo lago de la historia han sido: sociedad tribal, esclavista, feudal, capitalista y comunista, con la mediación de la etapa socialista.
Para Marx, la superestructura es la conciencia que tienen los hombres con respecto a su ser y a su comportamiento; también hace referencia a las instituciones sociales que son producto de la actividad social y que son realidades instrumentales que sirven para legitimar el orden social establecido.
Las doctrinas sociales expresan la realidad objetiva social, pero a través del prisma reformador de los intereses de clase. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia.
El Estado aparece como un elemento de la superestructura; es la institución que detenta el poder legítimo y que está al servicio de los intereses de la clase dominante. Para Marx la infraestructura (es decir, la estructura económica) determina la superestructura.
La tesis fundamental de Marx es que no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. Según esto, el Estado aparece como elemento de la superestructura ideológica. El Estado aparece como una institución que representa el poder legítimo, la coacción legítima.
La intuición mas importante de Marx es recordar que todo pensamiento humano es un pensamiento en situación; hay que ubicarlo en un contexto histórico y social.
En la teoría marxista de la infraestructura - superestructura, estos dos conceptos son conceptos teóricos de la misma realidad, inseparables. La infraestructura implica la superestructura. Se puede hablar de interacción dialéctica entre infraestructura y superestructura.
Para Marx, el dinamismo sociológico del modo de producción capitalista alumbra una profunda contradicción objetiva: mientras que el trabajo se socializa cada vez mas, la propiedad sobre los medios de producción se privatiza cada vez mas, lo cual trae como consecuencia que poco a poco el capital se irá concentrando cada vez en menos manos y, por tanto, la masa de trabajadores se irá ampliando, lo que a su vez provocará un decrecimiento de los salarios. Esta situación poco a poco se irá volviendo insufrible para el trabajador y desembocará en una revolución del proletariado, tras la cual se formará la dictadura del proletariado, como paso previo a la fundación de la sociedad comunista.
2. Análisis del conflicto social
2.1 La base biológica del conflicto social
Durante largo tiempo, la sociología estuvo muy influida por el darwinismo social. Durante el medio siglo anterior a la Primera Guerra Mundial los sociólogos estuvieron cautivados por el carácter aparentemente científico de nociones tales como las de «selección natural», la «supervivencia de los más fuertes» y la «lucha por la vida» que extrajeron de los trabajos de Spencer y Darwin. Se olvidaban, con ello, del hecho de que el conflicto en la sociedad humana es intra-específico y que las otras especies animales son inmunes a nuestro tipo de conflicto: su selección, supervivencia y lucha se refiere exclusivamente a su medio ambiente, y su agresividad no va nunca dirigida contra su propia especie, excepto en forma de lizos normalmente no mortales entre individuos dirigidas a establecer jerarquías internas. Las especies animales no se destruyen a sí mismas en batallas, ni subyugan a sus semejantes para explotarlos. A pesar de esta objeción los esfuerzos de los darwinistas sociales no fueron del todo vanos puesto que reunieron y ordenaron gran cantidad de información acerca del conflicto social.
Freud y su escuela mantuvieron viva la noción de la existencia de un elemento agresivo y destructivo en el hombre que sólo la cultura y un proceso de socialización adecuado pueden controlar y sublimar en forma de expresión creadora y pacífica. Los biólogos y zoólogos modernos han comenzado a explorar la agresión entre los animales y a aplicar la experiencia en este terreno a la conducta humana. Así, Konrad Lorenz mostró cómo la guerra intraespecífica en los animales sólo ocurre cuando se introducen experimentalmente presiones ambientales muy agudas, en especial el exceso de población. Según él, el agobio producido por un exceso de densidad demográfica produce un desequilibrio ecológico y psíquico que hace que el «espíritu de lucha» que posee toda especie sea redirigido por el hombre contra sus propios congéneres. En una primera fase el hombre eliminó todas las demás especies que le amenazaban o las explotó en su provecho. Esto fue lo que le permitió extenderse sobre toda la faz de la tierra. Y al multiplicarse sin cesar el territorio adecuado comenzó a hacerse difícil de encontrar. Fue entonces cuando empezó la lucha entre bandas armadas y tribus. La población excesiva agota los alimentos, impone formas opresivas en la distribución de la riqueza, inclina a unas gentes a vivir parasíticamente de otras, e impone niveles de densidad demográfica o espacial que son psicológicamente dañinos, al tiempo que aumenta las tendencias agresivas de muchos individuos.
