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jueves, 18 de septiembre de 2008

CICERÓN QUINTO TULIO

BREVIARIO DE CAMPAÑA ELECTORAL

Nota preliminar
El Commentariolum petitionis es un breviario de manifiesto contenido electoral y de adscripción también clara, si atendemos a aspectos formales, a la literatura epistolar. La carta esta dirigida al celebre orador y jurista romano, Marco Tulio Cicerón, y la remite Quinto, su hermano menor, con el que Marco mantenía una asidua correspondencia y al que vemos convertido, en esta ocasión, en su agente electoral: esto se debe a que Marco Tulio Cicerón aspiraba al consulado, la magistratura más importante de la republica romana.

Al principio, las atribuciones de los cónsules coincidían prácticamente con las que el Rex había tenido, de manera vitalicia, durante el régimen político anterior: jefes del ejército, jueces supremos, responsables de la administración. Y aunque paulatinamente fueron delegando alguna de esta funciones a otras magistraturas, los cónsules seguían poseyendo la máxima autorización civil y militar y ostentaban el cargo de mayor dignidad en la republica, de lo que da prueba, por ejemplo, el hecho de que el consulado fuera una magistratura epónima, esto es, que los años se designaran con los nombres de los cónsules en ejercicio. El consulado se caracterizaba por la colegialidad y la anualidad, es decir, por una parte, eran dos los cónsules elegidos, que se turnaban mensualmente en la practica de sus funciones y, por otra, este mandato conjunto solo tenia vigencia durante un año.

La elección de los cónsules se llevaba a cabo en el Campo de Marte durante la celebración de los comicios de las centurias, agrupaciones éstas formadas por ciudadanos en edad militar y que en Roma llegaron a ser 193. Llegado el día señalado para la votación, cada centuria elegía primero a uno de los candidatos y los nombre de aquellos que habían obtenido la mayoría eran sometidos después a una votación general en la que resultaban designados los dos cónsules. Cabe señalar que las centurias se dividían en cinco clases según su riqueza, acaparando la primera clase, la de los que poseían mayor fortuna, 88 centurias de ese total de 193; de ella resultaba una porción que hacia de estos comicios un instrumento electoral en manos de los más ricos, que, al poder controlar las elecciones de estos magistrados controlaban, de hecho, la política del estado.

En tiempos de Cicerón el voto era secreto y cada elector lo emitía escribiendo el nombre del candidato preferido en una tablilla. El nombre candidatus deriva de la toga blanca (toga candida) que vestían a fin de ser fácilmente identificados cuando realizaban su campaña electoral, aquellos cuya candidatura, petitio, había sido aceptada. No deja de resultar curioso que los términos con los que en latín designaba el ajetreo de los candidatos para pedir votos, es decir, sus actividades en periodo de campaña fueran ambitus y ambitio, vocablos que al final de la republica ya adquirieron un significado peyorativo del que dan cuenta, en el ultimo de los casos, las lenguas románicas.

En el 64 antes de nuestra era, Marco Tulio Cicerón inició la campaña electoral para el consulado en la que tuvo seis competidores, de los cuales sólo dos eran adversarios dignos de tener en cuenta. Era el uno Gayo Antonio Híbrida, hijo del orador y cónsul Marco Antonio y tío del más famoso Marco Antonio, el triunviro. Sobre Gayo Antonio señala Plutarco en Las vidas paralelas que fue un hombre sin aptitudes para estar al frente de nada, pero que podía prestar mucha ayuda a quien se valiera de él. El otro candidato, era temible por sus audaces argucias y por su popularidad entre la juventud disoluta, era Lucio Sergio Catilina, patricio a que se le acusaba de toda suerte de inmoralidades personales y políticas, y cuya conjuración historiada por Salustio, fue sofocada por el mismo Cicerón durante su consulado.

En estas elecciones, y tras una reñida campaña electoral, en julio de año 64, fueron elegidos cónsules Marco Tulio Cicerón y Gayo Antonio, obteniendo el primero la unanimidad de las centurias; asumieron ambos la más alta magistratura el primero de enero del año 63.
Así, se cumplieron todas las esperanzas que Quinto Tulio Cicerón tenía
depositadas en Marco, al que, en el commentariolum petitionis, dan numerosos consejos y orientaciones para su campaña electoral. Quinto había recibido una educación similar a la de su hermano mayor y llegó a desempeñar, una vez éste fue cónsul, importantes cargos políticos, como pretor y gobernador de la provincia de Asia. Estuvo casado con Ponponia, la hermana de Ático, el gran amigo y más asiduo corresponsal de Marco Tulio. Tenemos noticias de algunas actividades literarias de Quinto, si bien sólo nos han llegado de él cuatro cartas y este tratado del que aquí ofrecemos la traducción castellana. Es preciso advertir, no obstante, que la autoría del commentariolum ha sido objeto de discusión: los manuscritos que han transmitido la obra adscriben a Quinto, atribución que no fue puesta en duda hasta finales del siglo XIX cuando algunos estudiosos sostuvieron la hipótesis de que se trataba de una falsificación tardía, basada primordialmente en pasajes de obras autenticas de Marco Tulio Cicerón. Ello desencadenó una erudita polémica que ha llegado a nuestros días, si bien hoy gran parte de la critica acepta que es un escrito autentico de Quinto, dirigido a su hermano, el celebre orador.
Desde sus primeras paginas, el lector advertirá el gran atractivo de este breviario, que refleja lo que eran las contiendas electorales hace veinte siglos, sujetas a toda clase de recursos para ganar el voto de los electores.

Alejandra de Riquer.


BREVIARIO DE CAMPAÑA ELECTORAL.