Sin embargo, aunque la población excesiva es un problema grave y que puede llegar a ser desastrosa para el futuro de la humanidad, no es una variable que explique toda la agresión humana. Hay zonas muy poco pobladas que presentan índices de criminalidad más altos que las de gran densidad; hay tribus, castas y pueblos guerreros cuyo modo de vida tiene causas económicas, políticas e ideológicas distintas de las demográficas o espaciales.
2.2 Tipología del conflicto
2.2.1 El poder y el conflicto social
Gran parte de la sociología política gira en torno a este tema. Cubre la expresión política de los conflictos, así como las luchas abiertas por el poder. En este contexto, quienes afirman que «la estratificación trata del poder» han tendido a transferir el énfasis tradicional marxista sobre la clase como expresión de relaciones económicas desiguales al terreno del sistema de poder predominante, de modo que tanto clase como economía aparecen como subproductos de la distribución del poder y la autoridad en una sociedad dada.
Sin embargo, parece que los datos empíricos obligan a establecer una interpretación menos unilateral: el conflicto ocurre a menudo para establecer el control o el dominio sobre bienes y servicios sin que el afán por el ejercicio directo del poder sobre otras personas entre en juego por parte de todos los contendientes. El hecho de que una parte de la población esté siempre movida por un claro deseo de poder no abona la generalización de la lucha por el poder para la sociedad en su totalidad. Así pues, suponer que «la estructura del poder y la subordinación en las sociedades humanas es la razón última de la presencia de la protesta y la resistencia... del antagonismo y la alteración del orden... es una cuestión que va más allá de la prueba empírica»
2.2.2 El conflicto social y el conflicto de clases
La opinión de «la historia de toda sociedad es la historia de la lucha de clases», expresada por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, refleja el supuesto básico de quienes creen que la única clave que explica el conflicto social es el antagonismo entre los grandes estratos en que está dividida la sociedad, según criterios de poder económico o político. Esta posición es muy extrema, y parece más sensato suponer que el conflicto de clases es uno de los tipos del conflicto social en general, si bien se trata de uno de los más importantes.
En general, los estudiosos del conflicto de clases han aceptado la explicación marxista tradicional como la más acertada, por lo menos para las primeras fases de la industrialización de los países capitalistas occidentales, pero han subrayado sus limitaciones en lo que se refiere a la nueva situación creada por el auge del «estado benefactor», el neocapitalismo y la expansión de nuevas formas de gestión y propiedad de bienes que han dado lugar a la aparición de nuevas estructuras ocupacionales y formas de reclutamiento de personal para los nuevos roles de la sociedad moderna.
Varios de los marxistas clásicos fueron los primeros en percatarse de esto y abrir la vía a nuevos planteamientos. Así, por ejemplo, para Lenin, el relativo bienestar de las clases trabajadoras inglesas dependía directamente de la miseria de los pueblos dependientes de la corona británica, que constituían un mercado cautivo de la metrópoli. Más tarde la desaparición del imperialismo clásico sobre el que se basa esta interpretación ha dado lugar a que surjan nuevas doctrinas, que siguen esta línea. Destaca la de los teóricos de la revolución en el «tercer mundo». Por ejemplo, Franz Fanon sostuvo que el neocolonialismo y el neoimperialismo se basan en la existencia de unas «naciones proletarias» que se alzan no ya contra una clase social, sino contra todo un sistema de explotación entre los países. En varios sentidos, estos argumentos son muy vulnerables a un análisis serio. En primer lugar, existe un elemento de verdad en la afirmación de que la guerra internacional y la expansión imperialista es un subproducto de los conflictos de clases internos: las clases dominantes han encontrado, desde siempre, que era sumamente conveniente para ellas canalizar las energías desencadenas por el conflicto interno hacia afuera, mediante expediciones militares, la apertura de nuevos mercados y la creación de situaciones de tensión ideológica colectiva que exigía a todo ciudadano dirigir su agresividad contra un enemigo externo, real o imaginario. En segundo lugar, los teóricos socialistas han sabido subrayar fenómenos que han sido ignorados u oscurecidos por muchos de los sociólogos del pasado, que insistían en presentar el conflicto social de clases como si solamente se tratara de una mera fricción entre diversos rangos sociales, sin mayores consecuencias.
Dentro del marxismo destaca la aportación de Gyorgy Lukács, quien reinterpretó la noción de proletariado en términos más radicales y revolucionarios que los admitidos por la ortodoxia comunista soviética. Lukács esclareció la interpretación sociológica de la dirección de la historia contemporánea: según él, es el proletariado con su conciencia de clase (y no el partido) el primer y principal transformador de la sociedad moderna y de su sistema de valores.
Como Lukács ha mostrado, las clases y su conflicto deben entenderse en su totalidad; las tensiones y luchas entre individuos de distinto rango social y entre grupos aislados ciertamente existen, pero su sentido solamente puede captarse si se comprende el todo de que son parte, es decir, la estructura social general que las engendra.
Otra contribución importante es la de Gramsci, quien analizó los elementos internos de las clases dominantes, y demostró la importancia de los intelectuales y de la intelligentsia en general tanto en la tarea de legitimar y mantener el sistema prevalente de desigualdad social como en la de derrocarlo.
2.2.3 La guerra
Según Abén Jaldún, existen cuatro géneros distintos de conflagración armada. La primera es la tribal, que abraza también las luchas entre clanes y familias. La segunda es la de quienes viven de la expoliación y el robo. La tercera es la «guerra santa» o religiosa. Finalmente, la cuarta es la dinástica, de rebelión o sucesión.
Es decir, según Abén Jaldún, existen: a) guerras entre naciones, clanes y tribus, que compiten por un territorio marcado, riqueza o soberanía; éstas pueden ser inspiradas por ciertos grupos dirigentes o influyentes minoritarios; b) guerras promovidas por profesionales, es decir, como un modo de vida; éste es el caso de los mercenarios, los piratas, los saqueadores de oficio; c) las guerras ideológicas y religiosas, y d) las guerras civiles, en las que se ventila la cuestión de la legitimidad del poder o del sistema de poder. Naturalmente, los cuatro tipos aparecen combinados a menudo en cada caso concreto de conflicto armado.
La guerra puede definirse como aquel tipo de conflicto social que tiene lugar a través de la organización de una colectividad con objeto de conseguir la subyugación o destrucción física total o parcial de los miembros de otro u otras colectividades, con derramamiento de sangre. La guerra es, pues, una lucha mortal y organizada.
Según Margaret Mead, la guerra no es una necesidad biológica, sino una «invención cultural». Así, las variedades de la guerra primitiva son tales que no existe una forma única, común a todos los hombres. Encontramos batallas ceremoniales o rituales, luchas de exterminio, expediciones de pillaje, vendettas familiares o clánicas, pero en todos estos casos aparecen reglamentos estrictos de conducta y de ley tribal o intertribal.