Quinto saluda a su hermano

I

Aunque estás dotado de todo lo que los hombre pueden adquirir con el talento, la experiencia o la dedicación, no obstante, por el afecto que nos une, he juzgado conveniente explicarte por escrito lo que, día y noche acudía a mi mente cuando pensaba en tu candidatura. No es mi intención que aprendas nada nuevo de ello, aunque si quiero presentarte, con orden, método y unidad, algunas ideas que, de hecho, parecen desligadas e indefinidas. Por mucha fuerza que tengan por si mismas las cualidades naturales del hombre, creo que en un asunto de tan pocos meses, las apariencias pueden superar incluso esas cualidades.
Considera qué ciudad es ésta, a qué aspiras, quién eres. Casi a diario, cuando desciendas al foro, debes reflexionar sobre esto: “soy un homo novus, [1] aspiro al consulado, ésta es Roma”.
Compensarás la condición de homo novus con tu fama de orador, cualidad que siempre ha gozado de la más alta estima: aquel a quien se juzga digno de ser abogado de los exconsules no puede ser considerado indigno de acceder al consulado.
Por lo tanto, ya que dependes de esta reputación y puesto de que todo lo que eres se lo debes a ella, tendrás que presentarte siempre también preparado para hablar como si en cada una de las causas se fuera a someter a juicio todo tu talento. Los recursos de la oratoria, que estoy seguro que tienes reservados, procura que estén preparados y apunto, y acuérdate a menudo de lo que Demetrio escribió acerca del ejercitamiento constante de Demóstenes.[2]
Después, haz ostentación tanto de la gran cantidad de amigos que tienes como de la alta condición social de los mismos, por que ¿cuentas con lo mismo que con lo que han contado otros novi?: todos los publicanos,[3] casi la totalidad del orden ecuestre,[4] muchos municipios que te son incondicionales, muchos ciudadanos de estamento social a los que haz defendido, algunos colegas, por no hablar de un gran numero de jovencitos unidos a ti en el estudio de la elocuencia, y el apoyo diario y constante de tus numerosos amigos. Procura conservar todo esto a base de advertencias, de ruegos y de toda clase de medios para que aquellos que te deben algo y aquellos que desean debértelo que se den cuenta que no van a tener más oportunidad de esta, los unos, demostrarte su agradecimiento, y, los otros, de convertirse en deudores tuyos.

Al parecer, también puede ayudar mucho a un homo novus la simpatía de los nobles y sobre todo, la de los exconsules; conviene que aquellas personas a cuya categoría y posición social deseas acceder te consideren digno de tal posición y de tal categoría. Debes formularles atentamente tus peticiones y hacerles saber y persuadirles de que nosotros siempre hemos compartido las opiniones políticas de la aristocracia y de que pocas veces hemos buscado el favor popular; y que si parece que hemos empleado un tipo de lenguaje en cierto modo populista, lo hemos hecho con la intención de atraer a Gneo Popeyo, para tener, en un hombre tan poderoso como él, un amigo o, al menos, no un adversario durante nuestra candidatura.
[5] Esfuérzate además en ganarte la voluntad de los jóvenes de la nobleza y en conservar a los partidarios que tienes, pues te procuraran una gran consideración. Cuentas con muchas personas, haz que sepan la importancia que les das. Si consigues que deseen apoyarte lis que están indecisos, éstos te ayudarán mucho.

II

Supone asimismo una gran ayuda para tu condición de homo novus el que, acerca de tus oponentes nobles, nadie se atreva a afirmar que su nobleza les va a ayudar a ellos en mayor medida que a ti tus cualidades. ¿Quién se iba a imaginar hoy que Publio Galba y Lucio Casio, ambos de familias nobles, aspirarían al consulado?
[6]

Pero tú me dirás: -Antonio y Catilina son temibles-. No, en absoluto; un hombre activo, emprendedor, honrado, elocuente, bien considerado por los jueces, debe desear tener un par de rivales como éstos: asesinos ambos desde la infancia, ambos depravados, ambos en la miseria. Hemos visto confiscados los bienes de uno de ellos, Antonio, y, luego, le hemos oído jurar que en roma no podía tener con un griego un enfrentamiento justo ante los tribunales; sabemos que ha sido expulsado del Senado por la sabia decisión de los censores;[7] lo tuvimos como rival en la pretura[8], con el apoyo de sus amigos Sabidio y Pantera, cuando ya no le quedaba ni un esclavo por vender, aunque, una vez conseguida la magistratura, se compró en el mercado una amiguita a la que tuvo en su casa con toda desfachatez. Por otra parte, en estas elecciones al consulado, ha preferido ir a saquear a todos los posaderos en sus vergonzosas legaciones antes que quedarse en la ciudad y formular sus peticiones al pueblo romano[9].
En cuanto al otro, ¡ay dioses!, ¿qué cualidades brillan en él? Para empezar, es tan noble como el anterior, ¿acaso más?, No, pero es más valiente. ¿Por qué? Porque Antonio tiene miedo hasta de su propia sombra, mientras que Catilina no lo tiene de las leyes. Nació de un padre arruinado, creció entre los vicios de su hermana y alcanzó la madurez derramando la sangre de los ciudadanos; su entrada en la vida pública consistió en aniquilar al orden ecuestre (pues nos acordamos de que aquellos galos, los que entonces cortaban las cabezas de los Titinos, Naneyos y Tanusios, tenían a Catilina como único jefe por nombramiento de Sila). De los del orden ecuestre, mató con sus propias manos a un hombre excelente, Quinto Cecilio, al marido de su hermana, un caballero romano que no pertenecía a ningún partido y que, si ya era pacífico por naturaleza, más lo era aún con la edad.