Los factores ambientales pueden haber dado origen a la guerra en un pasado muy remoto, pero ya no pueden explicar la situación presente. Así, encontramos sociedades que educan a sus hijos en la ferocidad y el combate, como única ética aceptable. Otras educan a sus mozos en las virtudes opuestas. La violencia y la guerra no quedan abandonadas al capricho: las hostilidades deben conducirse según normas apropiadas de tiempo, lugar y manera. También el carácter del enemigo cae dentro de estas normas culturales.
Según Quincy Wright, la guerra depende de cuatro factores: a) la tecnología, y en especial la tecnología militar; b) la ley; c) la estructura social, en especial la de las unidades políticas que la dominan en tribus, naciones, imperios, y d) la red de actitudes y opiniones presentes. El conflicto armado puede ser desencadenado en cualquiera de estos niveles en cuanto se destruye el equilibrio social general. La paz es, en última instancia, el mantenimiento dinámico de un sistema general de equilibrio entre las diversas fuerzas sociales, a través de esfuerzos constantes para mantenerla.
2.2.4 La revolución
La revolución es una forma de guerra – específicamente, de guerra civil – cuyos resultados difieren con mucho de los de otros modos de conflicto social. Puede definirse como aquel proceso social de cambio intenso y rápido, que entraña una insurrección armada inicial y que produce mudanzas substanciales en la estructura y la cultura de la sociedad que la presencia. De cuantos disturbios sociales existen, solamente aquellos que provocan cambios drásticos en las relaciones de poder, jerarquía, ideología predominante y otros rasgos de semejante alcance pueden recibir el nombre estricto de revoluciones.
Las revoluciones son fenómenos totales que no dejan ninguna zona de la sociedad fuera de su alcance. La mudanza social viene acompañada de transformaciones en los valores, las leyes, la religión, el poder y la técnica, si bien la nueva sociedad no difiere de un modo absoluto de aquella que la vio nacer. Marx, por ejemplo, sentenció que las épocas anteriores a las revoluciones llevaban siempre en su seno la semilla revolucionaria y la lógica irremisible de su propia destrucción futura.
Además de ser fenómenos totales, las revoluciones son características de su propia época histórica. Así, la revolución que tuvo lugar en Egipto en tiempos de Amenhotep IV y que destruyó el poder de la vieja aristocracia fue distinta de la revolución democrática ateniense, plasmada en la legislación de Solón, que abrió las puertas del poder a las clases medias y creó unas condiciones sin precedentes para el progreso del pensamiento secular y racional.
Las revoluciones modernas tienen lugar cuando concurren un número específico de circunstancias. Si solamente se produce una o varias de ellas diremos que la situación es, a lo sumo, cuasi revolucionaria, lo cual puede llegar a acarrear un grado notable de disturbios y alteraciones, pero no un cambio revolucionario. para que ocurra una revolución es menester que estén presentes todos los siguientes factores:
2.2.4.1 Antagonismo intenso de clases
La concepción popular de la situación revolucionaria siempre ha entrañado un choque entre ricos y pobres, o poseedores y desposeídos. Esto es una verdad elemental, pero las cosas no son tan sencillas. Ha habido un gran número de revueltas dirigidas contra una clase privilegiada que no han producido cambios revolucionarios, porque las iras de los alzados iban contra el hambre, los impuestos o la presión política: lo que se intentaba era la restauración de la justicia. Normalmente, en estos casos, la revuelta es efímera y va seguida de una fase de pacificación violenta que mantiene el orden anterior.
Lo que importa para que la revolución sea posible es la existencia de un antagonismo, sobre todo su paso de un estado de latencia a un estado de explicitud entre unas capas de la población cuya aceptación consensual de la autoridad de los poderosos es un impedimento casi insuperable. Así, si la mayoría no pone en entredicho la legitimidad de la autoridad de las clases dominantes el proceso revolucionario es imposible.
El antagonismo de clase exige el desarrollo de una conciencia de clase, así como una pérdida de referencia hacia la autoridad tradicional.