III

¿Cómo decir ahora que compite contigo por el consulado un hombre que fue apaleado, por toda la ciudad y a la vista de todos a una persona tan querida por el pueblo como Marco Mario? ¿Un hombre que lo llevó hasta un sepulcro, que allí lo sometió a toda clase de tormentos, que lo degolló, cuando estaba aún con vida, tomando la espada con la mano derecha y agarrándolo por los cabellos con la izquierda, y que fue llevando la cabeza en la mano mientras entre sus dedos chorreaban ríos de sangre?;
[10] un hombre que, después de esto se fue a vivir en compañía de histriones y gladiadores, hallando así, en unos, los cómplices de su lujuria y, en otros, los de sus crímenes; un hombre que no puede entrar en ningún lugar, por muy sagrado y respetado que sea, sin que su maldad deje allí, incluso si otras personas están libres de culpa, una sospecha de deshonra;[11] que tuvo como amigos íntimos a los Curios y a los Anios en el Senado,[12] a los Sapalas y a los Carvilios de los pórticos de ventas y a los Pompilios y a los Vetios del orden ecuestre; un hombre que demuestra tanta audacia, tanta maldad y, en fin, tan gran habilidad y destreza para dar rienda suelta a sus excesos, que ha llegado a abusar de muchachos, vestidos todavía con la pretexta, casi en el regazo de sus padres.[13]
¿y qué te he de escribir ahora acerca de África o de las declaraciones de los testigos? Son asuntos harto conocidos y sobre los que deberías leer más a menudo. De todas maneras, creo que no voy a pasar por alto dos hechos: primero, que Catilina salió de este juicio tan pobre como lo habían sido algunos de sus jueces antes del proceso
[14] y, segundo, que se ha convertido en un individuo odiado hasta el punto de que cada día se le demanda ante los tribunales. Es tal la situación en la que se halla, que lo temen, incluso si está quieto, más de lo que lo odian, si está tramando algo.
¡Cuánto mejor es la suerte que haz tenido en tu candidatura que la que tuvo, hace tiempo, otro homo novus, Gayo Celio¡ Competía con dos ciudadanos que pertenecían a la más alta nobleza, aunque, de hecho, poseían toda una serie de virtudes mucho más valiosas que el propio linaje: eran hombres de un gran talento, de un gran sentido del honor, que habían prestado muchos servicios y que hacían gala de la gran inteligencia y dedicación en la campaña electoral. No obstante a uno de ellos lo venció Celio, a pesar de conocer a un linaje muy inferior y de superarle a penas en nada.
[15]
Así pues, si pones en práctica lo que generosamente te han concedido la naturaleza y el estudio, y de lo que siempre te has valido, si haces lo que las circunstancias exigen de ti, lo que puedes y lo que debes, no te será difícil hacer frente a unos rivales la fama de cuyo vicios es mayor que la distinción de su linaje. Pues, ¿hay acaso un ciudadano tan malvado que quiera desenvainar, en el único sufragio, dos puñales contra el Estado?

IV

Tras haber expuesto los recursos con los que cuentas o puedes contar para compensar tu condición de homo novus, creo que debo hablar ahora sobre la gran importancia del cargo al que aspiras. Aspiras al consulado, honor del que nadie te considera indigno, y, sin embargo, hay muchos que te miran con malos ojos. De hecho, tú, un hombre de la clase ecuestre, aspiras al más alto cargo de la ciudad y, dado que es el más alto, este mismo honor otorga al hombre de por sí fuerte, elocuente y honrado una grandeza mayor que a los otros. Y no creas que los que han disfrutado ya de este honor no se dan cuenta de la gran consideración que vas a ganar tú mismo una vez lo obtengas. En cuanto a los hombres que, nacidos de familias consulares, no han logrado alcanzar el rango que tuvieron sus antepasados, supongo que, al no ser que te aprecien mucho, te van a mirar con malos ojos. También creo que los homines novi que han sido pretores, a excepción de los que están unidos a ti en reconocimiento a tus favores, no quieren que los sobrepases en honor.
Estoy seguro de que no se te escapan los muchos envidiosos que hay entre el propio pueblo y las muchas personas que, como suele suceder ahora, sienten aversión por los homines novi; asimismo es inevitable que algunos estén enfadados contigo por las causas judiciales en las que has intervenido. Finalmente, mira a tu alrededor y considera si tienes los amigos que creías por haberte entregado con tanto empeño aumentar la gloria de Pompeyo.
Por lo tanto, como aspiras al más alto cargo de la ciudad y como te das cuenta de los intereses que te son adversos, es preciso que pongas en ello toda suerte de ingenio, cuidado, esfuerzo y dedicación.

V

Una candidatura a un cargo público debe centrarse en el logro de dos objetivos: obtener la adhesión de los amigos y el favor popular. Conviene que la adhesión de los amigos nazca de los favores de los deberes de la amistad, de la antigüedad de las relaciones, y de un temperamento amable y cordial. La palabra -amigo-, cuando eres un candidato, tiene un significado más amplio que en tu vida corriente; de hecho, todo el que te demuestre alguna simpatía, que te trate con diferencia y que vaya a menudo a tu casa, ha de ser incluido en un círculo de tus amistades. Ahora bien, lo que te puede beneficiar más es que te consideren agradable y que te quieran los que son tuis amigos por motivos más sinceros, como el parentesco, ya sea carnal o político, la camaradería
[16] o cualquier otro vínculo de esta clase. Además, cuanto más íntimo es un amigo y, sobre todo, si vive en tu casa, cuesta mucho más esfuerzo conseguir que te aprecie y que desee que alcances el mayor prestigio posible; también sucede lo mismo con los de tu tribu,[17] con tus vecinos, con tus clientes, luego con tus libertos[18] y, al final, incluso con tus esclavos. Pues casi todo lo que se comentaba sobre tu reputación del hombre público proviene de tu entorno doméstico.
Después, es necesario crearse amistades de cada una de estas clases: para las apariencias, hombre de familia y cargo ilustres que, aunque no se esfuercen en hacerle propaganda, al menos aumentan en algo la dignidad del candidato; amigos para garantizarse la protección de la ley, los magistrados (y entre ellos, primero, los cónsules, y luego, los tribunos de la plebe
[19]) y amigos para conseguir el voto de las centurias, hombre que gocen de una influencia muy particular. Pon especial insistencia en procurarte y asegurarte el apoyo de quienes tienen, o esperan tener, gracias a ti, el dominio de una tribu, de una centuria o cualquier otro beneficio, pues, durante estos años, ha habido hombres ambiciosos que han trabajado activamente, poniendo en ello todo su celo y todo su esfuerzo, para lograr que los de sus tribus accedieran a las peticiones que les formulaban. Por tu parte, intenta de todas las maneras posibles que estos hombres sean partidarios tuyos de buen grado y con la mejor voluntad.
Si la gente fuera lo suficientemente agradecida, ya deberías tener todo esto a tu disposición, tal y como espero a que suceda. De hecho, durante estos dos años te has ganado el favor de cuatro de asociaciones a las que pertenecen los ciudadanos con más influencia electoral: Gayo Fundanio, Quinto Galo, Gayo Cornelio y Gayo Orquivio.
[20] Sé muy bien, pues estuve presente cuando te fueron confiadas las causas judiciales de estos hombres, lo que sus compañeros de asociación aceptaron y te garantizaron. Por lo tanto, ahora tienes que exigirles lo que te deben multiplicando tus advertencias, ruegos y exhortaciones, y procurando que se den cuenta de que no van a tener nunca otra oportunidad de demostrarte su agradecimiento. Sin duda les estimulará a moverse por ti tanto la perspectiva de los servicios que todavía te quedan por prestarles como el recuerdo de los favores que les hiciste recientemente. Y, puesto que tu candidatura se ha fortificado principalmente con esta clase de amigos, a los que te has ganado a base de defender sus causas judiciales, has de dejar claramente asignadas y distribuidas entre todos tus adeptos las funciones que cada uno de ellos debe de desempeñar; y así, siendo que no has importunado jamás a ninguno de ellos con petición alguna, haz que entiendan bien que cuanto crees que te deben te los has reservado para esta ocasión.