2.2.4.2 La frustración de las expectativas económicas crecientes
Tanto Marx como Tocqueville insistieron en que no es la mera pobreza lo que desencadena la revolución, sino la percepción de la desigualdad como algo injusto e insoportable. De aquí se sigue que las revoluciones pueden estallar bajo condiciones de «prosperidad» sin precedentes históricos para la sociedad en cuestión e incluso para sus clases bajas. Como dicen Marx y Engels:
Un alza notable de los salarios presupone un crecimiento rápido del capital productivo. El crecimiento rápido del capital productivo produce un crecimiento igualmente rápido de riqueza, lujo, necesidades sociales y comodidades. Así, aunque las comodidades de los trabajadores hayan subido, la satisfacción que dan ha caído en comparación con el estado de desarrollo de la sociedad en general. Nuestros deseos y placeres provienen de la sociedad; los medimos, por lo tanto, por la sociedad y no por los objetos mismos que los satisfacen. Y como son de naturaleza social, son relativos (K. Marx y F. Engels: Trabajo asalariado y capital, Alianza, Madrid)
Para Davies, es posible dar una explicación del cambio revolucionario que se base en la relación que existe entre las expectativas económicas crecientes de una sección importante de la población y las fluctuaciones económicas. «Las revoluciones ocurrirán cuando un período prolongado objetivo de desarrollo económico y social vaya seguido de un breve período de aguda regresión»
2.2.4.3 La frustración de las expectativas crecientes de poder y status
El cambio social que precede al estallido de la revolución entraña el desarrollo de nuevos estratos de gentes dotadas de movilidad ascendente que no pueden hallar un lugar en la sociedad adecuado, según ellos, para su cualificación. La rigidez del mundo social en que viven los ahoga, de modo que en un momento determinado comienzan a retar al sistema mismo.
En todo período revolucionario entran en juego discontinuidades y desórdenes de status y poder.
Los estratos que notan con mayor intensidad la frustración creada por el sistema social son aquellos que más cerca están de la clase a batir. El descontento proletario puede ser un factor importante en la pauta general de la revolución, pero en algunas fases decisivas sectores de la pequeña burguesía y los intelectuales se convierten en la punta de lanza revolucionaria. Los revolucionarios más exigentes son aquellos para quienes las recompensas de status y poder están más cerca, y no obstante no son alcanzables
2.2.4.4 La incapacidad de las clases dominantes
Las clases dominantes deben ser capaces en tres sentidos distintos tanto para sobrevivir a la amenaza revolucionaria como para neutralizarla. En primer lugar, deben abrir sus filas al reclutamiento de personas de otro origen. Segundo, deben saber adaptarse a las innovaciones técnicas y económicas. En tercer lugar, es también esencial que las clases dominantes muestren una vigorosa capacidad de creación política frente a las condiciones cuasi revolucionarias. La revolución es poco probable si hay un gobierno eficiente con una política bien definida. Como Lenin añadió, es requisito de toda revolución que el ejército deje de ser leal a las clases dominantes.
2.2.4.5 La hostilidad de la comunidad intelectual
Una gran sección de los grupos que se pasan al enemigo está formado por los intelectuales o sus adláteres. Los intelectuales tienden a percibir más penosamente su privación de status, y se sienten doblemente aislados e inútiles bajo el régimen tiránico cuya destrucción desean. Muévense en un mundo de doctrinas, ideas y planes a veces utópicos que están en gran demanda en épocas de efervescencia revolucionaria. Al mismo tiempo, los intelectuales son muy útiles en la tarea de llenar los huecos técnicos dejados por los grupos salientes y en ayudar a otros revolucionarios mucho menos competentes en ciertos terrenos.
2.2.5 Conflicto generacional
Cuando el cambio social es intento, los conflictos entre adultos y jóvenes se acentúan. En virtud del proceso de socialización, cada niño es integrado socialmente según las normas, valores y actitudes de sus mayores y, por ende, de su clase, ámbito social y subcultura. Mas si durante su juventud el hombre se va encontrando con un mundo que no responde a las líneas de conducta que le han sido inculcadas, puede caer en un estado de confusión mental anómica, pudiendo llegar desde la rebelión puramente irracional y antiautoritaria contra los adultos hasta la aceptación de todas las contradicciones que la crisis le presenta, mediante su sumisión y adaptación táctica y casuística a cada coyuntura; podrá también alcanzar una crítica racional y coherente con la situación.
Cuando la desviación colectiva de los jóvenes no es comprendida ni aceptada por los adultos y cuando sus agravios y motivaciones son ignorados por las diversas élites sociales, aparece el conflicto social intergeneracional.
Hay cuatro grandes tipos de rebelión de los jóvenes contra sus mayores:
I. La rebelión política identificada con las fuerzas de izquierda o liberales (a menudo clandestinas) predominantes en un país. En este caso los jóvenes suelen identificar la reparación de sus agravios o reivindicaciones con un sistema de legitimidad política deseada también por otros grupos políticos de su país.
II. La rebelión política utópica. Acompaña ésta a menudo a la anterior, aunque preconiza una transformación inmediata del mundo mediante la destrucción antiautoritaria de los «instrumentos de opresión»
III. La rebelión fascista. La desviación social de los jóvenes impuesta por las crisis puede canalizarse en ciertos casos en organizaciones de juventud paramilitares. En ciertas sociedades pluralistas de clase hay jóvenes que resuelven sus conflictos psicosociales según ideales de obediencia ciega e identificaciones con la extrema derecha.
IV. La pseudorrebelión de la marginalización. Trátase de una retirada de un mundo que es considerado no sólo hostil, sino incapaz de garantizar la salvación moral mediante la acción colectiva contra sus instituciones injustas. El elemento utópico y comunitario es muy importante en los grupos de esta tendencia, aunque lo más señalado es su creación de una subcultura y estilo distintos.
Sin embargo, no todas las rebeliones generacionales se reducen a estos cuatro tipos. Las rebeliones generacionales contra el «mundo de los adultos» están ancladas en la estratificación ocupacional y su dinámica y oportunidades, así como en las estructuras de dominación de clase, amen de su conexión con los problemas educativos y profesionales del mundo moderno. Tienen además relación con los conflictos internacionales y con la formalización de una cultura sin fronteras.
3. Los efectos del conflicto social
La destrucción y las pérdidas para el vencido y las recompensas y ganancias para el vencedor no son más que los efectos superficialmente obvios de la contienda.
Fue Simmel quien abrió el camino a un entendimiento más apropiado de los efectos del conflicto sobre las partes contendientes. En vez de concentrar su atención sobre los efectos disfuncionales del conflicto, observó que éste también producía efectos de otro género. El conflicto es una de las fuerzas integrativas más potentes con que un grupo pueda contar: aumenta la solidaridad interna; ayuda al mantenimiento de la disciplina; bajo su presión se toman decisiones drásticas que no hubieran sido aceptables en condiciones normales.
Lewis Coser ha intentado elaborar toda una teoría general de las funciones integrativas del conflicto social. Su enfoque ha consistido en querer interpretar el conflicto desde un punto de vista neutral, como fenómeno cuyos efectos pueden ser considerados como positivos para la estructura de ciertos grupos, clases o instituciones, aparte de los juicios morales que podamos emitir sobre tal proceso.
Gluckman ha alcanzado conclusiones similares a las de Coses en su estudio sobre el conflicto social y la costumbre en el seno de colectividades tribales en Africa: éstas han mostrado que «los hombres se querellan de acuerdo con sus lealtades consuetudinarias, pero se restriñen y cohiben ante la violencia a causa de otras lealtades opuestas, también consuetudinarias. El resultado es que los conflictos producidos por un conjunto de relaciones... conducen al establecimiento de la cohesión social»
4. Conformidad, desviación y anomia
Salvo casos efímeros de caos pasajero, la sociedad posee una estructura sistémica o cerrada. Decimos que la sociedad es un sistema porque sus miembros se ciñen suficientemente a las pautas de conducta de sus instituciones. Una de las bases del acatamiento explícito o tácito de las normas sociales es la conformidad social. La conformidad es simplemente conducta que obedece o encaja en la norma social.