VI

Por otra parte, dado que hay tres cosa en concreto que condicen a los hombres a mostrar una buena disposición y a dar su apoyo a unas elecciones, a saber, los beneficios, las expectativas y la simpatía sincera, es preciso estudiar atentamente de qué manera puede uno servirse de estos recursos.
En los más pequeños beneficios los hombres encuentran motivo suficiente para apoyar a un candidato. Con mayor razón, aquellos a los que has salvado, que, como sabes, son muchos, comprenderán que, si no hacen lo suficiente por ti en una circunstancia como ésta, nunca más serán bien visto por nadie. Con todo, sigue siendo necesario que les formules tus ruegos e incluso que les hagas creer que, por nuestra parte, podemos estar en deuda con cuantos hasta ahora lo estuvieron con nosotros.
En cambio, por lo que se refiere a aquellos que albergan ciertas expectativas –un tipo de hombres mucho más diligente y servicial todavía- haz que les parezca que siempre estás preparado y dispuesto a ayudarles. Dales a entender, además, que valoras cuidadosamente los servicios que te han prestado: que quede bien claro que eres capaz de darte cuenta y de distinguir lo que proviene de cada uno.
El tercer tipo es el de los partidarios incondicionales, cuyo apoyo será conveniente consolidar con muestra de agradecimiento, adaptando tus discursos a las razones por las que cada uno parece ser partidario tuyo, demostrando unos sentimientos parecidos a los de ellos y haciéndoles concebir la esperanza de una amistad íntima y duradera contigo. Ahora bien, en todos estos casos, juzga y sopesa las posibilidades de cada persona, para saber de qué manera puede ser útil a cada uno y qué puedes esperar y pretender de cada cual.
De hecho, hay algunos hombres influyentes en sus barrios y sus municipios; los hay tan activos y elocuentes que, si bien antes no se esforzaron por buscar este tipo de influencia, no obstante, son capaces de dedicarse improvisadamente a ayudar a la persona con la que se sienten obligados o con la que desean complacer. Es preciso que te ocupes cuidadosamente de esta clase de hombres, de manera que ellos mismos entiendan que ya sabes lo que puedes esperar de cada uno, que aprecias lo que recibes y que te acuerdas de lo que has recibido. Pero hay otros que, o no son capaces de hacer nada, o incluso son odiados por los de sus propias tribus y carecen de energía y capacidad suficientes para hacer el esfuerzo que exigen las circunstancias. Procura distinguir quiénes son a fin de no quedarte pobre de recursos si depositas en alguno de ellos una esperanza excesiva.

VII

Si bien es necesario sentirse de antemano respaldado y protegido por unas amistades sólidas, no obstante, durante el período electoral, también uno se gana un buen número de amigos muy útiles. En efecto, entre tantos inconvenientes, la situación del candidato tiene esta desventaja: puedes hacer con dignidad lo que durante lo que el resto de tu vida no serías capaz de hacer a saber, aceptar la amistad de quien te plazca, de aquellos con los que, si hubieras intentado relacionarte en otro tiempo, habrían parecido que obrabas de manera improcedente; en cambio, si durante el período electoral no hicieras esto con muchas personas y poniendo gran empeño en ellos, no parecerías un candidato. Asimismo, te aseguro que no existe nadie, a no ser que de alguna manera esté vinculado a uno de tus rivales, de quien no puedas lograr, si te empeñas, que se haga merecedor de tu aprecio y de tu reconocimiento por los favores prestados; basta con que se dé cuenta de que lo tienes en alta estima, de que eres sincero con él, de que lo está haciendo bien y de que de todo esto va a nacer una amistad, no pasajera ni circunstancial, sino firme y duradera. No habrá nadie, créeme, por poco sensato que sea que deje escapar la oportunidad que se le ofrece de entablar amistad contigo, sobre todo cuando te han tocado en suerte unos rivales cuya amistad hay que depreciar y evitar, incapaces como son no sólo de llevar a cabo los consejos que te doy, sino de intentar siquiera ponerlos en práctica.
Pues ¿Cómo va a intentar Antonio granjearse el apoyo y la amistad de unas personas a las que no es capaz de llamar por sus propios nombres? Por mi parte, no creo que haya más estúpido que considerar partidarios tuyos a los hombres que no conoces. Se necesita poseer una gloria y un prestigio excepcionales y la celebridad de grandes empresas, para que unos ciudadanos, a los que nadie ha pedido el voto, le confieran el honor de un cargo a un candidato que ni tan siquiera los conoce. Ahora bien, que un hombre inútil, vago, sin el más mínimo sentido del deber, sin talento, infame, sin ningún amigo, supere a un hombre respaldado por el apoyo de la mayoría y por el aprecio de todos, esto no puede suceder sin que este último haya cometido una gran negligencia.