Estrechamente ligado con la conformidad está el consenso. El consenso existe cuando los miembros de los grupos se encuentran en un estado de acuerdo afirmativo en materia normativa o cognitiva, relevante para su interacción mutua, respecto a las personas y roles centrales al sistema y respecto a personas, roles y colectividades externas al sistema. El consenso entraña también un estado de solidaridad formado por un sentido de identidad común surgido por ligámenes afectivos de características primordiales, o por una participación en lo sagrado y en la comunidad civil, o en una cultura común. El consenso es algo más profundo que la conformidad, pues cuando existe pone a personas e instituciones en contacto armonioso con los centros del sistema social general.
Pero el consenso completo es imposible, pues la sociedad está siempre en tensión entre esta fuerza cohesiva y las fuerzas centrífugas que resultan de sus propios procesos internos de diferenciación y de su adaptación deficiente al medio ambiente. Los individuos y los grupos que pierden sus ligámenes consensuales con el sistema prevalente pasan a la acción disconforme, se desvían de las normas abiertamente reconocidas como válidas por la comunidad. Estamos entonces ante la desviación o conducta desviada. La desviación es cualquier tipo de conducta que no encaja en las normas de un sistema social determinado. La desviación es una conducta que se aparta de lo que un grupo normalmente espera de la conducta de un subgrupo o individuo.
La desviación social se comprende y mide mejor dentro del marco de la anomia. El sentido literal de la palabra griega anomia es el de «ausencia de ley» o norma. En sociología anomia denota, en primer lugar, una situación en la que existe un conflicto de normas, de manera que los individuos no pueden orientar con precisión su conducta. Es decir, que se encuentran en una situación en la que hipotéticamente no hay normas porque no las hay precisas. Conflicto de normas significa, pues, vacío normativopara quienes se encuentran en medio de él.
Tanto Durkheim como Merton han subrayado el hecho de que la anomia surge de la discrepancia que existe entre las necesidades del hombre y los medios que le ofrece una sociedad concreta para satisfacerlas. Según Merton, la crisis anómica surge en el conflicto entre «fines culturales y normas institucionales». Un ejemplo claro de esto lo ofrece la sociedad norteamericana. Según los valores del sistema cultural americano los individuos son socializados en su juventud para que se esfuercen por conseguir el éxito. Pero la estructura social no permite a la mayoría que lo consiga. La mayoría, irremisiblemente, fracasa, y por lo tanto se considera a sí misma como fracasada. Además, parcialmente a causa de la ideología individualista, el inconformismo con la propia situación social no se traduce en acción de clase, sino en una lucha individualista por el éxito.
Las consecuencias de todo esto pueden quedar reducidas a neurosis y psicosis individuales. Pero también pueden llegar al llamado por Durkheim suicidio anómico; y puede crear un tipo especial de delincuencia, una conducta desviada que quiere alcanzar los mismos objetivos por otros caminos.
La discrepancia entre fines culturales y medios normales o socialmente aceptados de ascender no es por sí sola causa de anomia. Lo importante, dice Merton, es que la falta de oportunidad ocurra en una sociedad en la que constantemente se predique la igualdad de oportunidades al tiempo que existan fuertes barreras contra la igualdad.
5. El cambio social
Cambio social es cualquier alteración o transformación total o parcial de la estructura de la sociedad, que, aunque de por sí se la considera estable, puede modificar su historia. Cambio social es toda observación constatable en el tiempo, que afecta de forma no efímera ni circunstancial ni provisional a la estructura o al funcionamiento de una sociedad dada, hasta el punto de modificar el curso de su historia. Se entiende que el cambio ocurre dentro de un periodo breve de tiempo, puesto que, si el periodo es largo, se habla más bien de evolución social.