VIII

Por lo tanto, procura tener asegurada la adhesión de todas las centurias con amistades numerosas y diversas. Lo primero que debes de hacer salta a la vista: rodear de atenciones a los senadores, a los caballeros romanos y a cuantos hombres emprendedores e influyentes haya en todos los demás estamentos. Son muchos los ciudadanos activos y muchos los libertos emprendedores e influyentes que frecuentan el foro: pon el mayor empeño, valiéndote de tus propios medios o de las amistades comunes, en hacer partidarios tuyos a todos los que puedas; sal a su encuentro envíales emisarios, muéstrales la gran importancia de los servicios que te prestan.
A continuación, dedícate a la ciudad entera, a todas las corporaciones, a las aldeas, a los barrios; si te ganas la amistad de los hombres más importantes de estos grupos, podrás fácilmente, gracias a ellos, contar con el resto. Después ten presente en tu corazón y en tu memoria a Italia entera, compuesta y formada por tribus, y no permitas que haya ningún municipio, ninguna colonia, ninguna prefectura, en fin, ningún lugar de Italia, en el que no tengas el apoyo suficiente. Busca y sigue la pista de los hombres de cada lugar, conócelos, sal a su encuentro, asegúrate de adhesión, procura que hagan campaña a tu favor entre sus vecinos y que, por así decirlo, se conviertan en candidatos por cuenta tuya. Querrán tu amistad si ven que deseas la suya y, para que lo entiendan, debes de utilizar un lenguaje apropiado a su manera de ser.
Los que viven en los municipios y en el campo se consideran amigos nuestros sólo con que los llamemos por sus nombres y, si creen además que esta amistad les va a deparar una ayuda, no dejan escapar la ocasión de merecerla. Los demás candidatos y, sobre todo, los que son tu rivales, no los conocen siquiera; en cambio, tú, no es que sólo los conozca, si no que te será fácil intimar con ellos, y ésta es condición indispensable para que exista la amistad. Ahora bien, por importante que esto sea, tampoco es suficiente si no va acompañado de la expectativa de una amistad provechosa: no sea que vayas a parecer un mero nomenclator
[21]en lugar de un buen amigo.
Por consiguiente, una vez tengas como partidarios en las centurias a esos hombre que, dada su ambición, gozan de gran influencia ante los de su tribu, y así que hayas obtenido la ferviente adhesión de aquellos otros que, gracias a su situación en el municipio, en el barrio o en la corporación, tienen poder sobre algún sector de su tribu, entonces deberás las mejores esperanzas. Me parece que, si te esmeras, puedes ganarte el apoyo de las centurias del orden ecuestre con mayor facilidad: en primer lugar, conviene conocer a fondo a los caballeros (en realidad, son pocos), y después, es preciso conquistar su afecto (de hecho, la edad de estos muchachos los empuja fácilmente a la amistad). Además, ya tienes contigo a los jóvenes más sobresalientes y con más inquietudes culturales; por otro lado, como perteneces al orden ecuestre, ellos seguirán la opinión de su estamento si tú, por tu parte, te cuidas de tener asegurada la adhesión de estas centurias no sólo gracias a la predisposición del orden ecuestre sino también con la amistad de cada uno de ellos; y es que es extraordinariamente grande y digno de admiración el celo que ponen estos muchachos a la hora de buscar votos, de salir al encuentro de las gentes, de propagar las noticias y de acompañar al candidato.

IX

Y ya que he mencionado el séquito, cabe decir que también has de preocuparte de este asunto, de manera que a diario dispongas de un acompañamiento de toda categoría, clase social y edad, pues, precisamente de la afluencia del séquito se podrá deducir con qué fuerzas y con qué medios vas a contar en el Campo de Marte.
[22] Hay tres clases de componentes: los que van a saludarte a tu casa, los que te acompañan al foro y los que te siguen a todas partes.[23]
En el caso de los primeros que son los más numerosos y que, según ahora se estila, se dedican a ir a saludar a más de un candidato, tienes que hacer ver que incluso esta mínima cortesía te complace mucho. A los que vayan a tu casa dales a entender que valoras su gesto (demuéstralo ante sus amigos para que se lo cuenten, díselo repetidas veces a ellos mismos); en efecto, a menudo sucede que cuando estos hombres van a visitar a varios candidatos y comprueban que hay uno que valora en gran medida estas muestras de cortesía, estos se vuelcan a él, abandonan a los otros y, poco a poco, los que eran partidarios de todos pasan a serlo de uno solo; de fingirse votantes de un candidato pasan hacerlo en firme; pon también especial cuidado en lo siguiente: si oyeras decir o te dieras cuenta de que uno que se a comprometido contigo te está haciendo, por así decirlo, el doble juego, procura hacer ver que ni has oído ni sabes nada del asunto; si alguien, creyéndose sospechoso, quiere justificarse ante ti, sostendrás que nunca has dudado de sus intenciones ni crees tener motivo para hacerlo; en realidad, quien supone que no se está satisfecho de él en modo alguno puede ser tu amigo. De todas maneras, conviene conocer los propósitos de todos para saber qué grado de confianza se puede depositar en cada uno de ellos.
Los que te acompañan al foro te rinden mayor cortesía que los que te van a saludar, por lo tanto, demuestra y da a entender que eso es más de tu agrado y, en la medida de lo posible, ve al foro a unas horas determinadas: llegar cada día al foro rodeado de un séquito numeroso otorga una gran reputación y un gran prestigio al candidato.
La tercera clase la constituye el grupo de los que siguen al candidato a todas partes. Procura que cuantos lo hacen voluntariamente se den cuenta de que te consideras para siempre obligado con ellos por tal muestra de delicadeza; en cambio, a los que están en deuda contigo, exígeles claramente este servicio, si por su edad y ocupaciones pueden hacerlo, y, si hay algunos que no van a poder acompañarte en persona, que encomienden la tarea a sus parientes. Considero muy necesario y muy conveniente que vayas siempre rodeado de una gran multitud, y, además, te otorgará gran fama y prestigio que estén a tu lado aquellos a los que has defendido y los que, por mediación tuya, se han salvado resultando absueltos en un proceso; puesto que, gracias a ti y sin ningún gasto por su parte, unos conservan lo que poseían, otros el honor, otros la vida y todos sus bienes, y como no se les va a presentar otra ocasión de demostrarte su agradecimiento, pídeles claramente que te recompensen ahora con este deber de cortesía.

X

Como todo mi discurso gira alrededor en torno a la devoción de los amigos, creo que no debo de dejar de advertirte sobre las preocupaciones que es necesario tomar ante un asunto de este tipo: el mundo está lleno de engaños, de traiciones y de perfidia. No es esté el momento oportuno para plantear la eterna discusión sobre cómo se puede distinguir a un amigo bondadoso de uno que finge serlo: ahora me limito a ponerte en guardia.
Tus grandes cualidades han llevado a algunos hombres a simular que son tus amigos, al tiempo que a tenerte envidia. Recuerda, por tanto, aquella sentencia de Epicarmo de que los nervios y las articulaciones de la sabiduría consisten en no confiarse a la ligera,
[24] y así, una vez te hayas asegurado la devoción de tus amigos, estudia entonces los motivos y las peculiaridades de tus detractores y enemigos. Los hay de tres clases: los que se han visto perjudicados por ti, los que sin motivo alguno no te aprecian, y, finalmente, los que son muy amigos de tus competidores.
Por lo que se refiere a cuantos has perjudicado al actuar en su contra para defender a un amigo, justifícate ante ellos claramente, a pela a tus deberes como amigo y hazles concebir la esperanza de que, si ellos te brindan su amistad, también te ocuparás de sus asuntos con la misma dedicación y el mismo sentido del deber.
Ante los que, sin motivo alguno, no te tienen aprecio, dedícate enteramente a alejar de ellos este sentimiento hostil haciéndoles algún favor, dejándoles creer que se lo vas a hacer o manifestando gran interés hacia sus personas. Con quienes muestran la peor disposición hacia ti, dada la amistad que les une a tus rivales, válete de los mismos medios que vas a emplear con los anteriores y, si consigues hacer que te crean, da muestra de afecto incluso hacia tus mismos competidores.