El cambio social puede definirse principalmente por tres características:
Todo cambio es temporal: el paso del tiempo es una condición importante para que sucedan cambios, pero el tiempo solo no los produce.
El cambio es también ambientas (sujeto a un lugar): se da siempre en entornos concretos, tanto físicos como culturales. El entorno geográfico está constantemente sujeto a cambios, algunos de ellos producidos por el control del hombre sobre la naturaleza, y otros por los poderes incontrolados de esta misma. El entorno cultural ejerce un gran influjo en el comportamiento de las personas; al mismo tiempo, el comportamiento de las personas transforma el entorno cultural.
Todo cambio posee un aspecto humano. El hecho de que las gentes efectúen cambios y a su vez sean afectados por ellos, confiere al cambio la mayor importancia. Además, todo el personal de una sociedad entra en los grupos y sale de ellos, de forma que varían el número y el tipo de miembros que la forman. Al cambo de un periodo de tiempo, todo el personal de una sociedad queda completamente reemplazado por otro.
Los factores que determinan el cambio social son:
En toda sociedad los modos tradicionales institucionalizados de comportamiento suelen atender a las necesidades reconocidas de la gente. Pero cuando aparecen nuevas necesidades –creadas, imaginarias, o reales–, originan una situación en la que frecuentemente se intenta el cambio, y a veces se realiza.
La necesidad está íntimamente ligada con la disposición para el cambio, las actitudes de expectación y de previsión que tienen las personas en la sociedad. Los que están más o menos satisfechos con el status quo y desconfían de las innovaciones, no crean condiciones favorables al cambio. Donde la gente ansía nuevas y mejores maneras de educar a sus hijos, de distribuir las rentas, de agilizar el gobierno o de fomentar los valores religiosos, procuran condiciones favorables para el cambio.
El caudal acumulado de conocimientos es una condición importante para el cambio, porque las nuevas maneras de hacer las cosas se basan generalmente en formas previamente existentes. La condición depende tanto de la cantidad como de la especie de los conocimientos de que se dispone. Según la abundancia de conocimientos, organizados, variados y transmisibles, contribuirán a determinar el punto de partida para adquirir nuevos conocimientos. Una sociedad en donde el caudal de conocimientos es rígido, conservador y dogmático no ofrece fáciles condiciones para el cambio. Y al contrario, los cambios serán más rápidos cuanto más flexibles y manejables sean los conocimientos.
El tipo de los valores dominantes que existen en una cultura y la actitud u orientación general de la gente frente a ellos son una importante circunstancia para el cambio. Si el espíritu científico de búsqueda está acoplado con una fe pragmática en la perfectibilidad social, son casi inevitables los cambios introducidos deliberadamente. La insistencia en los valores tradicionales e inmovilistas crea una situación en la que los cambios sólo suceden con lentitud.
El grado de complejidad de la estructura social y cultural es también una condición de cambio. Una sociedad en que haya gran diferenciación y multiplicación de status y clases, especialización y división de funciones y un sistema fácil de comunicaciones y transportes es sumamente propicia a la mutación.
6. Bibliografía
Bottomore, T. B., Introducción a la sociología, Barcelona, Península, 1967
Dahrendorf, R.: Conflictos entre clases, Universidad de Essex, 1967
Giner, S.: Sociología, Barcelona, Península
Gluckman, M.: Costumbre y conflicto en Africa, Nueva York: Free Press
Lukács, G.: Historia y conciencia de clase, Barcelona, Orbis
Marx, K. y Engels, F.: Trabajo asalariado y capital, Barcelona, Península
Schoeck, H., Diccionario de sociología, Barcelona, Herder, 1977
Sorokin, P., Dinámica social y cultural, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1970