XI

Como ya he hablado bastante sobre la manera de trabar amistades, es preciso que trate ahora otro aspecto de la candidatura que atañe a la manera de ser del pueblo. Esté desea que el candidato lo conozca por su nombre, lo halague, mantenga un trato asiduo con él, sea generoso, suscite la opinión popular y ofrezca una buena imagen en su actividad pública.
Para empezar, haz que salte a la vista tus esfuerzos para conocer a los ciudadanos y exagerarlos a fin de mejorar día a día estas relaciones: no hay nada, me parece, que haga a un candidato tan popular y tan grato. Después, convéncete de que es necesario simular aquellas cualidades que no posees por naturaleza de tal manera que parezca que actúas con toda espontaneidad. De hecho, no es que te falte esa afabilidad propia del hombre bondadoso y amable, pero también es muy necesaria la adulación, algo que, aunque en la vida corriente constituya un defecto vergonzoso, se hace imprescindible en una candidatura. Es verdad que la adulación es reprobable cuando los halagos corrompen a un hombre, pero cuando lo hacen más amistoso, entonces no tiene por que ser tan censurada; resulta imprescindible para un candidato cuyo aspecto, cuya imagen y cuyas palabras deben variar y adaptarse a las opiniones e inclinaciones de todos con los que se encuentre.
Por lo que respecta a la asiduidad, no existen reglas; la misma palabra ya indica lo que es. Es cierto que resulta de gran provecho no ausentarse nunca de la ciudad, ahora bien, las ventajas de la asiduidad no están solamente en quedarse en Roma y en el foro, sino también en hacer campaña asiduamente, en conversar a menudo con las misma personas y en no permitir en la medida de lo posible, que nadie pueda decir que tú no le has formulado tus peticiones y que no lo has hecho atenta e insistentemente.
La generosidad, por su parte, abarca un amplio campo: se pone de manifiesto en el uso del patrimonio familiar que, aunque no pueda ser apreciado directamente por las masas, también resulta muy de su agrado si los amigos lo alaban. Se pone en manifiesto en los banquetes, que tenéis que organizar, tanto tú como tus amigos, ya sea para gente diversa ya para cada una de las tribus. Se pone de manifiesto incluso en tus actividades, de las que has de dar cuenta y hacer partícipe a todo el mundo. Procura ser accesible día y noche y que esté abierto no sólo el portal de tu casa sino también el de tu rostro y tu expresión, es decir, las puertas del alma; si éstas permiten entre ver, ocultas, unas segundas intenciones, de poco sirve dejar libre la entrada. Pues los hombres no solamente quieren recibir promesas, sobre todo cuando se trata de un candidato, también quieren que se las hagan con liberalidad y deferencia; por lo tanto, aquí tienes una regla bien fácil de seguir: lo que tengas que hacer, muéstrate dispuesto a hacerlo con interés y de buen grado. Hay otra regla más difícil y que se adapta más a las circunstancias que a tu propia manera de ser: aquello de lo que no sea capaz, niégate a hacerlo amablemente o no te niegues; lo primero es propio de un hombre bueno, pero lo segundo de un buen candidato. Así, cuando se nos pide algo que no podemos prometer honradamente y sin prejuicio para nosotros – como si, por ejemplo, alguien no s rogase que aceptáramos una causa en contra de un amigo nuestro-, hay que negarse cortésmente, enarbolando los lazos de la amistad, demostrando cuánto pesar supone esta negativa y convenciendo de que se pondrá remedio a este asunto en otra ocasión.



XII

Oí decir a una persona, a propósito de ciertos oradores a los que quería confiar su causa, que los términos en los que se expresó el que le había negado su defensa fueron más de su agrado que los utilizados por el que había aceptado hacerlo: hasta este punto los hombres se dejan cautivar por el aspecto y por las palabras antes que por la realidad de su propio beneficio. Esto último merece sin duda tu aprobación; lo otro va a ser más difícil que lo acepte un seguidor de Platón como tú, pero, de todas maneras, voy a aconsejarte maneras como requiere tu situación. En realidad, aquellos a los que te hayas negado a ayudarles en nombre de algún deber de amistad, puede que, a pesar de todo, se marchen con calma y serenidad; en cambio, aquellos otros a los que hayas dicho que no, alegando bien asuntos de tus amigos, bien otras causas judiciales más importantes o aceptadas anteriormente, pues todos son así: prefieren una mentira a una negativa.
Gayo Cota,
[25] un maestro en estrategia electoral, solía decir que tenía por costumbre a todo el mundo sus servicios, a no ser que le pedieran algo en contra de su deber, y que se los ofrecía a aquellos cuya disposición juzgaba muy conveniente estar. No decía que no a nadie, por que a menudo surgía algún imprevisto que impedía a cuantos había hecho una promesa que la aprovecharan, de manera que frecuentemente tenía menos ocupaciones de las que se había imaginado. Así mismo, aseguraba que no puede tener la casa llena de gente quien solo acepta los compromisos que se ve capaz de adquirir, que el azar ocasiona que vaya bien un asunto con el que no contabas, y, en cambio vaya mal otro que creías tener por la mano; por lo tanto, decía, lo ultimo que se debe tener es que se enfade la persona a la que se ha mentido.
Las promesas quedan en el aire, no tienen un plazo determinado de tiempo y afectan a un número limitado de gente; por el contrario, las negativas se granjean, indudable e inmediatamente, muchas enemistades: y es que son más las personas que piden poder disfrutar de los servicios de uno que las que, de hecho, acaban disfrutando de ellos. Así pues, es preferible que, de vez en cuando, unos pocos se enfaden contigo en el foro, a que lo hagan todos a la ves y en tu casa, habida cuenta sobre todo de que se enfadan mucho más con los que les han dado una negativa que con aquel que, al parecer, se ve impedido a ayudarles por algún motivo importante, pero que, si de algún modo pudiera, cumpliría gustosamente con su promesa.

Para que no parezca que me he desviado de mi plan al tratar sobre estas cuestiones en una parte de mi discurso reservada al valor popular en la campaña electoral, señalaré ahora que todo lo expuesto concierne no tanto a la devoción de los amigos, como a la popularidad del candidato. Y aunque hay algunos consejos que también son válidos para cultivar las amistades, como responderles con amabilidad o ayudarles atentamente en sus asuntos y en sus problemas, aquí, de lo que estoy hablando es de cómo puedes atraerte a las masas, para que de noche tu casa se llene de gente, para que muchos conciban la esperanza de que les vas a ayudar, para que, cuando se vayan, sean más amigos tuyos que cuando llegaron, y para que los oídos del mayor número posible de personas se llenen de los mejores elogios.

XIII

A continuación debo hablar de la opinión pública, algo que ha de preocuparte muchísimo. De todas maneras, ten en cuenta que lo que he ido exponiendo a lo largo de mi discurso también contribuye a que se divulgue una buena opinión sobre ti: la fama de orador, el afecto de los publicanos y del orden ecuestre, la simpatía de los nobles, el constante apoyo de los jóvenes, la compañía asidua de los que has defendido, la multitud, proveniente del los municipios, que acude a tu lado; todos los que dicen y piensan que los conoces bien, que les hablas con amabilidad, que les has pedido muchas veces el voto atentamente, que eres afable y generoso; así como el hecho de que tu casa este llena de gente en plena noche, que cuentes con la constante presencia de todo tipo de personas, que satisfagas a todos con tus palabras y a muchos con tus obras que pongas esfuerzo, habilidad y diligencia en conseguir, en la medida de lo posible, no que tu fama se extienda desde tus partidarios al pueblo, sino que el pueblo, por si mismo, cobre gran afecto por ti.

Ya te has conquistado a las masas urbanas y has conseguido el aprecio de los que presiden las asambleas populares al honrar a Pompeyo al aceptar la causa de Manilio y al defender a Cornelio;
[26] es preciso alimentar esta popularidad de la que nadie ha gozado hasta ahora sin haber obtenido a la vez la simpatía de los ciudadanos más ilustres. Debes conseguir también que todos sepan que cuentas con los mejores deseos de Gneo Pompeyo y que conviene mucho a su causa el éxito de tus aspiraciones.

Por ultimo, procura que toda tu campaña se lleve a cabo con un gran séquito, que sea brillante, espléndida, popular, que se caracterice por su grandeza y dignidad, y, si de alguna manera fuera posible, que se levanten contra tus rivales los rumores de crímenes, desenfrenos y sobornos, algo que no desentonaría con sus costumbres. En esta campaña también tienes que velar al máximo por ofrecer buenas expectativas en tu política y por que se te considere una persona integra. Ahora bien, mientras seas candidato, no debes intervenir en ningún asunto del Estado ni en el Senado, ni en las asambleas populares; es necesario por lo tanto que te contengas, para que el Senado crea, a partir de tu conducta que te vas a erigir en defensor de su autoridad; para que los caballeros romanos y los ciudadanos ricos crean, a partir de la vida que has llevado, que velarás por su descanso y por su tranquilidad; y para que las masas crean dado que por lo menos en las asambleas y en los tribunales pronunciaste discursos populistas, que no vas a ser contrario a sus intereses.

XIV

Estas son las ideas que acudían a mi mente a propósito de aquellas dos consideraciones matutinas sobre las que te proponía reflexionar cuando a diario descendieras al foro: “soy un homo novus, aspiro al consulado”. Queda la tercera: “ésta es Roma”, una ciudad constituida por el concurso de los pueblos, en la que abunda la traición, el engaño y todo tipo de vicios, en la que hay que soportar la arrogancia, la obstinación, la envidia, la insolencia, el odio y la impertinencia de muchos. Creo que tiene que ser muy prudente y muy hábil el que vive rodeado de tantos hombres con vicios tan diversos y tan graves, para poder evitar la hostilidad, las habladurías, la traición, y para que una misma persona pueda adaptarse a tal variedad de costumbres, de discursos y de intenciones.
Por esta razón persevera todavía más en seguir el camino que te has marcado: sobresalir en la elocuencia. Gracias a ella, uno puede en Roma ganarse y atraerse la simpatía de los hombres y, a la vez, evitar los obstáculos y los ataques. Y dado que el principal vicio de esta ciudad suele ser olvidarse de la virtud y de la honradez, a este respecto, conócete bien a ti mismo, es decir, date cuenta de que tú eres la clase de persona capaz se suscitar en tus adversarios el peor temor a un proceso y a una condena; has que sepan que los observas y los vigilas: temerán no solo tu manera escrupulosa de actuar y el prestigio y la fuerza de tu palabra, sino también y sin duda la devoción que te profesa el orden ecuestre. Ahora bien, no quiero que les hagas ver esto de modo que parezca que ya tienes preparada una acusación, sino que puedas lograr más fácilmente lo que te propones valiéndote de este temor.

Dedica enteramente todas tus fuerzas y facultades a conseguir nuestra aspiración. Sé que no hay ninguna asamblea tan corrompida por el soborno como para que algunas centurias no voten gratis al candidato al que están estrechamente unidas. Por tanto, si velamos por un asunto tan importante, si logramos que los que nos quieren bien pongan el máximo celo en ayudarnos si asignamos una función determinada a cada uno de los hombre que nos apoyan y que gozan de influencia, si planteamos a nuestros adversarios las perspectivas de un proceso, si infundimos temor en sus intermediarios y si frenamos de algún modo a los que ofrecen dinero a su nombre, se puede conseguir que no haya sobornos o que éstos no sirvan de nada.

Estas son las cosas que, no es que las sepa yo mejor que tú, pero sí que he creído poder, con mayor facilidad de la que a ti te permiten tus muchas ocupaciones, aunar y enviarte por escrito. Sin embargo, no lo he hecho de manera para que sirvan para todo el que quiera aspirar a una magistratura, sino para a ti en particular y para esta candidatura tuya en concreto; de todos modos, si te parece que haya algo que se tenga que cambiar o suprimir del todo, quiero que me lo digas, por que deseo que este breviario de campaña electoral sea considerado perfecto en todos los aspectos.

[1] El concepto de homo novas es difícil de precisar: en términos generales, hace alusión a aquella persona que, careciendo de antepasados nobles, es decir, sin tradición familiar en el Senado y en las magistraturas, llega a ser el primero de su familia que accede a uno de estos cargos políticos y que transmite, así, la nobleza a sus descendientes. Éste fue el caso de Marco Tulio Cicerón, que se convirtió automáticamente en senador al desempeñar, en el año 75, el cargo de cuestor en Sicilia, y que fue después, en 66, pretor, lo que le permitió acceder al consulado. Los homines novi –a veces denominados simplemente novi- solían ser menos preciados por la antigua nobleza, que los consideraba como advenedizos.
[2] Marco Tulio Cicerón, en su tratado sobre la adivinación, hace referencia a un pasaje de una obra perdida del filósofo ateniense Demetrio de Falero, en el que se señalaba que Demostenes tenía gran dificultad en pronunciar la letra r y que se ejercito hasta que pudo hacerlo perfectamente.
[3] Los publicanos eran los que habían alquilado al Estado la recaudación de diversos tipos de impuestos, estaban organizados en sociedades de accionistas y gozaban de mucha influencia política y social.
[4] Cicerón pertenecía al llamado orden ecuestre, designación ésta que hace referencia al origen militar, la caballería de sus componentes; éstos pasaron después a constituir un grupo social, formado por patricios y plebeyos, muy enriquecido gracias a los negocios, al cobro de tributos y a otras actividades financieras a las que la nobleza política no podía dedicarse
[5] Gneo Pompeyo Magno (106-48), el famoso militar y político, adversario de Julio Cesar en la guerra civil, gozo de gran popularidad e influencia política en tiempos de Cicerón. El apoyo de Pompeyo podía construir una importante ayuda para el aspirante al consulado, pero también podía provocar el recelo de algunos miembros de la nobleza rivales al general romano.
[6] Publio Sulpicio Galva y Lucio Casio Longino se contaban entre los rivales de Cicerón en estas elecciones; Casio Longino llegó a estar después implicado en la conspiración de Catilina.
[7] Antonio, el contrincante más temible de Cicerón y que alcanzó el consulado junto a él, contrajo tantas deudas que sufrió el embargo de sus bienes y fue condenado por insolvente; asimismo, se le acusó de expoliar a los griegos cuando estaba en Acaya al mando de la caballería de Sila, por lo que fue sancionado por los censores con la expulsión del Senado.
[8] Los pretores eran aquellos magistrados encargados de la administración de la justicia, a los que también se les solía encomendar el gobierno de las provincias conquistadas.
[9] Antonia había obtenido del Senado una legatio libera, es decir, la autorización para poder abandonar Roma a fin de hacer propaganda electoral en los municipios.
[10] Marco Mario Graditano, seguidor de Gayo Mario, fue dos veces pretor y parece que su muerte en el año 82, fue ordenada por Sila. El sepulcro junto al que fue asesinado era el de Quinto Lutacio Cátulo, que con Mario había vencido a los cimbros.
[11] Aquí se hace alusión a las relaciones de Catilina con la vestal Fabia, hermanastra de Terencia, la mujer de Cicerón.
[12] Quinto Curio y Quinto Anio eran senadores muy relacionados con Catilina y que después fueron acusados de conspiran con él.
[13] Hasta los dieciséis años los niños vestían, al igual que los magistrados, la toga pretexta que se caracterizaba por llevar una orla de color púrpura.
[14] Catilina, siendo protector en África en los años 67-66, fue acusado de concusión y procesado. Siempre se supo que obtuvo la absolución gracias a los sobornos que hizo a los jueces.
[15] Gayo Celio Caldo fue cónsul en el año 94 con Gneo Domicio Enobarbo.
[16] La sodalitas, que traducimos por camaradería, es el término con el que se designaba a las asociaciones o cofradías que en un principio eran simplemente religiosas, aunque muy a menudo adquirían también un carácter político.
[17] Las tribus eran agrupaciones de familias de una misma procedencia, tanto urbana como rústica, y que alcanzaron el número de treinta y cinco. Se reunían también en comicios para elegir a las magistraturas inferiores, como los ediles curules, encargados de la vigilancia de la ciudad, de su aprovisionamiento y de los juegos públicos, y los cuestores, que administran las finanzas.
[18] Si bien durante la monarquía los clientes eran hombres libres que se sometían a la dependencia de un patrono del que recibían protección y al que estaban sujetos por determinados lazos jurídicos, desde finales de la república la clientela se convirtió en el status social hereditaria, consagrado por el uso y reflejado en las leyes. El cliente recibía de su patrono asistencia económica y jurídica y, a cambio, debía prestar su ayuda en la vida pública y privada, así como prestarle ciertas muestras de respeto, especialmente la visita protocolaria de cada mañana, la salutatio. Los libertos eran los esclavos que habían sido manumitidos por sus dueños y que, muy a menudo, pasaban a establecer una relación con éstos parecida a la clientela.
[19] Los tribunos de la plebe eran los magistrados encargados de defender y representar a la plebe ante las autoridades patricias.
[20] A todos ellos Cicerón defendió de diversas acusaciones entre los años 66 y 64.
[21] El nomenclator era el esclavo que se dedicaba a recordarle a su amo, sobre todo si éste era un candidato los nombres de las personas con las que se encontraba en su camino.
[22] El Campo de Marte era una llanura situada a lo largo del Tíber, donde tenían lugar reuniones del ejercito, se hacían practicas militares y se daba cobijo a los electores del día de la votación.
[23] Llamados respectivamente salutatores, seductores y adsectatores.
[24] Esta sentencia debía de figurar en alguna de la obras, hoy perdidas, escritas en griego por el siciliano Epicarmo, que vivió a principios del siglo primero antes de nuestra era.
[25] Gayo Aurelio Cota era un famoso orador que fue cónsul en el año 75.
[26] En el año 66 el tribuno Gayo Manilio presentó una ley en la que proponía que se le otorgara a Pompeyo el mando de la guerra en Oriente y a favor de la cual Ciceron pronuncio un discurso Pro leje manilia seu de imperio Gn. Pompe, que le granjeó una gran popularidad. Tanto Manilio como Gayo Cornelio fueron defendidos por Cicerón en sendos procesos que se incoaron contra ellos en los años 66 y 65

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